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Tribuna abierta

El quicio de las cosas

 

Se empezó queriendo rescatar el género femenino de un hipotético olvido, que no se corresponde con la realidad española y se termina abofeteando a los gentilicios y maltratando el lenguaje castellano y español. Así de fácil

Habría que preguntar a los que ostentan la representación soberana popular si la capacidad de gestión, el talento legislador, la fiabilidad y la ejemplaridad pasan por estresar los conceptos lingüísticos; si lo «políticamente incorrecto» se extralimita dentro del rigor parlamentario del que son deudores; si los géneros masculino y femenino pierden su vocación complementaria en aras de un enfrentamiento sin sentido, por nadie deseado.

La cuestión no es baladí: se contemplan nubarrones que modificarán los tiempos venideros tanto en las responsabilidades como en sus efectos. El tratamiento de los géneros de una forma radicalizada complica y contamina las conductas políticas de los protagonistas de estas escenificaciones, llámense feministas o machistas o como quieran denominarlas.

Hacer del lenguaje y de los géneros frontón de denuncias y pendencias dice, con meridiana claridad, muy poco del talante que se dice ostentar, antagónico al de los políticos que ejercieron desde 1978 hasta 2000.

Una guerrilla tras otra guerrilla, que se suceden con ánimo de desquite, adulan las vanidades de los que se asombran de que alguien o algunos --muchos o pocos-- puedan pensar de otra manera; pero es así porque esos «guerrilleros políticos» jamás visitarán una trinchera.

Cuando los buenos momentos políticos, los que llevan en sus instintos el bien común, y cuando el respeto y el carácter positivo pierden efervescencia animadora en el cotarro reivindicativo, las cañas de los acuerdos se tornan en lanzas ambiguas que trastocan y rompen realidades existentes, aunque sean escasamente admitidas por los que tienen por oficio oponerse a todos y a todo en un ejercicio constante de desequilibrio permanente.

Cualquier presidente/a autonómico o cualquier alcalde o alcaldesa podrían ser paradigmas del «talante que no cesa»: en la mano derecha, la caña del estado de derecho y en la siniestra, la lanza de la rebelada sedición. Y, no se olvide, su comienzo fue el desprecio al vehículo lingüístico, vestido de estelados colores gualda y rojo vivo. Llevaron la transgresión al límite, desafiando todo lo legislado. Por tanto, en este ruedo ibérico se vivieron --todavía se viven-- las consecuencias de una cornada mortal de necesidad, inferida por el toro veleto llamado «dos-españas-que-todavía-te-helarán-mucho-más-el-corazón».

Quizás se permitió demasiado y se perseveró poco. Se rompió el espigón del quicial, que es el mandato constitucional en el que se mueven y giran los comportamientos políticos y ciudadanos. Permitir y perseverar, verbos que, antagónicamente conjugados, dan mucho juego, tienen muchas capacidades explicativas, sobre todo ante quien debe juzgar, aplicativamente, los desmanes que convulsionan e infartan el normal transcurso de la realidad civilizada. Nunca hay que permitir lo que no está permitido y siempre hay que perseverar en la obligación de gobierno para cortar abusos, tropelías e injusticias, aunque provengan de actuaciones «contemplativas», llamadas «simbólicas», diseñadas por actores demoníacos con sonrisas angelicales.

¿Qué clase de causa sois? Sois inconmovibles, severos, férreos y os mostráis sometidos y encadenados a lo que sirvió para aquello que sucedió como pretérito implacable, con ensordecedor ruido de sables que nunca debieron moverse con agitaciones trémulas, perjudicando a tanto y a tantos; pero esa parte convulsa de la Historia Española siempre es, para vosotros, rentable mantenerla en mediático candelero. Sois multitud que, históricamente, siempre desiste y capitula. Sois pura locura.

* Gerente de empresa

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