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BRISAS M. PIEDRAHITA

FORMACION UNIVERSITARIA

 

18/10/2003

Bullen los campus universitarios con las nuevas hornadas de ex bachilleres. Ya están acomodados en sus respectivas facultades, que en muchos casos quizá no cuadran con sus ilusiones y vocaciones. La implacable nota media fue tajante. Más aun lo es, por ejemplo, en Alemania. Para acceder a la universidad hay que superar una criba previa que da paso al bachillerato superior. Aquellos que no lo logran, que son muchos, encarrilan su vocación hacia la formación profesional. No hay desmérito en ello ni supone complejo alguno para los padres. Me decía un alto funcionario del gobierno alemán, "mi hijo está encantado con ser electricista y mi hija que estudia Derecho va para diplomática". Aunque aquí ya están cambiando las cosas, aún quedan padres que prefieren un hijo picapleitos, sin mucho porvenir, que un buen fontanero o un excelente administrativo. Pero es que, además, muchos bachilleres apenas demostraron durante sus estudios vocación por algo. El ambiente no contribuye a ello. Se estudia para aprobar pero no para aprender. Llegan a la universidad para lograr un título y aspirar a una buena colocación al margen de la vocación. "¿Humanidades? Y eso para que sirve", es la frase del padre ante la vocación filial. Es la lógica en este mundo competitivo. Muchos de los alumnos que yo tuve en Ciencias de la Información confundían la universidad con la Formación Profesional. Entre otras cosas, querían que les enseñásemos la manera de llegar a ser presentador o presentadora de un programa televisivo de mucha audiencia. Esa era su meta. Lo de formarse en la lectura, en la reflexión, en el estudio de la historia, de la filosofía, de la comunicación, son rollos macabeos. Hay que aprobar, eso sí; pero de saber, lo justo. La verdadera vocación, o no se tiene o es muy difícil ponerla en práctica. La fama se fundamenta en aspectos mediáticos. Es cierto ese dicho de que quien no sale en televisión no existe. Impera lo superficial disfrazado de genialidad. La audacia en lo banal se impone a la humildad en el hondo saber. Es lo que diferencia a un verdadero universitario de un "hombre de mundo".

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