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Paisajes literarios

Entre Córdoba y Madinat al Zahira

En la obra de Ibn Hazm encontramos interesantes referencias geográficas de la Córdoba del siglo XI, y especialmente de la mítica ciudad de Almanzor

Vista de los cabezos de La Pendolilla desde Cerro Gordo.

Vista de los cabezos de La Pendolilla desde Cerro Gordo. / José Aumente

José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

El humanista andalusí de origen muladí Ibn Hazm es conocido, sobre todo, por su obra El collar de la paloma, primer tratado sobre el amor y los amantes escrito en Occidente, de gran influencia en las producciones medievales amorosas y calificado por su traductor, el académico y arabista Emilio García Gómez, de «auténtica joya literaria».

Nacido en el año 994 en el barrio musulmán de al-Mugira, su adolescencia, dichosa y elegante, transcurrió en la corte palaciega del gran Almanzor, ya que su padre ocupaba un alto cargo funcionarial, y acabó trasladándose cerca de al-Zahira, la ciudad palatina del omnipotente valido de Hisam II. El joven Ibn Hazm estudió con los mejores maestros del momento y llegó a ser visir durante el breve reinado del califa Abd al-Ramḥān V al-Mustazḥir. Pero tras la caída del califato y las consiguientes luchas por el poder, fue encarcelado y luego expulsado de Córdoba, huyendo a Almería y a Játiva, donde escribió en 1022 El Collar de la Paloma. Al final, cansado de las luchas políticas, se retiró a la alquería familiar de Munt Lisam en Montija (Huelva), lugar de procedencia de sus abuelos, donde murió en el año 1064.

A través del entramado de esta obra, escrita en prosa pero con pasajes poéticos intercalados, Ibn Hazm va relatando diferentes aspectos del amor, nutriéndose con el rico caudal de sus propios recuerdos: amigos, pasiones, fiestas, referencias a sucesos históricos, anécdotas e historias amorosas que le ocurrían también a emires y a personalidades distinguidas y, lo que más nos interesa, curiosos datos geográficos y toponímicos de la Córdoba de entonces. Por ejemplo, en el capítulo V (Sobre quien se enamora de una sola mirada) narra lo siguiente: El poeta Yusuf ibn Harun, más conocido como al Ramadi, pasaba junto a la Puerta de los Drogueros de Córdoba, que era el sitio de reunión de las mujeres, cuando vio una muchacha «que –según dijo- se apoderó de las entretelas de mi corazón y cuyo amor se filtró por todos los miembros de mi cuerpo». Dejó entonces el camino de la Mezquita y se puso a seguirla: ella tiró hacia el puente y lo cruzó camino del lugar que llaman el Arrabal. Al pasar entre los jardines de los Banu Marwan (¡Dios los haya perdonado!), trazados sobre sus tumbas, en el cementerio del Arrabal, al otro lado del río, vio la muchacha que él se apartaba de las gentes, sin otro intento que seguirla, y entonces se dirigió a él y le preguntó: «-¿Qué quieres, que vienes tras de mí?» La anécdota es valiosísima como apunte de las costumbres de la época (la libertad de las mujeres, por ejemplo), y por los datos topográficos de Córdoba que aporta. La puerta de los Drogueros debía estar cerca de la actual puerta de Sevilla, donde precisamente hoy se alza la estatua majestuosa de Hizn Hazm, sosteniendo en su mano un pliego de sus escritos. El Arrabal se refiere al lugar donde estuvo ubicado el arrabal de Saqunda, un barrio populoso de viejos ecos hispanorromanos, situado al otro lado del río, que en 818 se levantó contra los abusos del poder emiral y que fue arrasado por al-Haken I. El emir dio la orden expresa de que nunca más se volviera a instalar allí ser humano alguno, de tal modo que durante siglos aquella tierra no se dedicó a otra cosa que huertas. La represión fue tan cruel, con deportación incluida de los supervivientes, que el suceso quedó grabado para siempre en la memoria colectiva, y desde entonces ese lugar se nombró simplemente como El Arrabal, del mismo modo que al-Haken I será conocido desde entonces como «el del Arrabal».

