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GASTRONOMÍA

Comidas de convivencia

 

Perol campestre, donde no falta la carne al fuego. - MIGUEL ÁNGEL SALAS

MARISOL SALCEDO
03/12/2017

Las convocatorias para las comidas de convivencia prenavideñas son tantas, que he tenido que echar mano de la agenda para que no se me olvide ninguna; y como dos de ellas coinciden en día y hora, tendré que lanzar una moneda al aire que decida por mí. Son tantas, que el mes de diciembre no es suficiente para abarcarlas, así que un par de ellas se han trasladado a noviembre. La primera consistió en un perol urbano, acogido con suma amabilidad y paciencia por el Bar El Roalito (Plaza del Moreno). Una reunión de vecinos, amigos y tertulianos, mujeres y hombres, claro; y unas migas cocinadas por un experto miguero, ya que conozco a José Manuel Muñoz Osuna desde hace cuarenta años y ya entonces estaba especializado en la elaboración de tan rústico plato. Contó con la ayuda de dos pinches: Marisol Berenjena Abásolo y Juan Carlos Valera Bocero. Puedo dar fe del delicioso punto de las migas, sus acompañamientos -torreznos, pimientos fritos, rábanos, chorizo, morcilla...- y de los exquisitos aperitivos. Felicidades. Estoy a la espera de las próximas.

La segunda convivialidad fue un perol campestre. Una reunión de compañeros en una casa de la Estación de Obejo, pernoctando en ella la noche anterior al perol, por lo que hubo que hacer una cena ligerita: aceitunas, jamón, paté, almejas y gambas; y un desayuno de café con leche y pan con aceite. Luego, el perol, que consistió en aperitivos convencionales y una barbacoa a la antigua, es decir, en las brasas de la chimenea, utilizando unas trébedes (del latín, que tiene tres pies) y una parrilla. Soy consciente del impacto que van a causar las descripciones de tan hiperbólicas comidas y por eso evito enumerar las carnes que compusieron la barbacoa, porque luego la gente me para en la calle para preguntarme si me como todo lo que escribo en esta página; así que prefiero dejar el resto -ya he dicho bastante- a la imaginación del curioso lector. El pan que acompañó la comida, de Obejo, de Espiel y de Villanueva. Como postre, chocolate y turrones.

La tercera actividad gastronómica, hace cinco días, tuvo más de convivencia que de comida. Un paseo por Villafranca, a la que voy de vez en cuando, porque la llevo y llevaré siempre en el corazón. Trabajé en ella durante veintiséis años, la mayor parte de mi vida profesional; y me gusta pasear por allí, y comprar miel, que es de una calidad excepcional -esta vez de encina- tortas de aceite y patatas fritas de Adamuz, saludando aquí y allá a las personas que se alegran de volver a verme y a los antiguos alumnos que todavía me recuerdan. Un noviembre muy completito.

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