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Paisajes literarios

Un retiro para místicos

En las estribaciones de la Sierra de Córdoba existió una escuela de pensamiento místico fundada por el filósofo sufí Ibn Masarra.

Vista exterior de la torre del Beato, en la Sierra de Córdoba. | J. AUMENTE

Vista exterior de la torre del Beato, en la Sierra de Córdoba. | J. AUMENTE

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José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

Una de las grandes figuras de la poesía hispanoárabe, destacado representante de esa generación de oro andalusí conformada por los llamados «nostálgicos del califato», es Ibn Suhayd (992-1035). De linaje aristocrático árabe vinculado a la dinastía omeya e hijo de un ministro de Almanzor, es conocido sobre todo por cultivar la poesía áulica al servicio de los distintos gobernantes que siguieron a la crisis del Califato de Córdoba, pero también se adentró en otros géneros literarios como la elegía, la sátira o el poema báquico. Hacia el año 1025 escribió La Epístola de los genios, una de las obras maestras de la literatura andalusí, de gran originalidad para su época, considerada por algunos autores como un antecedente de la Divina Comedia de Dante. En la recóndita calle Cara, en el entorno de uno de los baños andalusíes que quizá frecuentara Ibn Suhayd, conocidos posteriormente como Baños de la Pescadería, Córdoba rinde homenaje a este insigne poeta con uno de sus versos inscritos en la base de un monumento donde se alza una pequeña efigie femenina vertiendo el agua de un cuenco en su cuerpo desnudo.

Ibn Suhayd murió de apoplejía a los cuarenta y tres años. Al final de su vida escribió un bello e intenso poema a su amigo Ibn Hazm, en el que le rogaba que no se olvidara de escribir su elogio fúnebre: «Cuando veo que la vida me vuelve la espalda / y que la muerte inexorable me alcanza, / solo anhelo vivir escondido allí, / en la cima de un monte donde el viento sopla; / solitario, comiendo lo que me reste de vida / las semillas del campo y bebiendo / el agua de los hoyos de las peñas...».

Por lo que se ve, a la hora de la muerte, un poeta conocido por su vida libertina entre hampas, tugurios, juergas, excesos con el vino y desenfreno bisexual parece que vuelve sus ojos al misticismo sufí. No hay que olvidar que la Sierra de Córdoba fue durante la época de Al-Andalus (especialmente entre los siglos IX y XI) un refugio destacado para místicos y ermitaños musulmanes, conocidos como sufíes o seguidores de la tazkiyah (autopurificación), quienes buscaban la unión con la divinidad a través del ascetismo en un entorno natural. Figura fundamental de este movimiento fue Muhammad Ibn Masarra (883-931), que consideraba que el universo entero era un libro que sólo a través del entendimiento puede ser leído. Por vez primera se expresan en España doctrinas racionalistas, que acabaron desencadenando el escándalo público, hasta el punto que a su muerte Ibn Masarra fue acusado de heterodoxia, y sus seguidores, perseguidos por el poder central.

Ibn Masarra, del que se decía que «su expresión era suave y aguda, lo que le permitiría componer el discurso embelleciendo las palabras y ocultando los conceptos, de manera que se apoderaba de las mentes», estableció una escuela de pensamiento místico que atrajo a muchos seguidores en un retiro o alquería en las estribaciones de la sierra. Parajes de gran tradición eremítica como El Bañuelo o la torre del Beato – fortificación de origen islámico que recibe su nombre porque durante muchos años un ermitaño vivió en ella- bien pudieron corresponder con ese centro para místicos que buscaban apartarse de la vida cortesana de la capital califal.

Quizá fuera el mismo lugar al que se refiere el erudito musulmán Ibn Jalikán (1211-1282) al relatar el encuentro del historiador andalusí Ibn al-Qutiyya - considerado el más grande filólogo de la corte omeya del califa Al-Hakam II- con un discípulo, cuando éste se dirigía a una almunia que poseía al pie de la Sierra de Córdoba, «en uno de los sitios más bellos del mundo». Tras preguntarle de dónde venía, Ibn al-Qutiyya le respondió al instante: «De un lugar cuya soledad admiran los anacoretas y en el cual los malvados se sustraen de las miradas para pecar».

La piedra del Devoto

La predisposición a beber agua de los hoyos o grietas de las peñas, tan presente en el misticismo sufí, y a la que se refiere Ibn Suhayd en su arrebatado poema, aparece con relativa frecuencia en los textos árabes. El geógrafo bereber magrebí al-Himyarí, que vivió entre los siglos XIII y XIV, y al que nos hemos referido en anteriores capítulos, alude en varias ocasiones a la comarca de Fahs al-Ballut, actual valle de Los Pedroches, de la que dice, entre otras cosas: «Toda la región, tanto los montes como el llano, está cubierta de encinas, cuyas bellotas son de calidad superior a todas las del mundo. Los habitantes están dedicados a conservar estos árboles y cuidarlos. Sus frutos dan lugar a su recolección y son de gran socorro en los años de hambre y sequía».

Independientemente del interesante hallazgo documental que supone este precoz sentimiento proteccionista hacia nuestra emblemática encina, centrándonos en la cuestión que nos ocupa, me llama la atención otro pasaje que hace referencia a una de las sierras que rodean el gran batolito granítico de Los Pedroches. Concretamente, se refiere a una altura llamada la Montaña de Las Cabras (Yabal al-ma’ az), y dice lo siguiente: «En un punto montuoso de esta altura hay una piedra que llaman la piedra del Devoto (Hayar al- ‘abid), en cuyo centro hay un agujero con agua, o sea, una excavación del tamaño de una escudilla, suficiente para que un hombre pueda introducir las dos manos juntas y sacar agua para beber u otra necesidad. Cuando llegan vacas en gran número encuentran bastante líquido para abrevar y cuando acaban de beber vuelve el agua a su nivel normal; nunca se la ve bajar ni ser absorbida por el suelo. Un testigo ocular ha declarado que estuvo en ese punto de agua con unos treinta compañeros y todos pudieron refrescar. Esto es cosa conocida en la región».

En la Sierra de las Cabras

Las descripciones de este compilador tardío de la geografía de Al-Andalus, pone de manifiesto la fascinación que despertaban en los musulmanes determinados fenómenos geológicos, como quedó de manifiesto al referirnos a la sima de Cabra. En este caso se trata de una oquedad en lo alto de una sierra que funcionaba como depósito de agua y que, como apunta su nombre, se relacionaba con algún ermitaño o místico, probablemente sufí, conocido como «el Devoto».

La Sierra de las Cabras se levanta al norte de Los Pedroches, en el término pacense de Cabeza del Buey, pero muy cerca del límite con la provincia de Córdoba. Como una prolongación al septentrión de la misma, ya cerca de Zarzacapilla, se encuentra el vértice geodésico de Las Poyatas, de 855 metros de altitud, donde encontramos tres enormes aljibes naturales conectados entre sí, formados por los pliegues de formaciones cuarcíticas. La sorpresa que supone encontrar este recurso vital en tan grandes cantidades en una zona elevada de indudable valor estratégico, dominante sobre las comarca de La Serena y Los Pedroches, no debió pasar desapercibido por los habitantes de Fash al Ballut, pudiendo quedar reflejado en diversas crónicas que siglos después recogería el historiador magrebí.

Los restos de muralla, el sendero empedrado que hasta allí llega, y el hallazgo en el siglo XIX de vasijas árabes que contenían pergaminos de cuero escritos con caracteres islámicos -que debido a lo bien curtidos que estaban se emplearon para hacer dediles para los segadores- no hacen más que reforzar esta hipótesis.

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