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Paisajes literarios

Batalla del Bembézar

Varios cronistas árabes hablan de una batalla acontecida en el valle del río Bembézar, cerca del municipio de Hornachuelos, en los albores del emirato de Córdoba.

Puente Quebrado, puente califal del río Bembézar, cerca del cual pudo acontecer la batalla.

Puente Quebrado, puente califal del río Bembézar, cerca del cual pudo acontecer la batalla. / Aumente

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José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

El trauma psíquico se caracteriza por una permanencia de las imágenes de terror que durante el día invaden la conciencia y regresan por la noche en forma de pesadillas. Con frecuencia el afectado repite aquello que le ha hecho sufrir, haciendo que el violentado se vuelva violento, que el humillado provoque humillación. Abderramán, el príncipe fugitivo, fue el único superviviente de un riguroso exterminio que los abasíes llevaron a cabo para arrebatarle el califato a su familia, y ese baño de sangre que presenció le llevó a erotizar la violencia, descubriendo las delicias que puede procurar el horror. A veces la escara que se abre en el alma de quienes han sufrido una experiencia traumática deriva en un monstruo que se mantiene agazapado en lo hondo de las infancias magulladas, hasta que un día surge de su escondite. Cuentan que el califa de Bagdad, Abul Abbas, tras recibir en una caja la cabeza conservada en salmuera del principal adalid de una sublevación alentada por él mismo contra Abderramán, exclamó, refiriéndose al primer emir de al-Andalus: «Loado sea Dios, porque ha puesto el mar entre ese demonio y yo», alegrándose de que Córdoba quedara muy lejos de su feudo.

Durante sus treinta y dos años de reinado, el Emir tuvo que centrar sus esfuerzos en sofocar numerosas rebeliones nacidas de las tensiones tribales, muchas de ellas promovidas por los propios abasíes. Una de las más citadas es la llevada a cabo por Abd-l-Gaffir al-Yamaní (El Yemení) en 771 desde Sevilla, que concluyó en un enfrentamiento conocido en las crónicas árabes como la batalla del Bembézar. Tanto Ibn al-Qutiyya, autor de la Historia de la conquista de Al-Ándalus, como Ibn Idari describen el desenlace de la sangrienta batalla y hablan de 30.000 soldados muertos «y la fosa donde se reunieron las cabezas». No era necesario cortar las cabezas de los vencidos y agruparlas en una enorme hoya para dejar constancia de la victoria, salvo porque Abderramán experimentaba ese placer aterrador, reflejo de una afectividad profundamente dañada. Aunque Ibn al-Qutiyya asegurara que el lúgubre socavón «aún se sabe cuál es» e Ibn Idari afirmara que la memoria del lugar perduró durante mucho tiempo, lo único que puede concluirse sobre su emplazamiento es que se encontraba en una llanura aluvial de difícil acceso del río Bembézar.

Cañada Real Soriana en Hornachuelos, cerca de la presa de Derivación del Bembézar, donde se aprecian numerosos palmitos. | AUMENTE

Cañada Real Soriana en Hornachuelos, cerca de la presa de Derivación del Bembézar, donde se aprecian numerosos palmitos. / Aumente

Sobre la citada batalla y el camino que unía Sevilla y Córdoba por la margen derecha del Guadalquivir, cruzando el Bembézar, también escribieron autores como Al-Udri, geógrafo hispanomusulmán del siglo XI, en su obra Fragmentos geográficos, y Al-Idrisí, autor de la célebre Geografía o Libro de Roger (Tabula Rogeriana), considerada una de las grandes obras de la cartografía medieval. Resulta llamativa la evolución del nombre del río, que aparece en las fuentes como Monbasar o Mubasar y, más tarde, como wadi al-Kalbiyin y wadi Qays, denominaciones que algunos autores han relacionado con el Bembézar. Sin embargo, en la documentación cristiana del siglo XIII el río ya figura como Beneucar o Benbécar, grafías que se mantuvieron durante la Baja Edad Media.

Respecto a los caminos por los que llegaron los contendientes, ya en época romana existía la vía Corduba-Hispalis, que recorría la margen derecha del Guadalquivir y cruzaba el Bembézar. Según Aulo Hircio, amigo de Julio César, en el Bellum Alexandrinum, por ella avanzaron la Legio Vernacula y la legio XXX. Los árabes aprovecharon esta infraestructura viaria y, posteriormente, los cristianos hicieron lo mismo, reutilizando esas antiguas rutas para trazar importantes caminos pecuarios. Un ejemplo es la Cañada Real Soriana, que en parte discurre sobre la vía Córduba-Toletum y que Félix Hernández identificó como uno de los caminos que unía la capital de al-Andalus con la del antiguo reino visigodo.

La Cañada Real Soriana continuaba hacia Sevilla por la margen derecha del Guadalquivir, como describe Celestino del Río, visitador extraordinario de la Asociación General de Ganaderos entre 1852 y 1853, quien señala que cruzaba el Bembézar por el denominado «puente quebrado». Sus restos, situados aguas abajo de la actual presa de derivación de Hornachuelos, conservan uno de los cinco arcos de herradura originales y presentan características constructivas propias del periodo califal. El puente fue descrito y dibujado por Edward Bonsor en The Archaeological Expedition along the Guadalquivir y estudiado posteriormente por Basilio Pavón Maldonado. Su deterioro parece muy antiguo, pues ya a mediados del siglo XVIII aparece citado como Puente Quebrada en el Catastro de Ensenada. Todo apunta a que este fue el paso utilizado en época andalusí para comunicar Córdoba y Sevilla y, muy probablemente, el escenario donde tuvieron lugar los dramáticos acontecimientos recogidos por las crónicas árabes.

Camino de palmitos

En 1861, el pintor y dibujante francés Gustave Doré persuadió al barón Charles Davillier para embarcarse en un extenso viaje por España, cuyo resultado fue la publicación en 1874 de ‘L'Espagne’, magna obra de 800 páginas y 309 ilustraciones del propio Doré. Entre otras rutas, Davillier describe el camino de Sevilla a Córdoba por la margen derecha del Guadalquivir, y llamó especialmente su atención un singular arbusto muy frecuente en la zona de Hornachuelos: «Extensas llanuras que se pierden en el horizonte cubiertas de palmitos o palmeras enanas; es decir, casi incultas, pues las raíces de esta planta son tan tenaces y tan difíciles de extirpar, que los agricultores, sólo con grandes dificultades, consiguen desbrozar los terrenos infectados por ellas». Los palmitos cubren el valle del Bembézar a la altura del puente quebrado, y no deja de ser una extraña concurrencia que el que es considerado creador del «primer jardín botánico de al-Andalus», que hizo traer desde su Siria natal palmeras para plantarlas en el palacio cordobés de al-Rusafa -a pesar de los malos recuerdos que pudieran traerle- librara una batalla trascendental, brutal y sangrienta, arropado por una planta que es considerada la única palmera autóctona de Europa.

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