En el capítulo XXI Ibn Hazm cuenta otra anécdota situada en un reconocible espacio de las afueras de Córdoba: «Sólo por verlo, las calles se despoblaban de transeúntes, pues todos se encaminaban adrede a cruzar frente a la puerta de su casa, por la vía que, arrancando del arroyo Chico, en la parte a saliente de Córdoba, pasaba por nuestra puerta e iba a parar al callejón que llevaba al palacio de al-Zahira. En esta calle estaba su casa (¡Dios lo haya perdonado!), contigua a la nuestra». Preciosos datos topográficos para situar al oriente de Córdoba el emplazamiento de Madinat al-Zahira, el gran emblema perdido de la topografía histórica cordobesa.

Recientemente el arqueólogo Antonio Monterroso ha propuesto como posible ubicación de la ciudad de Almanzor cinco cabezos en el pie de monte de la sierra cordobesa situados en el ámbito del Puente de Alcolea y la desembocadura del Guadalmellato, a doce kilómetros al este de la Aljama y los alcázares de Madinat Qurtuba. Utilizando Modelos Digitales del Terreno derivados de la tecnología de teledetección LiDAR (Light Detection and Ranging), Monterroso ha descubierto en la finca Pendolillas un enorme yacimiento con una arquitectura ordenada y aterrazado en alturas, que alcanza las 120 hectáreas aproximadamente. En un interesante artículo publicado en la revista Meridies el arqueólogo hace un repaso de los documentos históricos y literarios donde se habla de la mítica ciudad perdida, y cita entre ellos, el collar de la Paloma. En referencia al texto anteriormente reproducido de Ibn Hazm, Monterroso dice: «Visto así, y no sin dificultad, puede pensarse topográficamente que al este de Córdoba había una vía urbana que desembocaba, estrechándose y con continuidad, en un callejón por el que se iba, nada menos, que al alcázar de Al-Zāhira. Así esta estaría cosida a Córdoba». De hecho, este texto ha sido utilizado como argumento para demostrar la cercanía entre Córdoba y Al Zāhira, y por ello la ubicación que más adeptos ha tenido siempre ha sido la del meandro de El Arenal, confiando a la literatura una preeminencia que, en sus tiempos, no podía ser contestada por la arqueología, en palabras de Monterroso.

El arroyo de San Cristóbal o de las Piedras

El arroyo Chico, al que hace referencia Ibn Hazm, es el actual arroyo de las Piedras, afluente del arroyo Pedroche, que quizás fuera conocido por entonces, y en contraposición al primero, como el arroyo Grande. Ya se sabe que desde época romana, la ciudad de Córdoba estaba constreñida por dos cursos de agua: al oeste el arroyo del Moro, y al este, el arroyo de las Piedras. Con el crecimiento de la ciudad se desviaron y embovedaron sus cauces. Si se consulta la hoja topográfica 923 a escala 1.50.000 del año 1896 se puede comprobar que el arroyo de las Piedras entregaba sus aguas al de Los Pedroches en la Fuensanta, poco antes de la desembocadura de éste en el Guadalquivir, cerca del Molino de Martos, pero nada de eso queda.

El arroyo iba cambiando de nombre a lo largo de su cauce en función de los parajes que iba regando: San Cristóbal, Sansueña, de las Piedras, Fuensanta y Moredal, hasta que desembocaba en el arroyo Pedroche, que cambiaba entonces su nombre por el de Santa Matilde.

Se suele situar su nacimiento en el abrevadero del arroyo San Cristóbal, en la vereda del Villar, entre el lagar de la Cruz y los Morales; y en su tramo alto dibuja bellos parajes, antes de desaparecer bajo el hormigón y el asfalto de la ciudad.

El poeta Francisco Carrasco describía así sus últimos metros, en el tramo que debió conocer Ibn Hazm: «Salía por la Haza de la Hormiguita cruzando la carretera de Almadén -hoy de Badajoz- e iba hacia las huertas de Miraflores, Chiquita, Pilero, Tras la Puerta y la Viñuela para pasar junto al cementerio de San Rafael, donde había una fuente, y por la tapia de la antigua fábrica del gas llegaba a la Fuensanta donde entre unos macizos de cañas de la huerta El Moredal se daba al Pedroches».

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