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ANTONIO Gil ANTONIO Gil 21/12/2007

Una joven esperaba el embarque de su vuelo en un gran aeropuerto. Como tenía una larga espera ante sí, decidió comprarse un buen libro y también se compró un paquete de galletas. Se sentó lo más cómodamente que pudo, y se puso a leer tranquilamente, dispuesta a pasar un buen rato de descanso. Al lado de su asiento, donde se encontraba el paquete de galletas, un hombre abrió una revista y se puso a leer. Cuando ella cogió la primera galleta, el hombre también cogió una. Ella se sintió irritada por este comportamiento, pero no dijo nada, contentándose con pensar: "¡Qué cara dura!". Cada vez que ella cogía una galleta, el hombre hacía lo mismo. Ella se iba enfadando cada vez más, pero no quería dar un espectáculo. Cuando sólo quedaba una galleta, pensó: "Y ahora, ¿qué va a hacer este imbécil?". El hombre cogió la última galleta, la partió en dos y le dio la mitad. Bueno, esto ya era demasiado. ¡Ella estaba muy enfadada! En un arranque de genio, cogió su libro y sus cosas, y salió disparada hacia la sala de embarque. Cuando se sentó en su asiento del avión, abrió su bolso, descubriendo su paquete de galletas intacto y cerrado. ¡Se sintió mal! No comprendía cómo había podido equivocarse... Había olvidado que guardó su paquete de galletas en su bolso. El hombre había compartido con ella sus galletas, sin ningún problema, sin rencor, sin explicación de ningún tipo, mientras ella se había enfadado tanto, pensando que había tenido que compartir galletas con él... Y ahora, ya, no tenía ninguna posibilidad de explicarse ni de pedir excusas. Todos podemos vivir escenas parecidas a las de la chica de esta pequeña fábula. Y lo peor de todo es que no caemos en la cuenta de que hay cosas que no podemos recuperar. Estemos siempre atentos.

* Periodista

 


 

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