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Paisajes literarios

Crónicas de al-Ramla

Varios cronistas de al-Andalus relatan interesantes y curiosas historias relacionadas con el Arenal de la Fuensanta.

Camino de al-Ramla y, al fondo, escarpe de Mawwaz (torrontera de la Barca). | J. AUMENTE

Camino de al-Ramla y, al fondo, escarpe de Mawwaz (torrontera de la Barca). | J. AUMENTE

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José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

Las crónicas andalusíes no sólo son textos esenciales para el estudio histórico de aquella época, sino también para el conocimiento de la literatura hispanoárabe en general. Los historiadores andalusíes se expresaban con un elevado estilo literario, a menudo empleando prosa rimada, y utilizaban un lenguaje refinado que buscaba tanto la belleza estética como la precisión informativa. Más allá de la enumeración de hechos, muchas crónicas evocaban las palabras de los protagonistas, relatando historias que entrelazan lo visto, vivido y oído, confiriéndole una alta cualidad narrativa. A menudo dentro del relato integraban poemas para ensalzar figuras o conmemorar eventos, desdibujando la línea entre la historia y la producción poética. Sirva como ejemplo un paraje concreto y reconocible, auténtico paisaje literario al que prestaron atención varios cronistas andalusíes, o compiladores posteriores de los mismos, conocido hoy como el Arenal de la Fuensanta. Está situado al sureste de la ciudad de Córdoba, entre el barrio de la Fuensanta y el río Guadalquivir, y tiene su origen en los sedimentos que el río -a través de un amplio meandro- ha ido depositando con el paso de los siglos. Durante el califato esta zona era conocida como al-Ramla, y en ella se asentaba la almunia del mismo nombre, que según algunos arqueólogos estaba situada en el emplazamiento del actual cortijo de El Arenal.

Comenzaremos por Ibn Hayyan (987-1075), considerado por algunos autores como «el abanderado de la historia de al-Andalus», ya que con él la historiografía andalusí llega a su momento culmen y de consolidación. Al igual que Ibn Hamz e Ibn Zaydum –con los que mantuvo controvertidas relaciones- fue testigo de la guerra o fitna que ultimó el derrumbamiento del califato y la descomposición de al-Andalus en reinos de taifas, que lo llevó a convertirse en un defensor a ultranza de la legitimidad omeya. En su obra Muqtabis fi Tarikh al-Andalus, referenciado en español sencillamente como el Muqtabis, cuenta como en marzo del año 937 llegó a Córdoba el señor de Zaragoza Muhammad ben Hisham al-Tuyibi, siendo alojado en la almunia de al-Nasir en la Rambla: «Fue la marcha del cortejo real desde la puerta de su Alcázar hasta su almunia en la Rambla la que está sobre la orilla del río a levante de Córdoba. Y con motivo de esta excursión ordenó al-Nasir pavimentar el camino de acceso a ella, el cuál iba todo por la orilla del río, y enlazaba desde la Puerta nueva (al Bad al-Yadid), la meridional y última de las puertas del Alcázar, hasta la citada almunia. Allanó el camino de obstáculos dada la asiduidad con que iba a ella. Las obras no sufrieron interrupción ni en los días más crudos del invierno, inspeccionando personalmente las obras al-Nasir, y no descansó hasta comprobar que había quedado allanado y fácil...».

