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Cielo abierto

La memoria incómoda

«Alejandro Ruiz-Huerta no sólo ha recordado por él mismo, sino por sus amigos perdidos»

 

La memoria es una identidad. Puede ser un sustrato por acumulación, se puede ir agolpando en una sucesión de fotogramas más o menos restallantes en la fiebre dormida, en el sueño sin alas, como capas que van dulcemente sumándose, elevándose unas sobre otras, tapándose entre sí, como si el único fin de existir fuera ir quemando los niveles de percepción de la realidad que poco antes hemos ido levantando, para olvidarlos después, y que luego nos quede apenas un letargo de lo que se vivió. Incluso en ese caso, se suelen imponer unos sobre otros: siempre son unas imágenes, unos sonidos y unas formas las que acuden con fuerza a la retina cuando volvemos a escuchar el nombre de una ciudad, si vemos un paisaje o si volvemos a descubrir, entre la multitud, el rostro que una vez fue un protagonista sobre nuestro escenario. Digamos que esta memoria no es que sea casual, pero se va generando, lo queramos o no, con la lenta costumbre de vivir, como cuando reconocemos apenas una estrofa de una canción, aunque haga muchos años que no la hemos vuelto a oír -entonces el efecto se potencia: a más tiempo, mucha mayor intensidad- y nos decimos: yo estaba en aquel sitio, y en esa compañía, yo entonces era otra, yo entonces era otro; y nos preguntamos cuánto de nosotros mismos ha sobrevivido tras el viaje que nos ha llevado a este preciso momento, en el que recordamos que antes de convertirnos en esta acumulación, éramos vírgenes.

Sin embargo, también hay otro tipo de memoria: la que, una vez generada, una vez producida, se va cuidando dentro, se va acogiendo igual que se protege a un hijo, como escribe Ana Castro del dolor en su espléndido primer libro de poemas. Así la memoria, como el dolor -cuánto dolor puede haber, también, en la memoria- se va asumiendo, y se va resguardando, cincelándose con un buril de vida, con una lentitud porosa de tejidos que se van recortando, puliendo y amoldando con nuestro presente. Porque claro: ya no somos los mismos, pero podemos ir viviendo con el recuerdo puro de los que una vez fuimos. Cuáles fueron nuestros anhelos, nuestros sueños despiertos, cuál fue la cadencia de la respiración briosa sobre un cuerpo, cuál su olor dormido, qué libros leímos y qué buscamos en ellos. Por qué Paul Éluard pudo darnos, en apenas un verso, una clave ética y vital con la que refundirnos, con la que poder seguir viviendo. «i el eco de su voz se debilita, pereceremos», escribió el poeta. En esto consiste, más o menos, esta otra memoria: la esculpida, la escogida, la memoria tenaz que se convierte en una decisión, en una argamasa muchas veces dolorosa –el cuadro del dolor- con la que cimentar el edificio de nuestra propia vida, el cuerpo de las horas, toda su identidad.

Esto último es lo que ha hecho Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell en su libro La memoria incómoda, presentado estos días en la Feria del Libro de Córdoba. Publicado por primera vez en 2002, ha sido reeditado -en una versión corregida y ampliada- por Utopía Libros, bajo el diligente y detallista cuidado del editor Ricardo González. Alejandro Ruiz-Huerta, profesor de Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de Córdoba, ha sido muchas cosas en la vida; pero, fundamentalmente, ha sido un hombre de izquierdas, un hombre de derecho y un escritor. ¿Qué ha unido todo esto, cuál ha sido la vía de conexión de estas tres vertientes superpuestas? La memoria. Su memoria. La memoria incómoda. Incómoda para muchos de los que vivieron aquellos días de enero de 1977, y para los que se convirtieron en cómplices de aquel olvido, de aquel primer silencio. También para él mismo, para su portador, para el guardián de aquel testimonio, de todo ese recuerdo: porque hay puertas que conviene dejar cerradas para seguir viviendo y Alejandro, sin embargo, ha decidido mantener todas las ventanas de su memoria abiertas, y hacer así su vida. Y porque Alejandro, en este hermoso libro, no sólo ha recordado por él mismo, sino, también, por sus amigos perdidos.

El detonante de esta escritura fue la noche del 24 de enero de 1977, cuando un grupo de pistoleros de extrema derecha asaltó el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha, número 55. Dispararon contra los ocho compañeros de Alejandro, que, con cuatro impactos de bala en la pierna derecha, sobrevivió para contarlo. Su memoria, custodiada todo este tiempo, es duelo y testimonio, con tensión poética. Este libro es la vida que hoy regresa, 40 años después, con idéntica verdad y la intacta belleza al encuentro de un hombre.

* Escritor

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