Fue el mafioso neoyorkino Meyer Lansky, nacido en la Rusia de los zares en 1905, quien cuando huyó de Cuba instantes antes de que Castro entrara en La Habana dijo más o menos algo así a su chófer, al tiempo que le ordenaba que pisara el acelerador con destino al aeropuerto: «Reconozco una revolución comunista cuando la veo y esto es una revolución comunista». Pues eso, que en días como este 8 de Marzo del 2018 se envidia una nariz como la de Lansky para poder afirmar, con aplomo, sin titubeos, que acaba de acontecer una revolución, incruenta, por aquello de variar, pero revolución al fin y al cabo. El paso del tiempo lo certificará, se verá hasta qué punto la llamada media naranja de la sociedad, que son los hombres, comienza a comportarse como tal y no como un simple exprimidor.

Si se dan por buenas las cifras, el paro laboral en esta edición del Dia de la Mujer lo han secundado en sus horas más reivindicativas uno de cada tres trabajadores, mayoritariamente mujeres, pero también hombres, por supuesto. Eso, en España, único país del mundo donde la protesta estaba convocada bajo el paraguas de huelga general. Nadie hubiera apostado por esas cifras de éxito dos semanas atrás, sobre todo nadie del Gobierno, al que la marea feminista le ha obligado a rectificar, tarde y mal. Del menosprecio y la ridiculización inicial se ha pasado a suscribir el mínimo común denominador de la protesta, pasando antes, eso sí, por ese instante de bochorno en que las mujeres de la cúpula del PP defendían que la única huelga en la que creen es a la japonesa. Que se la propongan a las ‘kellys’, si se atreven. El caso es que, llegada la hora, Mariano Rajoy, el que en enero se negaba a legislar para conseguir la equiparación salarial entre sexos, se ha colocado un lazo lila en la americana. Torcido. Era su primera vez. Pero ahí está foto, para la historia.

A lo mejor Rajoy ha tenido su momento Lansky. Nunca se sabe. La mañana del Día de la Mujer comenzó con cerradas defensas de la larga lista de reinvidicaciones sobre la mesa por parte de Angela Merkel y Teresa May, la Europa que tanto inspira a la derecha gobernante española, pero también con adhesiones a la huelga inimaginadas por muchos días atrás, como la de iconos de la televisión y la radio en absoluto sospechosas de confraternizar con el núcleo duro del feminismo. Ana Rosa Quintana suspendió su programa este 8 de Marzo, y se sumaron a la huelga, también, Susanna Griso, Mònica Terribas, Pepa Bueno y, por parte de TVE, que se dice pronto, ¡TVE!, María Casado. Aunque en su caso fue por incomparecencia de su equipo técnico. Resulta chocante si se tira del hilo y se recuerda que esta es una jornada de protesta y huelga que germinó primero en colectivos feministas muy militantes y en sindicatos anarquistas, y que solo después, como fichas de dominó, cayeron del lado de la lógica otros sindicatos y partidos. Esos nombres antes citados vienen al caso, sobre todo, para subrayar cuán transversal ha resultado ser el Día de la Mujer del 2018, por azarosa que haya sido su organización, porque nunca ha quedado claro si los hombres eran bienvenidos o no a esta huelga.

Sobre esta cuestión, opiniones hay muchas. Aquí va, como ejemplo y por bien trabada, la de la ilustradora Flavita Banana, que representa a la perfección la generación que pide paso. «Hay muchas dudas entre las mujeres sobre qué es lo correcto. ¿Huelga? ¿Manifestación? ¿Participación o no de los hombres? Lo importante es que cada una haga aquello con lo que se sienta cómoda, sin yugos, que ninguna juzgue la opción de ninguna. La clave es no comportarnos como la historia hasta ahora lo ha hecho, con condescendencia y juzgando». Vamos, que, por favor, no se analice el 8 de Marzo del 2018 con los moldes masculinos clásicos, contando manifestantes como si fueran goles en campo contrario o discutiendo argumentos en términos de victoria o derrota.

El 8 de Marzo, que se sepa, se ha celebrado incluso en Irán. Y en Turquía, donde la protesta ha sido muy erdoganamente reprimida. Y las coreanas del sur han salido a la calle. También en Pakistán las mujeres han dicho basta. Ha sido un 8 de Marzo internacional, como cada año, pero internacional ha sido también el deseo de que esta vez sea diferente, como si de repente el feminismo, contra todo pronóstico, hubiera encontrado por fin sus 40 rugientes. Les explico. Esto fue un hallazgo de los marineros holandeses allá por 1629. Descubrieron que si descendían hasta el paralelo 40 sur (y lo hicieron por accidente, porque allí el frío era intenso) navegaban del Cabo de Nueva Esperanza a Australia a mayor velocidad.

Pues eso, que con el viento en las velas del #MeToo y del Time’s Up ha catalizado el hartazgo de las mujeres ante la pereza de los hombres a apostar decididamente por la igualdad. Por la igualdad salarial, por el fin del acoso, por una legislación que no convierta en una condena el embarazo, por no más feminicidios… Las manifestaciones en España puede que hayan sido, además, de las más multitudinarias. Como cuando la guerra de Irak. La razón es aún un arcano, al que efectivamente estaría bien dar aquí una respuesta, ni que fuera aproximada, pero no la habrá.