Jueves Santo
Mena y La Legión: el ritual que hace a Málaga más Málaga
El traslado del Cristo de la Buena Muerte vuelve a convertir el Jueves Santo en el auténtico encuentro de la ciudad y los suyos

Miguel Ferrary
F. J. Cristófol
Hay quien cuenta sus años por Jueves Santos, hay quien elige medir su todo por las veces que ve al Cristo de Mena en la calle. Y para que ese día no sea tan efímero como en realidad es, lo explota desde que amanece. Porque hay momentos en la Semana Santa de Málaga que no necesitan explicación. El traslado del Cristo de Mena es uno de ellos, probablemente el que menos y es que no por repetido pierde fuerza, sino todo lo contrario: se reafirma cada año como uno de esos rituales en los que la ciudad se reconoce a sí misma. Pura esencia.
La mañana arranca con ese aire distinto que tienen los días señalados. En Santo Domingo no cabe un alma mucho antes de que ocurra nada, porque aquí la espera forma parte del propio acontecimiento. No se viene solo a ver, se viene a estar. A formar parte de algo que trasciende lo estrictamente cofrade y que sirve para conformar la realidad de nuestra ciudad.
La llegada de La Legión marca el primer punto de inflexión, pero el momento en el que el Tercio Gran Capitán I de Melilla recibe el estandarte orlado la plaza prorrumpe en un aplauso. En esta ocasión el teniente coronel jefe de Estado Mayor de la Brigada II de La Legión, Francisco Manuel Palomino Benítez, ha hecho entrega del estandarte al coronel jefe del Tercio ‘Gran Capitán’, I de La Legión, Ignacio García del Castillo.
El vínculo Legión-Mena es algo atávico, históricamente fácil de contar, pero sociológicamente imposible de explicar. Porque hoy Málaga es, probablemente, el día en que es más Málaga. Personas que habitualmente han ido abandonando el centro de la ciudad por el desarrollo de ésta hoy se reencuentran. Este traslado es la escenificación de un vínculo que el tiempo ha convertido en seña de identidad marcada. Todo responde a una liturgia perfectamente reconocible que la gente sigue casi de memoria.
Y entonces, el silencio. O algo muy parecido al silencio que puede conseguirse en Málaga. El Cristo de Mena aparece y todo se ordena en torno a Él. Hay una mezcla difícil de explicar. El traslado se convierte en un ejercicio de precisión, pero también de respeto. Hay quien dice que baja a ver a La Legión, pero realmente están ahí por el Señor. Incluso sin saberlo, incluso sin creer ni querer creer.
La salida desde Santo Domingo, a los sones del himno nacional, marca el inicio de ese tránsito breve pero cargado de significado hasta la plaza de Fray Alonso de Santo Tomás. Allí, los gastadores toman el protagonismo y portan al Cristo hasta el centro de la plaza mientras suena El novio de la muerte, cantado a pleno pulmón por legionarios, autoridades y público. No es un momento impostado. Es algo que ocurre porque tiene que ocurrir.
El obispo de Málaga, José Antonio Satué, se estrenaba y pedía “contra la epidemia de desinformación” y que además de “novios de la muerte” lo seamos del Resucitado. El silencio es sepulcral, respetuoso, y el Ave María que reza el obispo llena toda la plaza.
A partir de ahí, el acto entra en su parte más solemne. La oración, el homenaje a los caídos al toque de oración, los guiones inclinados hacia la imagen… y el Cristo alzado, como si todo el peso de la escena recayera en ese instante. Es un lenguaje propio, perfectamente codificado, que no necesita traducción para ser entendido.
Gente de los barrios y de los pueblos de Málaga construyen el Jueves Santo una realidad que habíamos perdido, una marca de nuestra ciudad que es indisoluble. Puede que durante el año el Centro se quede sin ellos, pero el jueves del Señor no hay nada que los separe. Es el hálito que hace que la ciudad siga viva. Y por muchos años.
El traslado continúa hacia el interior de la casa hermandad, con los gastadores avanzando a paso firme mientras suena Cristo de la Legión, de Eloy García. Allí, mediante el sistema de poleas, el Crucificado es entronizado en su trono procesional, en un momento más técnico, pero no por ello menos cargado de emoción.
Y cuando todo termina, termina como empezó: con orden. Con la compañía de honores abandonando la plaza a paso legionario, entonando el himno y recitando los espíritus del credo. Málaga, mientras tanto, se queda.
El día es largo, no tanto como nos gustaría, pero sólo acaba de empezar. Esta noche más, con el Cristo de la Buena Muerte y la Virgen de la Soledad como verdaderos protagonistas. ¿Quién no va a reconocer a Málaga hoy si es lo más puro que se vive? No hay dobleces.
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