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Diario Córdoba

VENTANA A LA NATURALEZA

Los últimos retazos de monte mediterráneo en la campiña

Hasta la segunda mitad del siglo XVIII existían verdaderos bosques mediterráneos densos, frondosos y en buena parte impenetrables en la campiña, un espacio considerado como «desértico», conocidos como los desiertos de La Parrilla y La Monclova por su vacío demográfico, descrito por José Naranjo

Vista del cerro Montoso La Orden, en el término municipal de Córdoba. | RAFAEL PULIDO JURADO

Entre las emergentes cordilleras béticas y el zócalo de la meseta se produjo una depresión ocupada por el mar que durante millones de años fue recibiendo material de procesos erosivos que se daban en ambas orillas. Poco a poco surgieron tierras emergidas hasta llegar a rellenar completamente ese mar. Es una sucesión de un paisaje alomado con frecuentes vaguadas y pequeños arroyos que evacuan el agua hacia los cursos más importantes como el Salado, Guadajoz y Genil que desaguan en el río vertebrador del paisaje, el Guadalquivir.

Se caracteriza por poseer materiales sueltos y poco compactados que han permitido el desarrollo de la agricultura. Esta actividad, con el paso de los años, se volvió cada vez más agresiva con los restos ancestrales de vegetación mediterránea, bien mediante la eliminación directa o fruto durante muchos años de una práctica, la quema de restrojos, hoy casi abandonada como ecocondición de la Política Agraria Comunitaria (PAC). De esta forma fueron desapareciendo estructuras diversificadoras del paisaje, como setos, sotos y bosques islas de diferentes tamaños.

En muchas ocasiones se ha definido la animadversión a la existencia de árboles como «cultura arboricida» que también se halla instalada en el mundo urbano. Parece que los rigores estivales de los últimos años obligarán a replantearse para el futuro la política de zonas verdes y el sellado de muchas áreas con hormigón, granito o asfalto. Hay que limitar la temperatura de la isla térmica que ya es la ciudad.

Cerca de cauces

De una decena de años a la actualidad, si analizamos las ortofotografías existentes en el seno de esta gran área de cultivo que conforma la campiña, podremos apreciar como regla general que el sotobosque de ribera se ha recuperado, en gran medida, en la mayoría de los ríos y arroyos con aguas casi permanentes. Si nos fijamos en antiguos cauces y vaguadas deforestadas, comienza a verse una incipiente vegetación de ribera con algunos árboles aislados o agrupados.

El incremento del respeto hacia estos lugares por una mayor concienciación de los agricultores y la protección efectiva de la administración hidráulica y ambiental han modificado este paisaje muy reconocido al entrar en la provincia de Córdoba por cualquiera de sus puntos cardinales en comparación con otras provincias, como comentan algunos entendidos de la materia.

Son importantes estos bosques islas rodeados por un medio agrícola deforestado

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Aún queda el reto de crear nuevos setos en lindes y caminos y recuperar la vegetación primigenia en numerosos lugares incultos que, sin duda, enriquecería el paisaje y la biodiversidad. Las vías pecuarias pueden jugar un papel fundamental en este cambio conceptual sobre la campiña cordobesa.

Hasta la segunda mitad del siglo XVIII existían verdaderos bosques mediterráneos densos, frondosos y en buena parte impenetrables en la campiña, un espacio considerado como «desértico», conocidos como los desiertos de La Parrilla y La Monclova por su vacío demográfico, magistralmente descrito por José Naranjo. El proceso colonizador de Carlos III reguló con meticulosidad todos los aspectos de la vida económica y social de los colonos en cuanto a lotes de tierras (50 fanegas), ganado, núcleos de población, aldeas y distancias entre ellos, equipamientos y un largo programa dirigido al autoabastecimiento.

La Carlota, Guadalcázar, San Sebastián de los Ballesteros y Fuente Palmera en la provincia de Córdoba forman parte de este área conocida como «las nuevas poblaciones de Andalucía». Allí se desmontaron los bosques mediterráneos, pero en muchos lugares quedaron como testigos del tiempo arboledas autóctonas con uso para la ganadería, son los últimos reductos del monte mediterráneo en la campiña.

En ellos se refugian elanios azules, águilas culebreras, puede verse sobrevolar al águila imperial que en un futuro no muy lejano llegará a criar; jóvenes de águila real y perdicera que superan allí sus primeras edades; al buitre negro como embajador de este tipo de monte que busca su alimento en forma de pequeños y medianos cadáveres. Algunos de estos enclaves, principalmente en el entorno de La Carlota y aldeas cercanas a la autovía, han sido ocupados por urbanizaciones y tan solo el largo plazo podrá recuperarlos cuando el proceso urbanizador no interese tanto. El resto perviven a duras penas con grandes presiones, principalmente derivadas de los incendios forestales a los que se le ha sumado la posible instalación de plantas solares fotovoltaicas.

El efecto de los fuegos reiterados puede ya verse en estas islas de vegetación de relativo tamaño, que año tras año empobrecen su diversidad vegetal y de los que no trascienden los motivos, ni los resultados de las investigaciones realizadas, quizás como consecuencia de la dificultad de obtener resultados. Lo que sí debe quedar claro es la importancia de estos bosques islas rodeados por un medio agrícola deforestado. Hay que hacer todo lo posible desde los municipios y la administración ambiental para que no desaparezcan, no somos más listos que nuestros antepasados para seguir haciéndolos desaparecer.

*Biólogo

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