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Paisajes literarios

El castillo de Gómez Arias

La fortaleza de Benamejí es el escenario del cantar de ‘La niña de Gómez Arias’, un antiguo romance que trascendió a la literatura del Siglo de Oro español e inspiró obras literarias posteriores.

Restos del Castillo de Gómez Arias, situado en el término de Benamejí.

Restos del Castillo de Gómez Arias, situado en el término de Benamejí. / J. AUMENTE

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José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

El nombre de Benamejí deriva de Bani Bashir. En la Crónica anónima de al-Nasir se cita un castillo con esa denominación que erigió el emir Add Allah para hostigar a la cercana población de Belda (cerro del Camorro, en el pueblo malagueño de Cuevas de San Marcos), aliada del rebelde muladí Omar ben Hafsum. Este castillo fue conquistado por Fernando III el Santo allá por el año 1240, y en 1254 Alfonso X lo cede a don Pelay Pérez, maestre de Santiago, y a sus sucesores en la Orden.

Restos del castillo de Gómez Arias, situado en el término de Benamejí.

Restos del castillo de Gómez Arias, situado en el término de Benamejí.

Según la crónica de Alfonso XI, en 1333, a causa de la ausencia y negligencia de Gómez Arias –maestre de la orden de Santiago por entonces- quien «non estaba en el castiello et dexó y mal recbdo», la plaza volvió a caer en manos de los musulmanes. No se sabe por qué el nombre de este alcaide se asociará ya para siempre al viejo castillo árabe, a pesar de que ocho años después, el mismo rey Alfonso XI envió otro Maestre de Santiago, Alfonso Meléndez, quien le puso sitio al castillo y lo recuperó para los cristianos.

Seguiría pasando de manos en manos, hasta que llegamos a los años del asalto final del reino granadino. Según Juan Bernier, los Reyes Católicos debieron encontrar en el castillo de Gómez Arias unos guerreros musulmanes, y sufrieron un gran desengaño cuando, habiendo calculado una escaramuza menor y una resistencia puramente nominal, les llevó a muchas pérdidas de hombres, material y tiempo tomar aquel endiablado castillo y recomponer el recinto como guarnición de la Orden de Santiago. En tiempos de Carlos V estos terrenos pasaron a la Corona y, el 24 de diciembre de 1548, el regidor de Burgos, don Diego Bernuy, compró este heredamiento real, convirtiéndose en el primer Señor de Benamejí y de su castillo. Por entonces toda la población cristiana estaba asentada en terrenos más aptos para vivir menos peligrosamente y el castillo de Gómez Arias acabó abandonándose. Pocos lugares de la provincia de Córdoba tienen tanta enjundia literaria como el castillo de Benamejí o de Gómez Arias, cuyos restos se alzan entre los dos viaductos que salvan el profundo barranco del Genil en la autovía de Córdoba a Málaga (A-45).

Parece ser que un famoso cantar había nacido como poema de difamación personal contra quien, por descuido o por traición, había permitido que el castillo volviera a manos de los musulmanes en 1333, hecho que acarreó resultados desastrosos en forma de una devastadora razia musulmana que llegó hasta las mismas puertas de Córdoba. De este modo cuenta la leyenda cómo el malvado Gómez Arias seduce a una niña que luego vende como esclava, precisamente al alcaide moro del castillo que él mismo perdió o entregó.

El primer documento escrito donde aparece este cantar se debe al historiador, poeta y dramaturgo toledano Sebastián de Horozco (1510 -1579), que elaboró un cancionero donde recoge varias coplas de la época, entre las que se encuentra una antigua glosa conocida como La niña de Gómez Arias que comienza así: «Señor Gómez Arias, doleos de mí; soy mochacha y niña y nunca en tal me vi. Señor Gómez Arias, vos me traxistes, y en tierra de moros vos me vendistes.Yo no sé la causa por qué lo hezistes».

