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LOS HIJOS DE LA GRAN BRETAÑA

RAFAEL Martínez Sierra
25/08/2012

 

No sé si fue por la zurra que le dieron a la armada invencible, a pesar de que Felipe II le echara la culpa a los rayos y las centellas, o porque la Reina Isabel I de Inglaterra armara caballero ¿también de virilidad? a Sir Drake, dándole patente de corso para abordar nuestras naves y arrasar nuestros Mercadonas. Los ingleses se llevaron hasta las vacas para darle de comer a sus piratas, o lo que fue peor, en Canarias, raptaban a los guanches para venderlos como esclavos.

Para no volver de vacío de nuestras provincias de ultramar se traían el oro, la plata y otras fruslerías. También trajeron la sífilis, aunque otros dicen que la llevaron, o sea, que en la transmisión de la enfermedad jugaron un papel importante aunque ellos le echaron la culpa a los franceses.

Tampoco se nos dijo que fuera porque nos quitaran el peñón de Gibraltar. El hecho es que motivos tenían de sobra para que nuestros preceptores nos indujeran a vituperarlos y permitir contra ellos la única manifestación sindical (SEU) del franquismo que no conllevaba la pena del garrote vil. Al grito de ¡Gibraltar español! e insultos metafóricos como el del título de este relato, o explícitos como el citado por Galdós: "Que es la Inglaterra, esa puerca, ya lo sabe usted, a quien dan el mote de la pérfida Albión", atravesábamos Granada e íbamos a la casa del cónsul a tirarle naranjas al canario. En el balcón de su casita de la Alhambra, tenían el pajarito enjaulado y nuestro objetivo era darle a la jaula para que se escapara. Al pájaro no lo liberamos, pero la fachada se la poníamos con más lunares que los de la Lola de España.

Nunca nos enseñaron que tuvieran virtudes u otros méritos. Oyendo El Tamborilero le dije a mi padre:

--Este villancico te emociona y es Inglés, de Katherine Davis.

--Jamás los ingleses tendrán esa sensibilidad, respondió con contundencia. Mi padre, como todos los españoles, tenía su prejuicio inamovible pero aquella vez acertó: el arreglo, de una canción popular checa, era americano.

En silencio nos entusiasmaban los Beatles, pero la prensa y el Régimen los recibían de uñas. Tenían miedo de que los revolucionarios del flequillo formaran aglomeraciones, pero, ajenos a cuestiones políticas, John, Paul, Ringo y George venían a disfrutar de tres días de folclore en el que veían como un país de lidia y castañuelas. O sea, que si nosotros repudiábamos a los ingleses, ellos nos ridiculizaban, por lo que se potenciaba la anglofobia.

Lo más que nos contaron de Shakespeare fue que sabía poco latín y menos griego y que su mayor logro fue haber muerto el día que lo hizo Cervantes; cosa imposible pues aquí tenían el calendario gregoriano y ellos el juliano. Y es que tienen que llevar la contraria: por no tragar con el sistema decimal, un error de conversión de millas británicas a kilómetros, la sonda Mars Polar Lander que la NASA mandó a Marte fue a parar a casa de Pepeleches.

Ni mi admiración por Darwin y la selección natural, o por Dale (las células nerviosas se comunican por sustancias químicas) ni por ser editores de la revista de mayor prestigio de mi especialidad, British Journal of Pharmacology , que tanto orgullo me ha producido cuando han publicado mis artículos científicos, han conseguido desmoronar la idea de que son personas o hechos aislados y que no podemos dejar el catalejo ni el ojo avizor por si aparecen de nuevo sus galeones a por nuestras doncellas.

No me habría despertado ningún interés la inauguración de los juegos olímpicos de Londres a no ser por el reportaje que vi días precedentes. El montaje de esas mega estructuras eran sostenibles. Desde las gradas de los estadios que son desmontables a instalaciones completas para llevarlas a Río en los próximos juegos.

Estos ingleses saben más que nosotros para hacer éstas cosas. Aquí ponemos primeras piedras que nunca verán la última o habilitamos enormes salones para los esquíes en la facultad de Medicina de Las Palmas porque el proyecto elegido, sin adaptarlo, era el mismo que sirvió para hacer la de Uppsala en Suecia.

Y empezó el espectáculo grandioso, original, imaginativo, de auto complacencia, sí, y luciendo escandalosamente su ombligo también ¿Y dónde esta aquí la pérfida Albión me preguntaba?

En el centro del apabullante circo se proyectó la enorme ecografía de un feto humano intra útero. Fue el homenaje al no-nato más asombroso jamás conocido y es el país con mayor permisividad al aborto. Con emoción cantaron a la libertad, cuando es el reino con más colonias del planeta. Hicieron una hermosísima apología a la paz y supervivencia de las palomas mientras la bandera olímpica la izaban y arriaban las fuerzas armadas de su Majestad. Contradicciones, antinomias; la esencia de su personalidad y carácter. Doscientos cuatro pebeteros como síntesis de su discurso proclamaron a la humanidad que ellos irán juntos, pero no revueltos. Es individualismo más que insolidaridad, la insularidad que conlleva endogamia intelectual y rechaza como agresivo lo exógeno.

No lancen más naranjas al canario ni reivindiquen Malvinas o Gibraltares, que Isabel II (ni Lady Di la hizo tambalearse) los defenderá con trabucos y floretes. Y ese mensaje lo rubricó James Bond con el formidable corte de mangas que nos hizo tirando a la reina desde el helicóptero. Y es que Chesterton, el Príncipe de la Paradoja , también era un hijo de la Gran Bretaña.

* Catedrático Emérito de Medicina. UCO

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