El geógrafo bereber magrebí al-Himyarí, que vivió entre los siglos XIII y XIV, realizó extensas investigaciones sobre la geografía del mundo islámico, y escribió un diccionario geográfico titulado Kitab al-Rawd al-Mitar, una obra de enfoque enciclopédico a base de textos de otros autores y una de las fuentes más valiosas para el estudio de la geografía y la historia de la península Ibérica y el norte de África durante la Edad Media. En él cuenta una anécdota muy curiosa -y yo diría casi cómica si no fuera por su trágico desenlace- refiriéndose al escarpe de Mawwaz, que corresponde a la torrontera de la Barca, un cortado arenoso espectacular excavado por la erosión del Guadalquivir en el lado cóncavo del meandro del Arenal de la Fuensanta, cerca de la zona conocida como Galtara, que dominaba la ciudad, sus palacios y lugares de recreo, «y desde el cual se ven todos los jardines de la Rambla». Al-Himyari nos aclara de donde procedía el nombre de dicha torrontera: este tal Mawwaz era un negro que vivía en el pueblecito inmediato a esta montaña, y todas las mañanas subía al pico más alto del escarpe y a grandes voces repetía por tres veces: «Oh, gentes de la Rambla». Todo el mundo le oía por su voz clara y potente, y cuando le miraban, mostraba su trasero desnudo poniéndose a cuatro patas y agarrándose para no caerse a la raíz de un alcaparro que allí crecía. Al cabo del tiempo, cansadas las gentes de esta burla, pagaron a un individuo que fuera a cortar las raíces del arbusto al cual se agarraba y encargándole que colocara la tierra de manera que tuviera el sitio su aspecto normal. Llegó Mawwaz la mañana siguiente, gritó como de costumbre y repitió el acostumbrado gesto, pero se cayó desde lo alto del escarpe y murió de la caída. Su desgracia fue proverbial, al extremo que un poeta pudo decir: «Me hiciste una promesa y cuando vi la facilidad con que la cumpliste mereciste mis elogios; pero cuando creí el asunto arreglado, me arrojaste de mis ilusiones como desde el escarpe de Mawwaz».

No es el único poema que saca a relucir Al-Himyari al referirse a este lugar que «en invierno es de difícil acceso y tan deslizante que apenas se puede fijar el pie», aunque no identifica al autor y simplemente dice que se trata de un poeta ingenioso. Dice así: «Me inspira esta mujer una amistad, que no es la de buenos hermanos, más bien se parece a unas ardientes brasas como en tiempo lluvioso son los flancos escarpados de Galtara». Proseguimos con el historiador marroquí Ibn Idari (siglos XIII-XIV), autor del Libro de la increíble historia de los reyes de Al-Ándalus y Marruecos, conocido de forma abreviada como Al-Bayan al-Mughrib (la increíble historia), escrita hacia el año 1312. Esta obra posee un notable valor historiográfico debido a que resume numerosos textos de historiadores anteriores cuyos escritos se han perdido. Entre otras historias relacionadas con el paraje que nos ocupa, Ibn Idari nos cuenta que en el año 818 las tropas de Al-Hákam I se dirigieron hacia al-Ramla para cruzar el río por el vado del Adalid (Majada Ballish) –actual vado de la Barca- y sorprender por la retaguardia a los sublevados en el arrabal de Shaqunda (actual Campo de la Verdad).

El milano ladrón de al-Ramla

Ibn Idari cuenta también una anécdota que saca a relucir el peculiar comportamiento de una rapaz, el milano negro, que suele visitar embalses y ríos durante los meses de primavera y verano, donde suelen capturar peces muertos, enfermos o agonizantes. La historia es la siguiente: «Un joyero de Oriente había venido desde la ciudad de Aden a ver a al-Mansur. Eligió éste lo que le agradó entre el surtido de alhajas y de piedras preciosas que le fueron presentadas y devolvió al comerciante su bolsa hecha de paño yemení. El joyero se retiró por el camino de al-Ramla por la orilla del río. A mitad de camino, como hacía mucho calor y le cayeron grandes gotas de sudor, tuvo la idea de refrescarse tomando un baño y dejó en la orilla del río sus vestiduras y la bolsa. Un milano que volaba por allí la creyó un pedazo de carne y lanzándose sobre ella la alzó en el aire mientras el mercader le seguía con la vista en el aire, enloquecido el mercader de ver que no la recobraría con engaños ni atacando el milano». La historia acaba con la recuperación de la bolsa con joyas gracias a la intervención de Almanzor, que manda investigar si alguien se había enriquecido de manera repentina en la zona de al-Ramla.

Seguramente, las intenciones del milano fueran otras. Una investigación pionera del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) -publicado en enero de 2011 en la revista Science- demuestra que el milano negro (Milvus migrans) utiliza plásticos y otros desechos preferentemente blancos, para adornar sus nidos y advertir así a otras aves de que ese territorio está ocupado y no va aceptar intrusiones.

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