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Para ti, para mí

Duerme, mi amor

 

Antonio Gil Antonio Gil
29/12/2017

C on su natural claridad ante lo que no va bien, el papa Francisco acaba de denunciar que «en nuestros días, y especialmente en Europa, estamos asistiendo a una especie de «desnaturalización de la Navidad». En la última audiencia general del año, Francisco recordó que «el verdadero sentido de estas fiestas se encuentra en Jesús. Él es quien da sentido a todo lo que celebramos. Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad? Una fiesta vacía. ¡No quitéis a Jesús de la Navidad! ¡Jesús es el centro». Dejemos caer la mirada en el pasado y recordemos a aquellos frailes juglares de la Edad Media que iban de pueblo en pueblo como trovadores de historias religiosas. Uno de ellos confesaba que Dios le había sugerido en una visión: «Monje, no me gusta que estés encerrado en el claustro, prefiero el canto y la risa, porque aprovecha más al mundo». Franco Suitner ha recogido aquellas historias en un libro titulado Poetas de sayal. Y uno de ellos describe con ingenuo frescor el cuadro del Nacimiento de Jesús, poniéndolo ante nuestros ojos: «Y vemos al Niño pataleando entre el heno / con los brazos desnudos, sin preocuparse del frío; / la Madre lo arropaba con gran ternura; / mecía al Niño su Madre: / Duerme, mi amor, qué ricura. / Quién pudiese ver un Niño tan dulce... Es el mejor rey, jamás nacido, / dulce Niño de santa María». Siglos después, un ateo como Sartre nos dejará un delicioso y parecido retrato en su drama Bariona, el hijo del trueno (1940), que describe la sensaciones de María al mirar la carita de su recién nacido y descubre asombrada: «Es Dios, pero ¡se me parece!». La ingenuidad de los sentimientos que aquel antiguo poeta de sayal nos propone es una invitación a recobrar un pedazo de inocencia, una especie de rendija del cielo entre los nubarrones de una vida adulta maliciada y maliciosa. ¡Qué pena, ahora, con tantos siglos y con tanta historia en nuestras vidas, relegar, olvidar y malinterpretar la gran noticia de todos los tiempos! ¡Es la soberbia del hombre contemporáneo que pretende pisotear la historia y la ciencia, en un alarde de la «nueva cultura» de la posverdad!.

* Sacerdote y periodista

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