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Diario Córdoba | Sábado, 25 de mayo de 2013 - Edición impresa
JAIME JAIME 18/04/2004
La realización histórica de la globalización supone una estructura social a nivel mundial en la cual todos los seres humanos que pueblan la faz de la tierra estén dotados de los mismos derechos, de la misma autonomía, de la misma capacidad de influir en la toma de decisiones colectivas. A nivel mundial estamos en una situación parecida la que vivió Europa en los finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. En aquel entonces la sociedad estaba dividida en estratos sociales diferenciados: la aristocracia del antiguo régimen poseía el poder político y económico decisorio, los que no tuvieran sangre azul en sus venas quedaban excluidos del acceso al poder. El cambio de estructura política en los Estados de la época no se realizó de forma instantánea ni rápida. Gran parte del siglo XIX estuvo dominada por las luchas entre los conservadores, defensores del antiguo régimen, y los progresistas o liberales, defensores del cambio a un nuevo régimen de igualdad entre los ciudadanos. Lo que ocurrió en aquel entonces entre las clases sociales en el interior de los Estados, ocurre hoy entre los Estados a nivel global. El equilibrio mundial entre todos los pueblos de la tierra tropieza con la existencia de centros de poder hegemónicos que pueden tomar, y de hecho toman, decisiones unilaterales, e imponerlas "señorialmente" a otros pueblos con menor poder. Tales poderes mundialmente hegemónicos actúan a nivel internacional de forma equivalente a como actuaba la antigua aristocracia a nivel de cada Estado.
Nos encontramos actualmente en un momento histórico en el que un nuevo modelo cultural ha nacido, pero aún quedan residuos del antiguo modelo. Estamos asistiendo al final de la soberanía de los Estados-Nación. Sin embargo, ello no significa que todos los Estados-Nación hayan renunciado a su soberanía. Por el contrario, los Estados poderosos que pueden ejercerla, lo hacen en beneficio propio, no en beneficio del conjunto de la humanidad. Esta situación de transitoriedad, de una globalización e medias instalada, es el origen de la desconfianza e incredulidad que la globalización genera en colectivos contestatarios. Demandan razonablemente "otra globalización", puesto que la actualmente instalada es solamente parcial, incompleta. Recientemente hemos podido asistir a la escenificación de esta dialéctica entre globalización y poder hegemónico de un Estado con autoconciencia de imperio.
El debate en el Consejo de Seguridad sobre la continuación de la presencia de los inspectores de la ONU en Iraq, o la cancelación de esta inspección y el inicio de la intervención armada fue sumamente clarificador. EE.UU. consciente de su poder militar, y aduciendo razones cuya veracidad nunca se ha podido comprobar, tomó la decisión unilateral de iniciar la invasión militar de Iraq. Acusó al Consejo de Seguridad de ineficiente, incapaz de tomar decisiones operativas. Más tarde, cuando la terminación de la tarea de pacificación de Iraq está resultando más problemática de los esperado, y más costosa de lo presupuestado, la gran potencia mundial reclama el apoyo de la comunidad internacional. Piden que el resto de los países les ayuden a terminar lo que ellos comenzaron sin tener en cuenta las razones del resto de los miembros del Consejo de Seguridad.
Esta mentalidad hegemónica estadounidense queda claramente reflejada en las declaraciones de algunas altas personalidades de la Administración USA. Por ejemplo, John Bolton, candidato de Bush al cargo de subsecretario de Estado para el control de armas y la seguridad internacional, declaró que Estados Unidos no tiene obligación legal de aportar fondos a la ONU, aunque sea uno de los principales fundadores del foro mundial y miembro permanente con derecho a veto de su Consejo de Seguridad. "Cuando la ONU pide contribuciones económicas de Estados Unidos, el Congreso tiene pleno derecho a realizarlas, ignorar la solicitud o hacer cualquier otra cosa entre esos extremos", alegó. "El país sólo debería cumplir esos compromisos y otros basados en tratados internacionales cuando considere que eso es conveniente para los intereses nacionales, y sólo si las demás naciones cumplen sus compromisos", agregó. En la misma línea de pensamiento, el senador republicano Helms, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, afirmó que la ONU amenaza la soberanía estadounidense porque trata de lograr "poder y autoridad sobre los Estados nacionales", para convertirse "en la autoridad central de un nuevo orden internacional, con leyes mundiales y un gobierno mundial".
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