Los primeros cien días de la presidencia de Donald Trump arrojan un balance poco alentador para el inquilino de la Casa Blanca. Como él mismo ha declarado, creía que ser presidente de EEUU sería más fácil que dedicarse a los negocios. Más allá de unas palabras que revelan la frivolidad con la que llegó al mando de la primera potencia mundial, en este mojón del mandato Trump no ha logrado mejorar el bajo nivel de popularidad con el que llegó a la Casa Blanca. Quiso empezar a hacer realidad las promesas electorales haciendo uso de los poderes ejecutivos que la Constitución le otorga, pero pronto descubrió que incluso el presidente debe someterse a unos controles, y así muchas medidas firmadas con gran despliegue publicitario -en particular las destinadas a poner freno a la inmigración- están bloqueadas en los tribunales. La economía tampoco le sonríe. En el primer trimestre del año el PIB ha crecido solo el 0,7%, que contrasta con el 2,1% del último trimestre del 2016 y con su promesa electoral de un crecimiento sostenido del 3% o el 4% anual. En estos cien días, Trump tampoco ha logrado organizar un equipo competente en la Casa Blanca. Y si el balance es poco alentador para Trump y EEUU, para el resto del mundo es desastroso, porque en estos cien días el presidente ha logrado convertir en aceptable todo lo que en una sociedad democrática se consideraba inadmisible.