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Paisajes literarios

Un ajetreado y navegable río Betis

Luis Carrillo y Sotomayor, poeta, prosista y traductor cordobés de finales del siglo XVI, describe una ribera del río Guadalquivir muy diferente a la que presenta en la actualidad el cauce

Una imagen panorámica del río Guadalquivir a su paso por Córdoba.

Una imagen panorámica del río Guadalquivir a su paso por Córdoba. / J. Aumente

José Aumente Rubio

José Aumente Rubio

Córdoba

Luis Carrillo y Sotomayor, figura singular en el panorama literario del Siglo de Oro español, nació en Baena a mediados de la década de 1580. Fue hijo de Hernando Carrillo, que llegó a ocupar los cargos de presidente del Consejo de Hacienda y de Indias, y de Francisca Valenzuela Fajardo, que pertenecía a uno de los más esclarecidos linajes baenenses. Estudió en Salamanca y se decidió desde muy joven por el ejercicio de las armas, llegando a ostentar en las galeras el cargo de cuatralbo, término que designaba al oficial al mando de cuatro navíos.

Fue caballero de la orden de Santiago, como Quevedo, que fue gran admirador suyo. Falleció en el Puerto de Santa María el día 22 de enero de 1610 por causa de una enfermedad contraída en la adolescencia. Su cuerpo descansó en un primer momento en el convento de San Francisco de dicha localidad, pero posteriormente fue trasladado a Córdoba, en concreto a la capilla de San Pablo, dentro de la Mezquita-Catedral de Córdoba. A pesar de su prematura muerte (falleció con tan sólo 24 años) nos dejó una obra más que notable, que fue recogida a título póstumo por su hermano Alonso en Obras de don Luis Carrillo y Sotomayor (Madrid, 1611). Dámaso Alonso editó en 1936 sus Poesías completas. En ellas hay ecos de Garcilaso y prenuncios a los poemas de Luis de Góngora.

En conjunto, quedaron de este modo reunidas para la posteridad una veintena de romances y composiciones en redondillas, 50 sonetos, 16 canciones, dos églogas, la Fábula de Acis y Galatea, unas glosas al Remedio del Amor de Ovidio y el tratado teórico titulado Libro de la erudición poética.

La vida de Carrillo Sotomayor estuvo marcada por una fuerte conexión con el mar, la poesía y una profunda reflexión sobre el amor y la muerte, dejando una interesante huella en la historia literaria de su época. Conocidos fueron sus sentimientos amorosos hacia diversas damas de la Corte, cuyos nombres no se manifiestan en las composiciones líricas sino que están codificados al uso de la época. También es conocido por el espíritu ascético, e incluso místico, que rigió su vida, lo que movió a Dámaso Alonso a hablar de la «santidad de don Luis Carrillo, en especial los dos años anteriores a su muerte: oraciones y ayunos, devociones y penitencias durísimas... y una muerte ejemplar».

Su obra se desarrolla en torno a los temas del agua y el mar, reflejando tanto su vida marinera como su fascinación por los mitos clásicos. No encontramos referencias concretas al paisaje cordobés como tal en su obra, pero sí que presta especial atención al río Guadalquivir, al que se refiere con su denominación clásica de Betis: «No luches con los remos, no arrogante / opongas tu cristal, ¡oh Betis claro! / Allana el verde cuello, ¡oh dulce amparo / en puerto a nave, en sombra al caminante!»... «Deja el grueso tridente, y con la mano / ayuda, ¡oh Rey!, la quilla, no la iguale / flecha que tarda deje el aire vano». Estos versos sugieren un paisaje del Guadalquivir muy diferente al actual, un río navegable animado por el ajetreo constante del tráfico comercial y las embarcaciones de pesca. Sabemos que el grano y otros productos de su fertilísima vega se transportaban siguiendo el cauce del río. Igualmente era normal el paso del Guadalquivir a través de barcas, ya que el Puente Mayor, única vía de acceso a la ciudad para los que venían de la campiña o de las huertas del otro lado del río, estuvo de ordinario en ruinas y en ocasiones fue prácticamente insuficiente. Así que es fácil imaginar un río surcado de barcas y sus riberas pobladas de gente de la ciudad dispuesta a cruzarlo, junto a las mercancías amontonadas y las bestias de carga.

Se da la circunstancia de que por los años de la vida de Luis Carrillo se suceden varios intentos fracasados de recuperar el tráfico fluvial a gran escala entre las ciudades de Córdoba y Sevilla. En 1524, el municipio cordobés solicitó la opinión de Fernán Pérez de Oliva, maestro y preceptor de Felipe II, que la plasmó en un estudio titulado Razonamiento sobre la navegación del Guadalquivir. Le sucede el proyecto de navegación de Juan Bautista Antonelli, del año 1581, titulado Relación sobre la navegación general de los ríos de España, y muy grande provecho dellas, y que además del Guadalquivir pretendía hacer navegables el Tajo, el Duero y el Ebro. Y en 1626 se emite por Felipe IV una Real Cédula instando al cabildo de Sevilla a que preste ayuda al corregidor de Córdoba Gaspar Bonifax, nombrado superintendente de las obras destinadas a hacer navegable el río entre ambas ciudades.

Luis Carrillo manifiesta también una gran sensibilidad por la naturaleza, mostrando en sus obras un especial interés por los árboles de ribera, como son el álamo («El álamo, que fue a la temerosa/ vid, de la noche escura amparo y guarda,/ trepa, alegre y gallarda,/ a ver del claro sol la luz hermosa,/ y por la nueva dada,/ le corona la frente levantada»), el chopo («Remataba en los cielos su belleza,/ alivio, un alto chopo, a un verde prado,/ amante de una vid y de ella amado,/ que amor halló aposento en su dureza») o el olmo («Huyen las nieves, viste yerba el prado,/ enriza su copete el olmo bello;/ humilla el verde cuello/ el río, de sus aguas olvidado»).

«A un olmo, consolando su mal»

En Soria, año de 1912, poco antes de la muerte de su jovencísima esposa Leonor, Antonio Machado escribe un poema a un olmo centenario en la colina que lame el Duero. En él se refleja la pena del poeta, pero también la esperanza ante la enfermedad de su amada.

Es la historia de un árbol que está ya en el final de su vida, casi completamente seco, pero al llegar la primavera aparecen algunas ramas con hojas verdes nuevas que demuestran que, a pesar de todo, aún sigue vivo: «Al olmo viejo, hendido por el rayo/ y en su mitad podrido,/ con las lluvias de abril y el sol de mayo,/ algunas hojas nuevas le han salido».

En Córdoba, unos trescientos años antes, Luis Carrillo de Sotomayor, poeta de un hondo sentimiento dramático que en ocasiones parece vislumbrar esa muerte temprana, precoz final de una existencia encaminada a una inexorable conclusión, escribe un poema a un olmo derribado en la orilla del Guadalquivir: «Enojo un tiempo fue tu cuello alzado,/ a la patria del Euro proceloso:/ era tu verde tronco y cuello hojoso,/ dosel al ancho Betis, sombra al prado. / Ya que la edad te humilla, derribado,/ gimes del tiempo agravios; ya, lloroso,/ tu ausencia llora el río caudaloso,/ tu falta siente y llora el verde prado».

Dos almas paralelas, dos muertes tempranas, dos ríos emblemáticos, dos ciudades unidas por ancestrales caminos convergen poéticamente en un árbol cargado de simbolismo, cuya debilidad actual, producto de una enfermedad fúngica devastadora llamada grafiosis, añade tintes dramáticos al lírico hermanamiento.

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