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Diario Córdoba | Miércoles, 3 de septiembre de 2014 - Edición impresa

FRANCISCO FRANCISCO 15/11/2003

Nuestro mundo, nuestras sociedades, nosotros, seres humanos -mujeres y hombres- se hallan y nos encontramos hambrientos de tolerancia, y desnutridos no sólo por carencias de ella, sino por la esencialidad de este principio ético, que significa la supremacía del valor de las personas y de su dignidad, que consiste en el respeto y el aprecio de la diversidad, que es sustancia proteica, nutriente, de la democracia, la convivencia y el ejercicio de los derechos humanos.

Su contrario, la intolerancia, raíz de los graves problemas de terrorismo, guerras, violencia de género, no erradicación de la pena de muerte, xenofobia, racismo, discriminaciones, exclusión social y pobreza que aquejan a la humanidad, despliega cada segundo su malignidad, hiriéndonos aunque no la suframos, y nos lanza una interpelación nítida, comprometiéndonos.

Es una llamada ineludible, a pesar de que los oídos pueden cerrarse a la espalda del mundo. Esa que incluso mientras calla o la silencian, grita en Irak, Palestina, Africa, Latinoamérica, Asia... Que desde focos más próximos no deja tampoco de invocarnos. Le ponen rostro las mujeres asesinadas por la violencia de género o la figura de Lucrecia Pérez, víctima de la xenofobia neonazi. Y busca que nadie mire hacia otro lado cuando existen agresiones en cualquier ámbito, o se usan palabras que reproducen prejuicios y atentan a la dignidad humana: las manifestaciones de homofobia, por ejemplo.

Por todo ello, para el 16 noviembre, Día de la Tolerancia, reflexionar y comprometerse, compartir puntos de vista y propuestas, es una necesidad que siento y sentimos en nuestra entraña común de ciudadanos y miembros de la familia humana. Y a ésta he de añadir la perspectiva institucional, de la Diputación de Córdoba, y su invitación a la acción comprometida.

Pero antes de formular una ética de la tolerancia, hay que poner en claro que este valor nunca debe ser entendido como indiferencia, tampoco interpretarse como debilidad de convicciones propias, y requiere, a su vez, ser intransigentes con la violencia, el fanatismo y la violación de los derechos humanos. Y tengo que revalidar, sobre todo, que la convicción de que el progreso es y tiene que ser una constante en la historia de la humanidad es una fuerza más poderosa que la intolerancia.

En nuestro tiempo, en la era de la globalización y tras los atentados terroristas del 11-S, a la ética de la tolerancia se le presentan formidables desafíos. Están ahí la estrategia perversa de división, belicismo y guerra preventiva; cuanto nutre la discordia e influye para que se cumplan las profecías del choque de civilizaciones, así como la necesidad de gestionar adecuadamente la inmigración, favorecer el diálogo entre religiones y desactivar las tendencias que criminalizan determinadas confesiones, empezando por la islámica.

Más cerca de nosotros debemos atender al contexto de exigencia y valores cívicos del 25 aniversario de nuestra Constitución, así como a los efectos y las semillas de intolerancia que padece la sociedad española.

Hambrientos de tolerancia, desnutridos y heridos si este valor no fructifica en su práctica, estoy convencido de que tenemos que apostar y comprometernos efectivamente a favor de:

1. Una ética cívica universal, pues urge un territorio común para la tolerancia. La globalización alternativa exige, pues, instrumentos a escala mundial y local donde consensuar y guiarse por esta ética nueva.

2. Reivindicar el diálogo, un verdadero diálogo, porque han sido destruidos demasiados elementos que lo posibilitan. Este ha sido pervertido, al encerrar las palabras en cárceles del totalitarismo, el frentismo, la manipulación, de la no escucha.

3. Crear marcos de convivencia y erradicar la exclusión. Asistimos a una realidad global, las nuevas tecnologías permiten una comunicación sin precedentes. Pero, como contrapartida, la humanidad no ha invertido lo suficiente en lugares de encuentro. Los barrios del bienestar viven de espaldas a las zonas de marginación; el inmigrante está a nuestro lado, pero desconocemos su realidad.

4. Reforzar la educación para la tolerancia. Un impulso a la educación en valores que supuso la Logse. Un trabajo continuado con la sociedad, para que tenga las mejores herramientas con que vencer al virus de la intolerancia, del pasotismo y la insolidaridad. Y un compromiso serio contra la telebasura, puesto que mensajes de desprecio o tono violento ayudan a la réplica de estas actitudes, parecen otorgarles la categoría de aceptables e imitables.

Sirva el 16 de noviembre para construir una sociedad mejor con los pilares de la tolerancia, con su ética y su práctica. Ejerzámosla en la vida cotidiana, comprendiéndonos, "que prenderse o tomarse mutuamente", escribió Miguel de Unamuno, "es convivir".

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