Análisis
Los suelos agrícolas, víctimas silenciosas de las borrascas Leonardo y Marta en Andalucía
El 64% de los suelos andaluces sufren los efectos de la erosión y las lluvias recientes agravan una pérdida irrecuperable

Olivares anegados en Baena, hace unos días. / CÓRDOBA
Adolfo Peña Acevedo, Paula González Garrido y Ana Jiménez Rey (*)
El paso consecutivo de las borrascas Leonardo y Marta por Andalucía ha vuelto a poner sobre la mesa algunos de los principales retos del campo andaluz y ha confirmado una situación de emergencia para el sector primario. Las lluvias torrenciales y los fuertes vientos han dejado su huella en el patrimonio más valioso del campo: su suelo fértil. Junto a las inundaciones y las consecuencias visibles en infraestructuras, viviendas, cultivos y animales, y los trágicos daños personales, los efectos más duraderos se están produciendo en la superficie, con una aceleración de los procesos de erosión, especialmente en las zonas de cultivo de olivar y cereal. El agua que con tanta expectación observaban los curiosos desde el puente romano de Córdoba, y en tantas otras localizaciones de la cuenca del Guadalquivir, no debía su color marrón a la suciedad, sino a las miles de toneladas de suelo arrancadas a la Tierra.
En Andalucía, el 40% de la superficie agrícola presenta pérdidas alarmantes superiores a 50 toneladas por hectárea y año, cuando el límite de 12 t/ha año se considera un umbral preocupante, especialmente en la campiña y en cultivos de olivar y cereal. En el caso de la erosión por cárcavas, las pérdidas son más graves, pudiendo alcanzar hasta 590 toneladas por hectárea, lo que supone la pérdida de hasta 5 centímetros de suelo en un solo año.
Y es precisamente en eventos como los vividos la pasada semana cuando a la fragilidad y desprotección del suelo se une la agresividad de precipitaciones persistentes y especialmente intensas. Según datos oficiales de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), las borrascas Leonardo y Marta han dejado precipitaciones muy abundantes en el tercio sur peninsular, con registros que superaron ampliamente en algunos puntos los 100 litros por metro cuadrado en 24 horas los días 4 y 5 de febrero, como el récord registrado en Grazalema con 581,5 l/m2 en una sola jornada, sobre suelos que ya estaban muy saturados por lluvias anteriores. Estos episodios de lluvia continuada han provocado inundaciones generalizadas y la acumulación de agua en campos y explotaciones agrícolas y ganaderas, con daños visibles en parcelas, edificaciones, caminos rurales y redes de riego. La combinación de precipitaciones intensas y suelos ya saturados ha favorecido el arrastre de tierra y ha incrementado el riesgo de formación y reactivación de cárcavas, grandes zanjas o surcos profundos abiertos por la fuerza del agua, que constituyen uno de los procesos de erosión más dañinos para la agricultura.
Una red de cárcavas que crece con cada temporal más allá de la campaña
Los daños observados tras estos temporales no son un hecho aislado. Los resultados del Proyecto Carcava, desarrollado por investigadores de la Universidad de Córdoba (UCO) con financiación de la Consejería de Universidad, Investigación e Innovación (Junta de Andalucía), confirman que episodios como los provocados por Leonardo y Marta actúan como detonantes de una degradación silenciosa pero profunda del suelo agrícola andaluz, como ya ocurriera con el evento extraordinario de 2010, tan reciente en la memoria de todos.
Los trabajos de este equipo han permitido cartografiar, a escala regional, una red de cárcavas de más de 8.400 kilómetros de longitud en los principales paisajes agrícolas de la cuenca del Guadalquivir, una de las zonas más representativas del campo andaluz. Las mayores densidades se concentran en las campiñas, con valores cercanos a 40 metros de cárcava por hectárea.
