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Colaboración

Poetas en el centro

 

Poetas en el centro -

Es o debe ser lúcida el alma del poeta cuando deja de mirarse la barriga, de sufrir y llorar sonoramente, porque todos sufrimos, hasta los gatos, que siempre huyen. ¿Cómo mira la gente a los poetas? No los mira porque apenas los siente: sus problemas no tienen parecido. Mejor el loco o medio loco, que les hace reír, inquietarse, que los animan y vuelven algo osados.

He recordado el día en que dos hombres, jóvenes entonces, Ramón Bances y un servidor, solo a unos metros de San Nicolás, hicieron motivos o locuras para sentirse, ahora, poetas locos: las gentes se detuvieron algo, a mitad de la calle y al final de la tarde. Un negocio por libros tuvimos entre manos y una relación temporal cuando aún creíamos en las musas, confiados en nuestra particular libertad, inexistente en aquellos años: Bances era jefe de Patología en el Hospital y yo, maestro en La Trinidad de Don Antonio Gómez Aguilar, que debe andar por la gloria o habrá que inventarla. Dos hombres, Bances y yo, que se creyeron libres y que hablaron de Ramón y Cajal, notable histólogo que no acababa de ser considerado por nuestra rancia historia. Quejoso y empeñado, llegó a exigir que su obra principal, Histología del sistema nervioso, solo se editara en francés. Otro díscolo y quejoso con la madre patria.

Ramón Bances tenía un arco y tiraba sus flechas a una gorda estera, colgada en la puerta cerrada del estudio. La mala suerte y la locura llevaron la varilla hasta el piso de enfrente, al otro lado del pasillo. No pasó nada, salvo en un plano que los arquitectos tenían en la pared. Naturalmente, se quejaron con vehemencia merecida al par de insensatos, autores que se habían sentido Robin Hood y en pleno bosque. Después los compensamos, pese a la intervención de los guardias. Aunque no lo negamos, pues aquellos hombres obedientes, de uniforme, nos cogieron con las manos en la masa. Y nos pasamos a la música con el tambor y la trompeta que Ramón Bances tenía guardados para sus evasiones; aquel hombre tan especial, serio y educado, que, además, fue pionero profesional en el estudio de los tejidos. Uno de los primeros facultativos en desvelar a los cordobeses si tenían o no tenían cáncer.

Tocamos, ya digo: él, el tambor, y yo, la trompeta, en desquiciado ensayo, como a la libre luz de las estrellas junto a las Ermitas o con el pelo hasta los hombros, bajo la espadaña de San Nicolás. Poetas por libres, por ingenuos y hasta rebeldes, porque sonreímos a los guardias, que quedaron sorprendidos al ver a dos hombres, hechos y derechos, sobre todo, felices, porque se escudaban con orgullo tras un tambor y una trompeta. Los paseantes, los vecinos o cuantos ocupaban aquella terraza del bar, miraban al gran ventanal sin cortinas, buscaban nuestro molesto, improvisado y liberador concierto.

En el cielo, pese a la luz artificial y tocando los dientes de la torre mudéjar, la tajada radiante de la luna iluminó la habitación de mi suspiro: un suspiro hondo y sonoro que no he vuelto a tener. Más tarde, las últimas horas de aquel día en libertad. Sin frío ni temor. Dos profesionales jóvenes, responsables y hasta padres de familia. Y llenamos un tiempo de bien conservadas inconsciencias con los sencillos y atronadores instrumentos: tambor y trompeta, para permanecer en tan insólita y casi palpable libertad.

Después, pasado el tiempo, he alzado mis ojos cualquier noche de otro día y he visto los corros de poetas. Hacen lo mismo: son conscientes del asidero que poseen: sus versos a ordenador o a lápiz, a veces sin sentido o con un aire de locura y reconocida ignorancia o consuelo. Versos que fluyen una noche, igual que aquella de la trompeta y el tambor, en torno al campanario, por el delirio o por la fe, y que, lo mismo que nosotros, desaparecen sin más.

* Profesor

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