José Mariscal Campos José Mariscal Campos 03/01/2007

Leí hace poco en nuestro diario una noticia en la que la portavoz de la Comisión Investigadora del Maltrato Animal (como suena rimbombante, llego hasta el final) dice que "están recogiendo firmas para que se castigue con penas de seis meses a tres años a quien castigue un animal". Más adelante afirma "que los animales también tienen derechos, hay que respetarlos y condenar el maltrato" y finaliza dando un número de teléfono por si alguien quiere denunciar sobre un caso de maltrato a estos seres vivos.

Yo, que me considero una persona formada y educada en el respeto a los demás, incluidos los animales, los de cuatro y los de dos patas, tras leer la noticia, ando un poco confuso y desorientado. Y me surgen las preguntas. Veamos.

Si veo a un perro cagándose en la acera por la que yo he de pasar; o en el césped del parque donde luego jugará mi nieta; o meándose en la puerta de mi casa; o en las ruedas de mi coche; o tengo un accidente de tráfico al intentar esquivarlo porque el animal iba suelto, etc, y ese animal tiene derechos que hay que respetar, ¿no se están, en todos esos casos, conculcando los míos? ¿Sería legítima defensa si en ese momento le diera una patada al animal? ¿Impondrían, en estos casos de conculcación de mis derechos, las penas de seis meses a tres años? ¿A mí, al perro o a su amo? No llego a ninguna conclusión. Está bien que hagan estas campañas; es denigrante cualquier clase de maltrato, pero háganlas también entre los propietarios de animales, de perros, fundamentalmente, para convencerlos de que la calle, las aceras, los parques... son bienes de uso público, pero que en ese uso público no entra el que sean lugar para las necesidades de sus perros. Y mi puerta y las ruedas de mi coche, míos, no meaeros de perros, muchas veces, con el beneplácito de sus dueños. No me hagan recordar a un antiguo vecino que tenía cada dos por tres trifulcas por maltrato a sus perros (según él, reñirle a sus perros, ya lo era), y en cambio no tenía ninguna consideración para con su esposa y sus hijos.

¿Saben lo que me contestó una vez que le dije que quería más a los perros que a las personas? Que los perros eran los únicos que cuando llegaba a su casa le movían la cola en señal de bienvenida. Patético.

pQUEJA

nDesatención de la

Policía Local N

***Juan de Dios Mármol

***Márquez

***Córdoba

f

Durante la pasada Nochebuena un policía local multó mi coche 4961CHY que estaba aparcado en una curva, aunque no molestaba la circulación, enfrente de la calle Marino Oquendo, donde está mi domicilio. No fueron multados, sin embargo, los vehículos que habían aparcado en los cinco pasos de cebra de dicha calle ni en las aceras de la misma. Sorprendido por ello llamo a la Policía Local para que envíen una patrulla que dé fe de la arbitrariedad y el agente que me atiende me responde que no hay ninguna patrulla disponible. Me identifico y le solicito que me dé su número de placa, a lo que el agente me responde que no puede dármela por teléfono y acto seguido me cuelga el teléfono. Llamo por segunda vez y al reconocer mi número de teléfono vuelve a colgarme. Insisto por tercera vez y el agente me responde que va a dejar el teléfono descolgado y que no atenderá mi llamada.

Como ciudadano me considero insultado por la actitud y desconsideración de dicho agente, al que, obviamente, no puedo identificar, ya que se negó a darme su número de placa.

Es por ello que le dirijo esta carta con el objeto de que los responsables de la Policía Local de Córdoba tomen las pertinentes medidas con relación a la atención, respeto y cortesía que los ciudadanos de esta ciudad nos merecemos.

pRELIGION

nLa luz de la Navidad N

***Joaquín Cabello Fernández

***Córdoba

f

Inmersos en el tiempo tan especial de la Navidad, la luz se hace protagonista: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron", escuchamos del apóstol joven, Juan.

Detrás de tanta luz artificial, se nos viene a decir que pocos la entienden como camino de felicidad. Parece como si los hombres nos hubiéramos fijado en un fulgor que deja la desazón de que dentro de unos días todo volverá a su color natural: el color que ofrecen nuestras rutinas diarias.

Para Cristo, la luz es otra cosa. En su deambular por la Palestina de entonces advirtió que los hombres que viven en el error son más sagaces que los hijos de la luz. A siglos de distancia esto sigue siendo una realidad. Recientemente --y es abundar en el tema--, nos salpica la noticia de que los musulmanes quieren hacer una gran mezquita en Córdoba.

El momento no puede ser más oportuno para ellos. España --al igual que el resto de Europa-- se ha quedado desalmada, sin luz. Con una indolencia letal, donde todo vale; con un quimérico respeto a otras creencias; con una demografía suicida y en medio de una potente crisis de valores, el terreno está abonado para que arraigue cualquier semilla --buena o encizañada--, que tenga fe en lo que está haciendo.

Está claro que el problema se resuelve volviendo a poner en acto una civilización de raíces cristianas, porque eso es Europa, como ya clamó la voz más nítida del siglo XX, Juan Pablo II : "¡Europa, sé tú misma!".

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