A diferencia de otros efectos perniciosos del temporal, la erosión por cárcavas tiene consecuencias a largo plazo. La pérdida de suelo fértil y la fragmentación de las parcelas, debido a la envergadura que alcanzan algunas de estas zanjas, dificultan el paso de la maquinaria agrícola y generan importantes daños económicos y productivos. En algunos casos, las tasas de pérdida de suelo pueden alcanzar más de 500 toneladas por hectárea y año (cuencas mediterráneas del sur de España, como la del Guadalquivir), según estudios previos del equipo cordobés.
Según distintas investigaciones, las cárcavas aportan hasta el 83 % de los sedimentos que llegan a las zonas bajas de las cuencas hidrográficas mediterráneas, un proceso que acelera la colmatación de los embalses, reduce progresivamente su volumen de almacenamiento y agrava el riesgo de inundaciones en episodios de lluvias intensas como los registrados en las últimas semanas, al perder su capacidad de laminación. No es de extrañar que los nuevos episodios intensos en la cuenca andaluza conduzcan a mayores cotas de agua en los cauces con las mismas o menores precipitaciones, ya que la naturalización de estos y el aumento de sedimentación, disminuye su capacidad de circulación para conducir eficientemente el caudal aguas abajo.
Las medidas de conservación, el salvavidas del suelo
Desde el proyecto Carcava, origen de estos estudios, se insiste en la necesidad de incorporar medidas de conservación del suelo, como cubiertas vegetales, un manejo adecuado del agua y una planificación agronómica adaptada al territorio, para reducir el impacto de estos episodios extremos. “La erosión no siempre se ve desde la carretera, pero condiciona el futuro del campo y de quienes viven de él”, advierten los investigadores. La aparición de pequeños regueros, de apenas unos centímetros, ya es una señal de alarma: intervenir a tiempo puede evitar que se conviertan en cárcavas profundas, o hasta barrancos, imposibles de controlar. La agricultura de conservación, la siembra directa o la agricultura regenerativa, entre otras prácticas, no deberían ser una moda ni una imposición, sino un seguro de vida para nuestros suelos.
Ayudas anunciadas tras los temporales
Ante la magnitud de los daños provocados por las borrascas Leonardo y Marta, las distintas administraciones han anunciado la activación de ayudas extraordinarias para agricultores y ganaderos afectados a lo largo de toda España.
Aunque la cuantía total de las ayudas aún no se ha concretado, distintas estimaciones del sector apuntan a pérdidas millonarias en el campo andaluz, que superan los 2.500 millones de euros. Solo en el caso del olivar, algunas organizaciones agrarias calculan que los daños podrían suponer hasta 200 millones de euros en pérdidas en la producción de aceite de oliva, sin contar los costes asociados a la degradación del suelo, la reparación de infraestructuras rurales o la pérdida de fertilidad a largo plazo. Prácticamente, todos los cultivos han sido afectados con menor o mayor intensidad: pérdidas del 50 % de la producción en el Poniente; 30% de la producción en olivar y 40% en cereal en la campiña; entre un 40 y un 60% del olivar en Jaén; producciones hortícolas en Granada y Huelva prácticamente perdidas, o los cítricos en el valle del Guadalquivir fuertemente afectados. Las pérdidas en las explotaciones ganaderas también son cuantiosas. Un golpe especialmente duro para muchas explotaciones locales ya afectadas por los fenómenos meteorológicos de los últimos meses, que con el paso de los días se podrá cuantificar en toda su dimensión.
En este contexto, los investigadores recuerdan que, más allá de las ayudas de emergencia, y la recuperación de parte de la producción afectada para esta campaña, los episodios extremos como los vividos en las últimas semanas refuerzan la necesidad de actuar de forma preventiva, ya que los daños más profundos —la pérdida de suelo fértil— no siempre son visibles de inmediato, pero comprometen seriamente el futuro del campo, la alimentación y la vida.
(*) Los autores del artículo son investigadores del Grupo de Hidrología e Hidráulica Agrícola (AGR127), de la Universidad de Córdoba (UCO)
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