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En el 81 aniversario de su muerte

Victoria Díez, una importante maestra

 

Pilar Pazos Pilar Pazos
12/08/2017

Mujeres importantes:

Nadie duda que Frida Kahlo, Teresa de Calcuta, Marie Curie, Indira Gandhi o María Callas son mujeres importantes y reconocidas por tales en sus respectivos ámbitos. Nadie duda tampoco que hay otro tipo de mujeres que no aparecen en ningún listado pero que habría que tenerlas tan en cuenta como a las anteriores; son todas esas que trabajan en casa y fuera de ella, que colaboran a la mejora de la sociedad, que mantienen el tono de su familia y que, si faltaran, algo caería en picado a su alrededor. Todos las conocemos porque son nuestras vecinas.

Una de estas mujeres es Victoria Díez que, además, murió violentamente en los primeros días de nuestra guerra civil con treinta y dos años.

Se conservan varias fotos de ella. Y, aunque no resultaba muy fotogénica, en todas se la puede ver con una alegre sonrisa porque Victoria era una mujer alegre. Quizás fuera porque nació en Sevilla el 9 de noviembre de 1903. Pero no basta el lugar de nacimiento para tener esa simpatía. Victoria, como la mayoría de personas, también tenía sus problemas. Sus padres eran el gaditano José Díez Moreno, escribiente de profesión y apoderado de una casa comercial de Sevilla, y Victoria Bustos de Molina que se dedicada a «sus labores»; al parecer, eran un tanto absorbentes ya que Victoria era hija única.

Un trabajo con alma

Estudió seis años en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla y desde 1919 a 1923 Magisterio, que era su verdadera vocación. En 1925, la Institución Teresiana había abierto en Sevilla una Academia-Internado donde Victoria empezó a preparar las oposiciones. Las Academias teresianas tenían una característica querida por su fundador: una fisonomía atrayente. Por eso Victoria encontró el lugar adecuado no solo para preparar las oposiciones sino para dar un sentido profundo a su vida. En una carta escrita en esos momentos, dice: «Cada día doy más gracias a Nuestro Señor por haberme puesto en contacto con una Institución que llena por completo mis ideales. Desde que conocí los fines que persigue no puedo menos que amarla y creo que solo perteneciendo a ella podré encontrar la felicidad». Había comprendido que los fines de la Institución Teresiana no eran simplemente profesionales --preparar escrupulosamente las clases-- sino dar una dimensión espiritual a esa profesión, uniendo fe y vida.

Su primer destino como maestra fue Cheles, un pueblo de Badajoz en donde solo estuvo un curso, aunque bien aprovechado, pues organizó la biblioteca y puso en práctica los nuevos métodos pedagógicos aprendidos en la carrera: excursiones, cantos, actividades al aire libre... No fue fácil su estancia en Cheles. Pero con ánimo decía: «Cuando pienso que estas almas están dispuestas por Dios, y quién sabe si por mí, que nada soy, quiere salvarlas, me encuentro revestida de una fortaleza que solo con la gracia se puede tener».

La última y mejor etapa

Los últimos ocho años de su vida los vivió en Hornachuelos (Córdoba) a donde se trasladó en junio de 1928. Tampoco era fácil ejercer la profesión allí. Por eso, al llegar, dijo a Dios: «Pídeme precio por la salvación de este pueblo». Y parece que le tomó la palabra, pero antes Victoria pudo hacer muchas cosas. Se conserva su escuela: su mesa, los pupitres de sus alumnas, los mapas que pintó para explicar mejor geografía, trabajos manuales... Y algunas fotos en las que aparece con sus alumnas pequeñas con sus babis impecables y sus hermosos lazos blancos en el pelo (¿quién las podría distinguir de las alumnas de una escuela privada de una gran ciudad?), las niñas disfrazadas para una fiesta navideña, las niñas haciendo gimnasia, jugando con la nieve... Pero siempre ella con las niñas. Siguiendo la pedagogía de san Pedro Poveda, las alumnas eran algo más que personas ignorantes a las que había que enseñar. Ella las quería, compartía su comida con la que sabía que en su casa no andaban sobrados, compraba telas para confeccionar vestidos para las más necesitadas, incluso alguna ropa suya servía para subsanar alguna urgencia.

También dio clases a las mujeres con las que se la ve en una fotografía en las que están muy atareadas con sus máquinas de coser, gestionó becas para que algunas niñas pudieran estudiar en Córdoba; incluso llegó a ser vocal y después presidenta del Consejo Local de Enseñanza Primaria del Ayuntamiento desde 1931 hasta 1935.

Victoria no solo se dedicaba en cuerpo y alma a su escuela, también trabajaba con el párroco animando la vida de la Iglesia con la formación de catequistas y con la creación de la Acción Católica.

Las guerras son, como poco, un cúmulo de equivocaciones. Se equivocaron los que cogieron a Victoria un 11 de agosto y los que en la madrugada del 11 al 12 la sacaron junto con otros 17 hombres, uno de ellos el párroco, para hacer su último paseo de doce kilómetros hasta la mina del Rincón, un paseo excesivo para una mujer no muy fuerte y perfectamente vestida, con sus tacones.

En el camino, apareció la Victoria fuerte. «Ánimo», «nos espera un premio», «veo el cielo abierto», decía a sus compañeros. Fue la última en morir y nadie pudo vencer su firmeza. «Yo nunca volveré la cara al Señor», «sabe Él que con risas o con llanto lo llevo siempre en primera fila».

Hoy en una cripta de la sede de la Institución Teresiana de la plaza de la Concha, hay una tumba grabada con una sola palabra: Victoria. Allí espera la beata Victoria Díez un milagro para que la Iglesia la declare santa.

* Maestra jubilada

Hoy se cumple el 81 aniversario del martirio de la beata Victoria Díez, y la Institución Teresiana lo conmemora con una eucaristía a las 20.30 en la plaza de la Concha, nº 1, a la que invita a todos los que deseen asistir.

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