JOSE COBOS RUIZ DE ADANA JOSE COBOS RUIZ DE ADANA 31/07/2004

Se equivoca la Iglesia Católica española en su nueva cruzada emprendida contra la previsible legislación de otros modelos de familia. Me resulta incomprensible que a las alturas en que nos encontramos nuestro episcopado difunda declaraciones como la llevada a cabo la pasada semana "a favor del verdadero matrimonio" y en detrimento de otras opciones que próximamente se llevarán a cabo, como son las bodas gays. No acierto a comprender la ingerencia de los mitrados en los asuntos parlamentarios, al negarse a que se trate por los legisladores españoles de igual manera a las uniones entre personas del mismo sexo con el matrimonio tradicional heterosexual. Y ello lo hacen a sabiendas de las críticas que iban a recibir, ya que los españoles aprueban con toda normalidad tales uniones. Un 66,2 % de nuestros conciudadanos las asumen, siendo un 67,7 los que entienden que las parejas de homosexuales deben tener los mismos derechos que las de heterosexuales. De cualquier forma aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar la igualdad, al ser tres de cada diez encuestados los que consideran como un problema grave que su hijo/a mantengan relaciones con personas de su mismo sexo.

No cabe duda de que la Iglesia Católica está en su perfecto derecho de opinar. De hecho el Papa dio un tirón de orejas por este tema al embajador de España ante la Santa Sede, Jorge Dezcallar, atenuado posteriormente en la audiencia del Pontífice al presidente del Gobierno. Esta institución hace bien en denunciar cuanto a ella le parezca mal en asuntos de fe, dogma, costumbres o moral, como sería el caso. De igual manera el arzobispo de Santiago, Julián Barrio, está en su derecho de criticar los matrimonios gays. Llamar a la conciencia de sus fieles se encuentra entre sus cometidos. Otra cosa diferente es que éstos le hagan o no caso, sobre todo al conocer el ejemplo y la hipocresía de algunos de sus pastores en lo concerniente a la conducta sexual. Pero una cosa es eso y otra olvidar que en un país laico como el nuestro las leyes las hace el poder civil elegido por los ciudadanos democráticamente en las urnas. El Parlamento tiene el mismo derecho a legislar y regular el matrimonio entre personas del mismo sexo. Me parecería bien que la Iglesia en su seno, y de acuerdo con su legislación, no admita este tipo de uniones; pero al menos sí que debería respetar que exista en nuestro país un poder político con la suficiente sensibilidad social como para querer tratar con igualdad a todos sus ciudadanos.

De cualquier forma, nuestros prelados tal vez olviden también que las pautas humanas de apareamiento muestran en el tiempo y en el espacio una enorme diversidad. Y aunque en todo el planeta se dé algo similar a lo que nosotros llamamos matrimonio, es difícil especificar tal esencia conductual y mental de la relación marital. Existen culturas donde se dan matrimonios hombre-hombre, mujer-mujer, padre femenino y sin hijos, matrimonios entre hermanos o bien matrimonios con más de una esposa o marido al mismo tiempo. En Dahomey las mujeres se casan con mujeres. Y esto es posible porque una mujer, que por lo general ya está casada con un hombre, paga el precio de la novia, convirtiéndose así en "marido femenino". Toda una familia permite que sus "esposas" queden embarazadas mediante relaciones con varones asignados, quedando su prole bajo control del padre femenino en lugar del de sus progenitores biológicos. De igual manera en Kwakiutl un hombre para adquirir los privilegios de un jefe puede casarse con su heredero varón. Si el jefe no tiene herederos podría casarse con el lado derecho o izquierdo del propio jefe o bien con alguna de sus piernas o de sus brazos. De igual modo en la cultura euroamericana se califica de matrimonio a cuantas relaciones estables se dan entre varones o mujeres homosexuales que residan juntos. De ahí que los antropólogos nos resistamos cada vez más a estigmatizar las uniones hombre-hombre o mujer-mujer o las instituciones nayar o matrifocales, afirmando que no se trata de auténticos matrimonios.

No sé si la solución sería definir a éstos como la conducta o sentimiento y regla que se refiere al apareamiento entre compañeros corresidentes heterosexuales y a la regulación de contextos domésticos, aunque para no ofender a nadie, las demás relaciones puedan y deban definirse también mediante cualquier otra nomenclatura que demuestre ser apropiada. Está claro que estas uniones hacen que tengan implicaciones diversas, ya sea económicas, demográficas o bien ideológicas. Por tanto, como afirma Harris, nada se gana diciendo si son o no un verdadero matrimonio, tal y como viene planteando la propia Iglesia Católica.

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