Paisajes literarios
Añoranza de Medina Azahara
Desde la arruinada ciudad que mandó construir Abderramán III, el poeta Ibn Zaydum evoca a su amor perdido, la princesa Wallada.

Vista de los jardines de la ciudad califal de Medina Azahara.

Wallada bint Mustakfi fue una princesa del siglo XI, hija única de Muhámmad III al-Mustakfi, penúltimo califa Omeya, que reinó entre los años 1023 y 1024. Se consagró como la más destacada poetisa arábigo-andaluza y también la más alabada y vilipendiada, desde sus coetáneos hasta nuestros días, debido a su rebeldía ante las reglas sociales y los deseos de elegir su camino en libertad. La herencia paterna recibida le dio la oportunidad de alejarse definitivamente de la realeza y abrir un salón literario, el primero regido por una mujer, que pronto se convirtió en el centro neurálgico de la cultura cordobesa. Fue en este cenáculo donde conoció a Ibn Zaydun, con el que mantuvo una relación secreta, dada la vinculación del poeta con los Banu Yahwar, linaje rival de los Omeyas, al que ella pertenecía.
Su relación está ampliamente documentada en los poemas que se dirigieron mutuamente, que reflejan una viva pasión, aunque marcada por los celos. La infidelidad del poeta con una esclava negra de Wallada provocó el desdén de la princesa y sus terribles sátiras; los desgarradores poemas de Ibn Zaydun mostrando su arrepentimiento y su posterior exilio supusieron el nacimiento de una leyenda popular que ha trascendido hasta nuestros días.
Un monumento
Hoy, su recuerdo pervive en el Monumento a los Enamorados, situado en el Campo Santo de los Mártires, donde los versos de su intensa pasión siguen resonando debajo de unas manos que se tocan a perpetuidad.
Tras la ruptura con Ibn Zaydum, Wallada se hizo amante de uno de los hombres más poderosos de Córdoba, el visir Ben Addús, rival político y enemigo de Ibn Zaydun, que consiguió que el cadí Ibn al-Makwi lo juzgara y finalmente lo encarcelara.
Ibn Zaydun pasó quinientos días en unas mazamorras, que como nos informa el coetáneo e historiador andalusí Ibn Hayyan, estaban cerca de Medina Azahara. Finalmente, huyó de la cárcel en una noche oscura y se refugió en casa de un amigo que residía no muy lejos de las mazmorras en las que el poeta había sido maltratado. Disfrutando de cierta tranquilidad y teniendo acceso a la buena biblioteca que tenía su amigo, escribió, entre otras, la casida Desde Medina Azahara, en la que evoca a su amada Wallada, y que comienza así:
«Desde al-Zahra con ansia te recuerdo. ¡Qué claro el horizonte! ¡Qué serena nos ofrece la tierra su semblante! La brisa con el alba se desmaya: parece que, apiadada de mis cuitas y llena de ternura languidece. Los arriates floridos nos sonríen con el agua de plata, que semeja desprendido collar de garganta. Hoy triste me distraigo con las flores, de los ojos imán, donde la escarcha juega vivaz hasta inclinar sus cuellos. Pupilas con que, al contemplar mi insomnio, sollozaron por mí; por eso el llanto irisado resbala por su cáliz. Con sus rojos capullos los rosales, del sol iluminados, acrecientan la luminosidad del mediodía...»
La destrucción de Medina Azahara, fruto de la fitna o guerra civil que asoló el Califato de Córdoba, se produjo en el año 1010, cuando los fanáticos beréberes de Sulaimán al-Mustain irrumpieron en la ciudad, sometiéndola a saqueos e incendios.
El escritor Antonio Muñoz Molina imagina así la hecatombe que se desencadenó: «... a principios de noviembre pusieron sitio a Madinat al-Zahra, tomándola por asalto al cabo de tres días y degollando primero a los soldados de la guarnición y luego a todos los hombres, mujeres y niños que vivían en la ciudad palacio de Abd al-Rahman al-Nasir, sin respetar siquiera a los que se habían refugiado en la mezquita. Cazaron a los animales exóticos que poblaban los jardines, destrozaron la gran taza de mármol sobre la que en otro tiempo se derramaba el mercurio, arrancaron las perlas y las piedras preciosas incrustadas en los capiteles, usaron como cuadra para sus caballos los salones donde se habían humillado ante el califa de al-Andalus los embajadores de los reinos del mundo. Durante todo aquel invierno se ensañaron sin descanso en la destrucción y luego la consumaron con el fuego».
Ibn Zaydun escribe su casida cuando escapa de la cárcel cercana a Madinat al-Zahra, en 1041. Ya llevaba destruida la ciudad más de treinta años, sin embargo, nos habla de arriates floridos, rojos capullos en los rosales y agua de plata, quizás añorando el esplendor de la ciudad califal que conoció cuando era un niño; o sintiendo que, pasado ya el tiempo suficiente desde el desastre, la fuerza de la naturaleza recuperaba algo del esplendor perdido.
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