Obra clave del barroco

Luis Vélez de Guevara, dramaturgo y poeta del siglo de Oro natural de Écija, escribió en 1614 una obra dramática titulada La niña de Gómez Arias, y entretejió su historia basándose en los cuatro versos que constituían el mencionado cantar. Estamos hablando de una obra clave del teatro barroco español que inspiró versiones posteriores, como la del escritor, dramaturgo y poeta madrileño Pedro Calderón de La Barca, que fue estrenada en Sevilla en torno a 1642. En el entremés El viejo celoso, publicado en 1615, Miguel de Cervantes pone en boca de su personaje Cristina las siguientes palabras, dirigiéndose a su tía doña Lorenza: «Eso me parece, señora tía, a lo del cantar de Gómez Arias: Señor Gómez Arias, doleos de mí; soy niña y muchacha, nunca en tal me vi». Por su parte, Tirso de Molina presenta en sus Cigarrales de Toledo (1624) a un sujeto «vestido como un Gómez Arias», dando a la frase, probablemente común en su época, el sentido de aparatoso o impropio.

Dejamos el siglo de oro y llegamos al romanticismo. El escritor, novelista y dramaturgo en inglés, español y francés, y político liberal español, Joaquín Telesforo de Trueba y Cossío, publicó en 1826 Gómez Arias or the Moors of the Alpujarras, novela histórica inspirada en la mencionada pieza de teatro de Calderón de la Barca, acogida con entusiasmo por la crítica inglesa, que la comparó a las novelas de Walter Scott, y traducida rápidamente al francés, alemán, holandés y ruso. Ya en el siglo XX, el periodista, poeta, novelista y dramaturgo español Eduardo Marquina Angulo escribe una adaptación de La niña de Gómez Arias, que fue representada en 1922 en el Teatro español de Madrid, teniendo como actriz principal la reconocida actriz Margarita Xirgú.

El hecho de que tanto Calderón como Vélez sitúen la acción de sus comedias en el período de los Reyes Católicos no prueba que el cantar pertenezca realmente a esa época, ya que, como se ha comentado, la leyenda de Gómez Arias, de difusa historicidad, parte de un relato perdido del siglo XIV que se popularizó a través de la literatura posterior. En distintas partes de la obra de Calderón se nos ofrece la imagen de un castillo abrupto y enriscado, como cuando Dorotea, la burlada niña del poema, dice «Mira que a vista, ¡ay de mí!, está de Benamejí; mira que estas peñas duras teatros de desventuras son»; o cuando el alcaide moro, de nombre Cañerí, ve acercarse a Gómez Arias y comenta «Desde aquellas altas peñas que yacen de sí pendiendo, a esta ciudad viene haciendo de paz un cristiano señas». Cañerí intenta convencer a Dorotea diciéndole «Conmigo, cristiana hermosa y gentil, ven a coronarte reina de todo el rudo confín de estas ásperas montañas», y Don Luis, padre de Dorotea, afirma «yo he de ser el que primero ponga sobre el obelisco bárbaro de estos peñascos las plantas».

Vista del curso del río Genil.  | J. AUMENTE

Vista del curso del río Genil. / J. AUMENTE

En el valle del Genil

Don Luis le dice a la reina Isabel: «Un moro, que el interés le facilitó el camino de Benamejí a Granada, a traerme un pliego vino», refiriéndose a una histórica vía de comunicación por el valle del Genil entre la Vega de Granada y Benamejí, donde conectaría con el viejo camino de Córdoba a Málaga, que hunde sus raíces en época romana.

Vélez de Guevara nos lo muestra como una vía casi impracticable: «Una jornada hay de aquí, por peñascos y malezas; ya su conquista es imposible, porque es la villa terrible, por el lugar en que está», y alude también al antiguo río Singilis, cuando el alcaide moro de Benamejí -llamado Abenjafar en la obra del ecijano- se presenta con las siguientes palabras: «Abenjafar soy, Gomel y Zegrí, por Granada alcaide en Benamejí, que habiéndole dado más sangre a Genil vuestra que agua lleva al Guadalquivir».

En la obra de Calderón, tanto Dorotea como el sirviente Ginés -que es también vendido como esclavo a Cañerí- claman a las fuerzas de la naturaleza ante su desesperada situación. Dice Dorotea: «Estrellas que esto influís, luceros que esto miráis, cielos que lo consentís, altos montes que los veis, aves que lo repetís, vientos que lo estáis oyendo, árboles que los asistís y escucháis mi triste llanto, a darme amparo acudid, y pues de mí no se duelen los hombres, doleos de mí, que me llevan presa a Benamejí».

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