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Montilla-Moriles

El avance de la oruga peluda pone en guardia al sector vitivinícola cordobés

A partir de febrero comienza la fase más problemática de esta plaga, ya que se produce su dispersión

Varios ejemplares de oruga peluda en un viñedo de Montilla.

Varios ejemplares de oruga peluda en un viñedo de Montilla. / José Antonio Aguilar

Juan Pablo Bellido

Juan Pablo Bellido

Montilla

El aumento de determinadas plagas agrícolas preocupa cada vez más al sector vitivinícola del marco Montilla-Moriles en un contexto marcado por alteraciones climáticas y cambios en los sistemas de cultivo que están modificando el equilibrio tradicional del campo.

Entre esas amenazas emergentes destaca la oruga peluda (Ocnogyna baetica Ramb.), un lepidóptero con capacidad para causar daños de importancia económica en el viñedo y que, como cada mes de enero, vuelve a situarse en el centro de atención cuando su fase larvaria coincide con los momentos más delicados del desarrollo de la vid.

Los técnicos de la Red de Alerta e Información Fitosanitaria (RAIF) comentan que “en los últimos años se ha observado un aumento de la incidencia de determinadas plagas asociadas a alteraciones climáticas y cambios en los sistemas de cultivo”, un escenario que ha favorecido la expansión de especies con gran capacidad de adaptación.

En ese sentido, señalan que la oruga peluda “puede convertirse en una plaga de importancia económica en viñedo cuando su fase larvaria coincide con los estados fenológicos más sensibles de la planta”. Y es que se trata de una especie polífaga, capaz de alimentarse de distintos hospedantes, lo que incrementa su potencial de dispersión y supervivencia.

Una plaga frecuente

Se trata de una plaga frecuente en cultivos como la haba, la remolacha azucarera de siembra otoñal y la vid, entre otros, lo que explica que su seguimiento resulte clave en zonas agrícolas con diversidad de producciones. Su distribución se concentra en la mitad sur de España y presenta una sola generación anual, un dato que condiciona tanto su comportamiento como las estrategias de control.

El ciclo biológico de este insecto está estrechamente ligado a las condiciones climáticas. Los adultos aparecen, según las zonas, entre los meses de octubre y diciembre. La hembra, que carece de alas, realiza la puesta en el mismo lugar donde se ha producido la crisalidación, mientras que el macho, alado, se desplaza para localizarla. Tras las primeras lluvias de otoño, la hembra deposita entre 700 y 1.000 huevos, con un periodo de incubación que puede oscilar entre 40 y 70 días, dependiendo del ambiente.

Entre diciembre y enero es habitual detectar sobre plantas herbáceas unas llamativas telarañas, tejidas por las propias larvas, bajo las cuales las orugas permanecen agrupadas en colonias para pasar el invierno. Los técnicos de la RAIF detallan que “los inviernos secos favorecen a la plaga, ya que las lluvias intensas destruyen las telarañas”, y añaden que “el frío no afecta de forma significativa a las larvas”. En ese refugio sedoso continúan alimentándose de distintas plantas huésped, esperando el momento de mayor actividad.

La fase más problemática, en febrero

A partir de febrero comienza la fase más problemática: la dispersión. En ese periodo, las orugas se mueven de manera errática y se alimentan con gran voracidad, pudiendo recorrer distancias de entre 100 y 300 metros. Ese comportamiento facilita la colonización de nuevas parcelas y explica por qué, en poco tiempo, un foco localizado puede acabar afectando a amplias superficies de viñedo. La crisalidación se produce en el suelo entre finales de marzo y abril, permaneciendo enterradas hasta la emergencia de los adultos tras las lluvias de otoño.

Los daños más severos en viñedo se registran cuando esa fase de dispersión coincide con la brotación de la vid. Las orugas se alimentan en desborre, punta verde y hojas jóvenes extendidas, llegando a destruir la yema principal. Esta circunstancia obliga a la planta a activar la yema secundaria, que generalmente no presenta racimos, lo que se traduce en retrasos en la brotación, pérdidas parciales o totales de la cosecha y una descompensación vegetativa de la cepa. En ataques especialmente intensos, la viña puede quedar completamente desfoliada en sus primeros estadios, una imagen que los viticultores temen ver repetida.

La estrategia de control pasa, según subrayan los especialistas, por actuar en el momento adecuado. El control resulta más eficaz, económico y con menor impacto ambiental cuando las orugas aún permanecen agrupadas en colonias. Por ello, el seguimiento y la detección temprana se convierten en herramientas fundamentales.

Se recomienda, así, realizar recorridos por las lindes del viñedo, terrenos adyacentes, márgenes y zonas sin laboreo, preferentemente en las mañanas con rocío, cuando las telarañas son más visibles. En viñedos en espaldera, es recomendable mover los alambres, ya que facilita la caída de las orugas y su detección, mientras que en cepas en vaso conviene revisar brazos y malas hierbas del pie.

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