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Paisajes literarios

El paisaje egabrense en ‘Pepita Jiménez’

El Picacho de Cabra, el cerro de El Calvario y, sobre todo, las huertas de Cabra sirven de escenario a la famosa novela de Juan Valera.

Ermita y cerro de El Calvario, con el casco urbano de Cabra al fondo.

Ermita y cerro de El Calvario, con el casco urbano de Cabra al fondo. / J. AUMENTE

José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

El diplomático, escritor y político egabrense Juan Valera y Alcalá- Galiano fue hombre de una inmensa curiosidad. Su condición de diplomático -que lo llevó a vivir en Lisboa, Washington y Viena, entre otros destinos- resultó muy útil para ampliar sus saberes y su visión del mundo. Este es un plus que lo sitúa por encima de otros escritores españoles de su época, y que llevó a Julián Marías a afirmar que Valera fue «la mente más lúcida de España en el siglo XIX y el hombre que poseyó más amplios conocimientos del mundo en que vivía, y de buena porción del pasado». Pero esta experiencia cosmopolita no implicó que se olvidara de sus orígenes, y numerosos parajes de su tierra aparecen reflejados en su obra.

El padre de Valera, el marino José Valera Viaña, y su madre, Dolores Alcalá-Galiano y Pareja, marquesa de la Paniega, tenían profundo arraigo y vínculos familiares con Cabra y Doña Mencía. Ambas localidades están muy presentes en la vida y obra de Valera, a donde regresaba siempre que podía para descansar, escribir, disfrutar de la gastronomía local, pagar deudas, ver con inquietud el estado de sus propiedades, escasamente productivas, o departir con su gran amigo, Francisco Moreno Ruiz, quien le informaba de la política local.

Una de las más leídas

Juan Valera terminó ocho novelas a lo largo de su vida. La primera, publicada en 1874, fue Pepita Jiménez, considerada como una obra maestra de la literatura española del siglo XIX, una novela innovadora y precursora, en cierta medida, de movimientos estéticos posteriores. Desde el primer momento de su publicación, tuvo la aprobación del público y llegó a ser una de las novelas más leídas en España en las siguientes décadas, traduciéndose a diez idiomas.

La trama de Pepita Jiménez se desarrolla en un pequeño pueblo andaluz del que Valera no da el nombre, pero su atenta lectura nos permite reconocer el paisaje de la villa donde nació en 1824. Cuando Valera escribe «Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de la Virgen, patrona del lugar, que está en lo más alto de un cerro, así como otro pequeño templo o ermita que hay en otro cerro más cercano, que llaman el Calvario, resplandecían aún como dos faros salvadores, heridos por los postreros rayos oblicuos del sol moribundo», se está refiriendo en primer lugar al santuario de la Virgen de la Sierra, situado en el picacho de Cabra, a 1217 metros de altitud, considerado el centro geográfico de Andalucía y declarado Sitio de interés Nacional en 1929; el segundo es el cerro de El Calvario, a 519 metros de altitud, que acoge una ermita de principios del siglo XVII. También hace referencia Valera a la dura senda que asciende hasta el santuario de la Virgen de La Sierra: «Hay santuario de éstos que está en la cumbre de una elevadísima sierra, y con todo, no faltan aún mujeres delicadas que suben allí con los pies descalzos, hiriéndoselos con abrojos, espinas y piedras, por el pendiente y mal trazado sendero».

Pero sin duda, el paisaje que más fascina a Valera son las huertas de Cabra. Ya en las primeras páginas de la novela muestra su entusiasmo en boca del seminarista Luis de Vargas: «Lo que ahora comprendo y estimo mejor es el campo de por aquí. Las huertas, sobre todo, son deliciosas. ¡Qué sendas tan lindas hay entre ellas! A un lado, y tal vez a ambos, corre el agua cristalina con grato murmullo. Las orillas de las acequias están cubiertas de hierbas olorosas y de flores de mil clases. En un instante puede uno coger un gran ramo de violetas. Dan sombra a estas sendas pomposos y gigantescos nogales, higueras y otros árboles, y forma los vallados la zarzamora, el rosal, el granado y la madreselva. Es portentosa la multitud de pajarillos que alegran estos campos y alamedas. Yo estoy encantado con las huertas, y todas las tardes me paseo por ellas un par de horas».

La huerta de su amada

Especial atención dedica a la huerta de su amada: «Pepita Jiménez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las huertas de por aquí, nos ha convidado a ver una que posee a corta distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se crían»; y posteriormente pasa a describirla con detalle, con sus acequias, presa, cascada, sus árboles y arbustos (álamos blancos y negros, mimbrones, adelfas, nogales, higueras, avellanos...), cultivos (fresas, tomates, patatas, judías y pimientos), «y su poco de jardín, con grande abundancia de flores, de las que por aquí más comúnmente se crían». Valera nos revela cuál es el origen de este vergel: «Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque vacilando a veces en irse a la fuente del río, donde al pie de la sierra brota de una peña viva todo el caudal cristalino que riega las huertas, y es sitio delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado se dirigió a la población».

Efectivamente, al pie de la sierra de Cabra, «montaña asperísima de gran elevación y un temperamento extremado», nace de entre peñascos la fuente de que toma origen el río Cabra. Este nacimiento es conocido como la Fuente del Río, ameno paraje de recreo entre sauces, fresnos y chopos, donde el paisaje de lomas inhóspitas de la Campiña, de olivar y viñedos, se vuelve huerto y arboledas. Donde la fuente inagotable, brotada al pie de la aridez pedregosa de la sierra caliza, da vida al río que, abriendo una hoz profunda en las tobas y conglomerados recientes, riega las innumerables huertas que circundan al pueblo.

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