Campo
Los cambios del paisaje en la campiña
La Diputación de Córdoba ha analizado la evolución de las superficies de cereales, olivar, almendro, pistacho y leguminosas en Córdoba desde 1991 hasta 2022
Una de las conclusiones es que se han sustituido las estepas cerealistas por olivar superintensivo, lo que tiene efectos negativos sobre las aves esteparias

Avutardas en un antiguo lugar de exhibición en la población de Bujalance-Baena, hoy desaparecido. / MIRYAM PÉREZ LARA

Al discurrir por las campiñas cordobesas, y si es observador, habrá detectado los cambios producidos en el siglo XXI. Las fincas cerealistas se han ido transformando en campos de olivares superintensivos en seto o de almendros. Para su extensión ha sido necesaria su puesta en riego. Contra lo que pueda parecer, los consumos de estas nuevas explotaciones sobre zonas que ya eran zonas de riego supone un importante ahorro de agua porque el plan hidrológico de la cuenca del Guadalquivir contempla la dotación de 1.500 m3/ha/año frente a horquillas de 3.000-8.500 m3/ha/año de los cultivos preexistentes. De los excedentes, sólo un 45% de lo ahorrado se puede emplear en incrementar la superficie en regadío, quedando el 65% restante para compensar el déficit hídrico existente en la actualidad.
Las ampliaciones de superficies superiores a 10 hectáreas se encuentran sometidas a un procedimiento de prevención ambiental conocido como Autorización Ambiental Unificada Simplificada. Quizás esté aquí la debilidad del proceso que está ocurriendo. Esos cambios se producen en la mayoría de las ocasiones sin obtener la oportuna autorización y en ocasiones no existen concesiones de aguas. Se resuelven a las bravas con la ejecución de sondeos para obtener el volumen necesario de las aguas subterráneas como viene demostrando en sus campañas de inspección la Guardia Civil del Seprona. Quizás sea necesaria más disciplina ambiental para ordenar el proceso de manera adecuada, no se sobreexploten las aguas subterráneas y llegar a situaciones límite como ocurre en la Axarquía malagueña con los frutos subtropicales.
Los investigadores de la UCO Guerrero, Rivas y Sánchez Tortosa han evaluado la presencia de nuevos olivares en el área de distribución de la avutarda y el sisón en el sur de España, analizando los datos proporcionados por el satélite Corine Land Cover entre los años 2000 y 2018. Las nuevas plantaciones ocuparon el 2,14% y 2,61% de estas áreas respectivamente. El índice de fragmentación es superior en el año 2018, lo que sugiere una pérdida de hábitat efectivo mucho mayor, por lo que llaman la atención para que se revise la política de gestión de estas áreas, totalmente relacionada con la Política Agraria Común.
En la publicación de la serie de recursos naturales de la Diputación Provincial de Córdoba Aves esteparias se ha analizado la evolución de las superficies de cereales, olivar, almendro, pistacho y leguminosas en la provincia de Córdoba desde el año 1991 hasta 2022. El olivar a lo largo de estos treinta y un años ha pasado de 303.337 hectáreas hasta las 374.405, lo que supone un incremento de 71.068 hectáreas, una superficie bastante superior a la del Parque Natural de la Sierra de Hornachuelos. Por el contrario, los cereales han pasado de 167.347 ha a 143.856, lo que indica que en poco de más de 30 años se han perdido 23.491 ha de un cultivo que siempre fue considerado estratégico para la alimentación. Para hacerse una idea, es como dos tercios de la superficie del Parque Natural de las Sierras Subbéticas.
En el caso del almendro, de su mínimo histórico de 717 hectáreas en el año 2012 ha alcanzado las 16.983 ha en el año 2022 y los pistachos que no existían en el año 2012, alcanzaron las 773 ha. En las leguminosas se observaron variaciones cíclicas con cierta tendencia a disminuir de una media de cerca de 15.000 hectáreas a unas 12.000 hectáreas.
La sustitución de las estepas cerealistas (campos de cultivo extensivo de cereal, barbechos y pastos en algunas zonas) por olivares superintensivos tiene efectos muy negativos sobre las aves esteparias. Esto se debe a que las estepas cerealistas son uno de los pocos ecosistemas agrarios que aún mantienen cierta estructura abierta, baja densidad de vegetación y mosaico de usos, condiciones que estas especies necesitan. Las aves esteparias, como la avutarda, el sisón, la ganga ibérica, la ortega, la cogujada montesina o el cernícalo primilla, entre otras, requieren espacios abiertos y horizontes despejados.
Los cultivos leñosos eliminan los espacios abiertos, fragmentan el territorio y disminuyen la disponibilidad de alimento, haciendo desaparecer el hábitat funcional para estas especies, de mayores efectos con la intensificación. El resultado típico es el declive acelerado y, a menudo, la desaparición local de estas especies.
Las grandes aves esteparias como la avutarda, el sisón y las gangas pierden terreno, productividad y se merman sus poblaciones hasta llegar a puntos de no retorno donde los nacimientos no compensan ni siquiera la mortalidad natural. Por ejemplo, en una situación más favorable que la actual, se midió en la población de avutarda en el entorno de Bujalance-Baena que la productividad anual media oscilaba entre 0,10-0,12 pollos por hembra. Si se tiene en cuenta que la longevidad en libertad de esta especie oscila entre los 15-20 años, el proceso de desaparición en esta comarca está cerca.
La nueva PAC puede ser el último cartucho para salvar de muchos rincones de Andalucía a las aves esteparias. La Consejería de Agricultura debe tenerlo en cuenta y la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente debe empujar para que sea una realidad.
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