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La UE, una cuestión nacional

Maastricht 25 años después: UE contra Europa

 

Maastricht 25 años después: UE contra Europa -

La verdad y la política no siempre coinciden, y a veces acaban chocando y enfrentándose entre sí. En el 25 aniversario de Tratado de Maastricht vuelve a aflorar esta contradicción, en este caso como resultado de la falta de un debate serio y riguroso a lo largo de este tiempo. Fue en aquel entonces Izquierda Unida la que inició el debate, aludiendo a las consecuencias que tendría para nuestra patria el ingreso en la Unión Económica y Monetaria europea (el meollo de dicho Tratado). Particularmente, se apuntaba a cómo afectaría a nuestro débil e incompleto Estado social; a sus consecuencias sobre las condiciones de trabajo, los salarios, los derechos laborales y sindicales; y, sobre todo, al tipo de democracia y Estado que iba a surgir tras la pérdida de soberanía monetaria y la falta de una política fiscal común. La conclusión era clara: aprobar el Tratado de Maastricht significaba consagrar los postulados neoliberales y asumir la imposibilidad de realizar políticas realmente de izquierda en nuestro país. Lo que vino después es conocido: el debate fue sustituido por la propaganda, IU fue brutalmente descalificada y su coordinador convertido en un anacrónico representante de una política vieja y sin norte.

A veinticinco años vista, se confirman las previsiones realizadas por el partido dirigido por Julio Anguita, aunque se quedaron algo cortas. Primero, el neoliberalismo --a través de los diversos tratados-- ha sido constitucionalizado, imponiéndose sobre las constituciones vigentes y la soberanía popular de cada país. En segundo lugar, el Estado social ha sido sistemáticamente desmontado, sobre todo en los países del Sur. En tercer lugar, como se dijo y se repitió hasta la saciedad hace 25 años, la UE ha devenido en un espacio económico social polarizado entre unos países centrales organizados en torno a una todopoderosa Alemania y a una periferia económicamente dependiente y políticamente subalterna. Para decirlo de otra forma, los países del Sur se han ido convirtiendo en «protectorados» de unos Estados-acreedores, incapacitados y sin soberanía real.

Todo ello tiene mucho que ver con algo que se dijo hace 25 años y que hoy se repite una y otra vez: la heterogeneidad económica de la zona euro. Se trataba de países con niveles de desarrollo diferentes, en productividad, legislaciones sociales y laborales distintas y sistemas fiscales singulares. Para ajustarse al mercado europeo, estos podían devaluar sus monedas y propiciar políticas económicas que asegurasen el pleno empleo y la defensa del Estado de bienestar. Así pues, la moneda única significaba que los ajustes se harían ahora directamente en le economía real, lo que implicaría caídas de salarios, incrementos del desempleo y disminución de las prestaciones del Estado social. Se insistió en ello hace 25 años y la experiencia de 2007 y 2008 lo demostró: los países del sur de Europa y específicamente España fueron sometidos a devaluaciones salariales y de precios permanentes, de facto la única forma para competir en una Europa organizada y dirigida por el Estado alemán.

En el centro de esta asimetría, el euro. En la actual UE, el euro es un sistema que engarza un todopoderoso e independiente Banco Central Europeo y un conjunto de políticas que impiden financiarse a los Estados directamente, como sí pueden hacer los bancos y las grandes empresas. El pecado original del euro --y lo que lo convierte en una moneda débil y en peligro permanente-- es ser una moneda sin Estado detrás, es decir, la falta de un poder político real en la zona Euro que unifique una fiscalidad y unos derechos sociales y sindicales similares, incluida la seguridad social. Tampoco hay unos mecanismos reales que transfieran renta y riqueza de los países del norte a los países del sur; lo que supondría que Alemania traspasase del 7 al 10% de su PIB a los países del sur y a las zonas más pobres de la Unión.

Por todo ello, no resulta extraño que esta UE se haya convertido en una máquina de producir populismos de derechas, xenofobia y racismo. O que la socialdemocracia se encuentre en todas partes en crisis. La animadversión a la política y a la UE se extiende a una clase política unificada --la derecha y la socialdemocracia--, sólidamente alineada con los poderes económicos y mediáticos, defensora del programa neoliberal y cada vez más subalterna a los intereses de los EEUU. Todos saben que esta UE no es sostenible social, política y culturalmente; y que no es reformable. Se está construyendo una Europa no europea, que no respeta los Estados nacionales ni la soberanía popular, que restringe derechos y libertades conquistados tras dos guerras mundiales y decenas de años de luchas sociales extremadamente duras y que nos condena al enfrentamiento entre una Europa rica y otra en proceso de subdesarrollo económico y social. Esta es la UE, la que nos impide ser un sujeto autónomo en un mundo que cambia aceleradamente.

* Diputado por Córdoba. Miembro del Colectivo Prometeo

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