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Al paso

Centella de Toro

 

Muchas veces, desde posiciones populistas criticamos a la sociedad de libre mercado bajo el argumento de que los ricos se aprovechan de los pobres. No cabe duda de que ello existe y que son ciertas algunas prerrogativas que tienen algunos por el menor hecho de ser hijos y nietos de aquellos que tuvieron la sartén por el mango; sus grandes herencias le permitieron nacer con la vida resuelta. Pero eso, en medio de un acceso a la educación universal, para nada es una regla general; lo que pasa es que es muy arbitrario el resentimiento del que critica: no solo por el éxito del otro, sino también por la frustración que le provoca su propia pasividad al preferir estar tumbado en el sofá con la Play a labrándose un futuro; entonces vienen las subestimaciones. Por ejemplo, el menor hecho de ver a un juez y su poder, les provoca la sensación de que estamos ante el máximo ejemplo de esa sociedad estirada. Pero esa conclusión es una mezcla de envidia e ignorancia porque detrás de cada juez lo que hay es una historia de durísimo sacrificio y renuncias continuas; tanto, que a veces llegan a la auto-anulación como personas sociales durante los años que dura el estudio para superar esa terrible oposición que los amenaza incluso con dejar psicológicamente tocados. Los jueces no tienen nada que ver con esa sociedad pija. Porque no son personas privilegiadas por la cara sino prestigiadas por sí mismas. Lola De Toro y Antonio Muñoz Centella son dos abogados laboralistas que se han labrado el prestigio profesional a fuerza de esfuerzo por lo que no han dejado de trabajar por dar calidad de vida a sus dos hijos. La niña, Auxi, cursa tercero de traducción y estudios ingleses y va viento en popa porque lo ha mamado de sus padres. El niño, que acaba de aprobar las oposiciones a juez, es un cromo de bondad, dignidad, educación, prudencia y, sobre todo, sacrificio. De pijos no tienen nada, pero de señores lo tienen todo. La gente debe saber que una es jueza o juez a costa de dejar pasar por la puerta de tu alcoba, probablemente la época más divertida del ser humano; como son esos cinco años (de 23 a 27) donde el hijo de mi buen compañero Centella ha estado encerrado en un cuarto estudiando y saliendo exclusivamente para sus necesidades primarias. Pero también el éxito en esta inhumana oposición ha sido gracias a la paz psicológica que lo ha envuelto gracias a unos padres que se quieren de verdad y que han tenido como bandera de su matrimonio el inculcar a sus hijos que ningún regalo es tan merecido como el que se gana uno mismo. Enhorabuena Lola y Antonio. Y mis merecidas reverencias, Señoría...

* Abogado

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