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Tribuna abierta

Sangre seca

 

H ay veces, quizá demasiadas por desgracia, en las que la vida se pone cuesta arriba si uno se para y mira alrededor: tanto dolor no puede ser en vano. Y recuerdas, de golpe, estampas de otro tiempo donde el vivir era semejante a esto, cuando los de arriba hundían a los de abajo con la zarpa abismal de su hipocresía. Recuerdo las tapias de los cementerios y los huecos de bala grabados en la cal negra. De aquellos polvos vinieron estos lodos. Aún sigo mirando con aquel temblor de niño. En la inocencia de las amapolas la luz del recuerdo aún es sangre seca. En las viejas cunetas donde se enterró el amor, la memoria es un viejo jazmín pisoteado, oculto en la desesperanza de la nieve.

Mis palabras son balas llenas de ternura que buscan diana en un círculo de paz bajo el purpúreo sol de los abrazos; no obstante las lanzo y vuelven derrotadas, porque en este país ahora el aire es negro y vive enquistado dentro de la niebla. Y a pesar de todo, ahora, cuando mayo es un jardín de oro y limonita reverberando sobre la ciudad, hallo el consuelo feliz de la poesía en un libro de versos certeros que conmueven por la emoción que guarda en cada página. A veces los libros nos salvan del naufragio y nos hacen ver luz dentro de las sombras. A mí hace unos días me ha sucedido esto después de leer el poemario Sangre seca, que obtuvo hace poco el XXIV Premio de Poesía Ciudad de Córdoba, Ricardo Molina, lo que en el centenario del poeta de Puente Genil, tiene, sin duda, un sentido doble.

Josep M. Rodríguez, el autor de este poemario, ha escrito unos versos hermosos, zigzagueantes. Sangre seca es, sin duda, un libro imprescindible. Quien entra en sus páginas sale reconfortado. A mí me ha ayudado a ver la luz en lo más negro: «Cae/ la nieve/ sobre la realidad,/ modificándola», nos dice el poeta quizá mostrándonos el camino que conduce, al final, a una sutil metamorfosis. La buena poesía, y ésta es portentosa, tiene la habilidad de hallar conductos por los que desaguar la amargura y el desánimo, la desolación y el vértigo del miedo. A este oscuro país le hace falta hoy más que nunca una capa de buena poesía como ésta para disolver en luz tanta negrura, tanta indignidad, tanta desvergüenza. Dice Josep M. Rodríguez en unos versos majestuosos que «la luz ya no se finge artificial/ y el cielo se parece a la memoria,/ sabes que sigue ahí a cada instante/ aunque su ir/ y venir/ nunca te pertenezca». En los últimos años nos han robado la belleza, todo lo puro, lo humano, lo más tierno, lo sencillo, lo público, la luz que nos iguala. Y estos robos tan turbios, tan sucios y deshonestos, nos han hecho creer que ya es siempre de noche y que el día amanece por donde el sol se va, confundiendo la aurora con la tilde del crepúsculo. Quieren hacernos ver que la luz es negra. Pero en Sangre seca se subvierten los valores de la realidad malsana en que vivimos, y así cuando vemos «Los buitres, que construyen/ en tus ojos/ su nido», intuimos y sabemos que el viento de la dignidad siempre aparece en mitad del horizonte combatiendo y doblando los huesos de las sombras, inyectando un fulgor dorado en las aceras y en las anchas avenidas de cualquier ciudad del Sur, del norte también, del este o el oeste, aunque ahí fuera, en el campo, al mirar las amapolas no veamos el rojo más puro y solidario, sino el tono famélico de la sangre seca. Quién está en el Poder con mayúsculas va en contra de la poesía, el misterio y la cultura, y secciona a diario la savia que alimenta el espíritu libre y sensible de esos pocos que, ante el materialismo insolidario, aman lo humano, lo puro y lo esencial.

Un libro de versos puede salvarnos del naufragio, de la desolación y la amargura. Para combatir la precariedad, la tristeza y la ruina alzadas en el ambiente, el poeta sensible que es Josep M. Rodríguez nos ofrece visiones como ésta: «Desde que te has quedado sin trabajo/ sueles venir a contemplar los trenes,/ como buscando un orden en su repetición», y unos versos más tarde con tacto y precisión remata el dibujo con estas pinceladas: «Hemos venido a contemplar los trenes./ Hay un cieno de leyes y de números». Así, para quienes no creemos en la justicia que rige el país y aún menos en números siniestros, leer Sangre Seca, editado en Hiperión, es como hallar el resplandor de un sol que asoma por las sublimes colinas del oeste, subvirtiendo así el orden hipócrita y garrulo de una patria cosida por la corrupción.

* Escritor

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