ANTONIO RODRIGUEZ ANTONIO RODRIGUEZ 27/03/2003

Hoy, día 27, se conmemora el "Día Mundial del Teatro". Uno de los días más importantes en el calendario de evocaciones y recuerdos a los que tan proclive, y sensibilizada con ellos, está la sociedad actual.

El diccionario de la Lengua Española, de la RAE, dice definiendo el teatro, en su quinta acepción: "Conjunto de todas las producciones dramáticas de un pueblo, de una época o de un autor". Los ciudadanos como pueblo, la época como periodo o etapa y el autor como causa o inventor de situaciones, conforman y sustantivan la espina dorsal del teatro que se realiza como inductor de exigencias sociales y valoraciones (a veces incomprendidas) de los aspectos humanos de los que el teatro propiamente se nutre. Las perspectivas comerciales o de marketing, las interaccionistas y las de cambio social que el teatro aborda, comprometiéndose con ellas, responden, igualmente, a unos supuestos valorativos, a unos enfoques y a unos arquetipos conceptuales que se proyectan a la sociedad como entretenimiento, como institución social, como vehículos publicitario, como terapia grupal, como oposición política y como creación comunicativa.

A partir de aquí, más que ninguna otra disciplina literaria, el teatro es "propiedad" de la vida de un pueblo; más que otras destrezas o habilidades, es un arte "puro" y de absoluta participación. Por tanto, el teatro lo escribe, lo escenifica y lo utiliza el mismo pueblo que se da y se sirve de sus representaciones.

Hoy quizás sea la función social del teatro la que más apetencias abre en la sociedad expectante que se mira en el teatro --en su teatro-- como en un espejo. Una función que, además de cultural, indica la necesidad de salir fuera del propio recinto interpretativo, trasladándose a las plazas, a las calles, a los barrios y a los "aires libres" donde los escenarios son más reales, familiares y hogareños.

Hace días, el teatro se trasladó, a través de los actores protagonistas, al recinto majestuoso donde reside la soberanía popular. Aquello supuso una forma arlequinada y mimosa de la transmisión de un sentimiento que nadie mejor que el teatro es capaz de difundirlo. Por eso hirió: porque ese "No a la guerra" --no a las guerras, a todas las guerras-- estaba preñado de credibilidad, se erigía como idealizada doctrina, transportada por la sociabilidad del actor que, en sí mismo, es pueblo vivo, ingenioso, fogoso y diligente. Y esto, los mandamases, no suelen digerirlo sin el bicarbonato descalificativo del trágala porque a la fuerza ahorcan.

El peso específico del teatro está intacto, su mensaje íntegro y las funciones que irradia transcurren por la senda vocacional de quien lo escribe y de quienes interpretan sus textos. El teatro, sin servidumbres interesadas, prevalecerá por los siglos de los siglos.

Como espectadores, viendo las funciones del teatro, se acierta con la mejor de las opciones para el ejercicio de una libertad que, según los tiempos que corren, tendrá que ser reconquistada.

El teatro es, ha sido y será, un arma con "alma" consistente, fortalecida en la tarea innegociable de culturalización de los pueblos, que es la mejor forma, la fantástica, de alcanzar la siempre deseada independencia, productora de la libertad que, por definición siempre será susceptible de reivindicar. Cuando en el teatro brilla la sociedad que lo representa, es cuando el teatro alcanza su mayor cota de libertad. Por eso digo, que en el teatro la libertad será la eterna redimida, la perpetua rescatada e infinita recuperada.

En este Día Mundial del Teatro hay que hacer votos, sobre todo, por su libertad que supone, ni más ni menos, que el teatro sea ejemplo, y espejo, de la sociedad a la que representa comunicándole sensaciones, pensamientos y reflexiones que, a través de sus textos, utilizan los diálogos y las situaciones. El teatro siempre ayudó, ayuda y ayudará. Sin duda alguna.

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