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Cosas

El niño

Miguel Ranchal Miguel Ranchal
21/03/2017

 

Nada de conspiraciones hegelianas. Los humanos somos demasiados complicados en nuestra simplicidad para encima pretender zamparnos todo el pastel del azar. Dejemos pues, pese a nuestras suspicacias, que la casualidad campe entre tanta causalidad. Y dentro de esas desconfianzas sibilinas, la Historia siempre es un criadero inagotable. La señora May está a punto de invocar el artículo 50 del Tratado de Lisboa e iniciar con ello el enésimo aislamiento del Continente según el Evangelio de los Británicos. Y he ahí que, desde un tiempo a esta parte, mediáticamente en Europa Darwin cotiza a la baja en favor de Humboldt, alemán por más señas. Alexander von Humboldt no se etiqueta como humanista en primer lugar porque esa categorización se la reservan los colosos del Cinquecento italiano. Y la aproximación de naturalista se queda corta por la heterogeneidad de sus aportaciones científicas. Pero quiere Alemania que este poliédrico Ilustrado, a caballo entre Mendel y el Capitán Cook, sea algo más que el Juan Bautista del evolucionismo.

Humboldt se carteó con nuestro José Celestino Mutis y coqueteó con toda la borbolla de los Libertadores americanos. Vamos, el yerno perfecto para cualquier madre, aunque esa ambivalencia le saliese cara a la Madre Patria. Pero con todos sus pinitos cartográficos y botánicos, la conexión de sentido primaria de don Alejandro se asocia con una corriente pacífica del Pacífico que es clínica y cínica para evidenciar nuestras impotencias. El Niño debe su nombre a su tormentosa irrupción en los días de Navidad, ciclos pasmosos y temerarios que evidencian nuestras desidias con las calamidades. Técnicamente, los alisios del Pacífico soplan de este a oeste, y como la cota del mar es mayor en las costas asiáticas y de Oceanía, las aguas habitualmente están más frías en el litoral sudamericano. Ello supone un gran caladero de anchoas y otras riquezas del mar, hasta que la bolsa de aire caliente se desplaza al Pacífico central y las inundaciones arrasan sobre el Perú y todas las gárgolas de los Andes.

El Niño es la reminiscencia de aquella geografía del Bachillerato, el triunfo de aquellas viejas lecciones que competían con las teorías maltusianas y con la eterna pregunta de cuánto durará el petróleo. El Niño es la constatación de que la racionalidad teutona irrumpe nuevamente al rescate, como esa descendencia germana que ha contribuido al empuje chileno. Humboldt quiere taponar la visión que se llevó Darwin en su viaje en el Beagle, con un Perú enfrentado en una guerra fratricida no más conseguida su independencia de España. El Niño ha irrumpido con fuerza después de dejar atrás los tiempos de Fujimori y del líder de Sendero Luminoso encarcelado como un Golfo Apandador. Este es el tiempo de la eclosión del ceviche, y de una economía puntera que es fagocitada por las torronteras de los barrancos. El Niño es la metáfora de que todo sigue igual, que los salvíficos bancos de peces, o las plagas trasladadas desde Egipto a los farallones y al guano de Atahualpa dependen de una matemática providencia. Y si fuera poco el cartesianismo de los elementos, nos bastamos para aventar el desastre.

* Abogado

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