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JOSE MANUEL Cuenca 15/09/2012

A la husma incesable de papeles y noticias de una historia mal e incompletamente contada --la del Protectorado de España en Marruecos--, el cronista se encontró no ha mucho con la rica y atractiva figura del magistrado granadino don Manuel de la Plaza, en cuyo denso currículo se incluye una estadía en el Tetuán de los años ahora tan de moda, en buena porción del público lector, con la novela El tiempo entre costuras , que relata --demasiado amputadamente-- una historia de amor trascurrida en dicho periodo de la presencia española en el Magreb. Como muchos otros miembros de la Administración civil y militar, experimentó diversas ocasiones la llamada de Africa y siempre acudió a ella, ya en puestos de alta responsabilidad, en los que ejerciera una sobresaliente labor, incorrupta, impecune y abnegada.

Granadino, sencillo, simpático y excelente profesional --cuatro notas que explican su íntima amistad con otro espíritu en verdad de excepción como fuera el insigne jurista y liberal don Nicolás Pérez Serrano--, el autor de un libro clásico en materia de Derecho Procesal --su especialidad: La Casación Civil (Madrid, 1944, 514 pp.)-- no dejó, al igual que otros muchos hijos de la ciudad de los Cármenes, descansar la pluma mientras que, ya como magistrado del Supremo --sería fiscal-- y director de la Escuela Judicial --que, por cierto, fundase--, se entregara plena y absorbentemente a su vocación --podría decirse, en su caso, pasión-- de juez. "En el curso de una existencia (-) han ido sedimentándose experiencias, halagüeñas unas, dolorosas otras, pero todas iluminadas por dos ideas rectoras que pueden ser el índice de una vida: amor encendido por las cosas de la justicia, de que tantos hablan, pero no muchos comprenden del todo; vocación auténtica por esta misión que siempre, pero en algunos casos más, implica abnegación, sacrificio, desinterés, renunciamiento y, sobre todo, una dosis de fe-" (La Magistratura en la Sociedad Española . Discurso en la inauguración del curso 1958-59 en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, a la que perteneció como numerario así como a la de Ciencias Morales y Políticas).

Medio siglo ha pasado desde que se escribieran esas palabras y la pátina del tiempo no ha hecho más que nimbarlas de caracteres irisdiscentes- Al margen de polémicas con frecuencia estériles por los escasos conocimientos de sus habituales participantes acerca de la de identidad y personalidad de nuestra historia, es lo cierto que el pueblo español se ha sentido desde sus orígenes particularmente imantado por todo lo concerniente al fundamento e impartición de la Justicia. Pruebas hay a miles- Pero, por desgracia, todavía semejan no haberse enterado tanto algunos integrantes --con mayor propiedad, a la fecha habría que decir integrantas--- de la Magistratura como no pocos de los innumerables contertulios y articulistas que hablan y escriben de manera incansable sobre una instancia de la Administración y un oficio recatado y respetado hasta no ha mucho y hodierno convertido, frecuente y pesarosamente, en objeto de toscos e inanes debates mediáticos y diana de críticas y ataques desprovistos de una mínima no ya de cortesía, sino de obligada consideración formal.

Claro es que conductas como los de algunos componentes de la sumidad del llamado --¿bien y acertadamente?-- Poder Judicial no estimulan, justamente, posturas desde las que tradicionalmente se enfocaba a los consagrados --con las imperfecciones inherentes a la naturaleza-- a materializar uno de los ideales más enaltecedores de la condición humana.

Pero tales comportamientos son, a todas luces, bien minoritarios, generalizándose, a las veces, sin base alguna. En las muchas noches insomnes que, en un mundo sin piedad ni justicia para los servidores de la mayor parte de las instituciones esenciales para la convivencia y desarrollo de las naciones, remezan el ánimo de juezas y jueces, los manes de don Manuel de la Plaza Navarro probablemente le ofrezcan sin tasa aliento y ejemplo.

* Catedrático

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