+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de Diario Córdoba:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

La rueda

El bolso al hombro

 

Aveces se ve a un matrimonio mayor que pasea. Quizá están con un grupo y hacen turismo a precios de jubilado. No son del lugar y llevan un buen rato visitando monumentos. Entonces el marido, sin intercambiar una palabra, quita el bolso a su mujer, a la que ve rezagada, y se lo carga al hombro. No lo lleva con mucha gracia. Es como si cargara una bota de vino o la bolsa del almuerzo que llevaba a la fábrica años atrás, pero no le importa. Ya tiene esa edad en que no necesita parecer lo que no es.

Su mujer, aliviada del peso, tampoco echa de menos el «bolsillo», como lo llamaba su madre antiguamente cuando bolso solo llevaban las ricas. También tiene una edad en que una no necesita rebuscar constantemente en él. La polvera, el rímel, el espejito se han vuelto innecesarios. Se ha liberado. Tampoco necesita tener el móvil encima. Ya lo mirará cuando se sienten a comer. Sus hijos saben que para encontrarla lo más directo sigue siendo el fijo de casa.

Ella tampoco necesita ya aparentar lo que no es.

Canosos, los dos avanzan tranquilos, joviales entre los otros «viejos», como también los llamaba su madre que renegaba del centro de jubilados. «Está lleno de viejos», se quejaba, como si ella no fuera una. Hoy es distinto. Los viejos son menos viejos que los de antes. Se espera de ellos actividad, gallardía.

Hace cuarenta años no hubieran pescado a su marido con un bolso de señora al hombro. ¿Qué hubiera sido de su dignidad, de su hombría?

Por suerte, esos sarampiones se pasan. La vejez es una cura de humildad. El cuerpo nos domina con sus ritmos y achaques. Exige toda nuestra atención y, atado a él, el espíritu se libera de vanidades. Sufre uno más por la dignidad ajena. Por el lamparón que lleva él en el jersey. O por la quimio que la dejó a ella como bola de billar. A pesar de que las hijas le compraron una peluca, en cuanto volvió a salirle pelo se negó a usarla. Pica, dijo, da calor. Ahora lleva el pelo muy blanco y muy corto. Le da un aire sofisticado, francés, como Jean Seberg cuando eran jóvenes.

* Escritora y guionista

Opinión

Pertinaz y relativo

Miguel Ranchal

Sol en invierno

José Luis Casas Sánchez

Sospechas de la marmota

Alberto Díaz-Villaseñor

Transición interminable

Luis Mendoza Pantión

¡Ni una más!

Mercedes Valverde

Se llama violación

Lucía Etxebarria

Bruno Mars

Diario Córdoba

Lectores
ELECTRICIDAD

El susto mensual

¿Cómo es posible que en España el recibo de la luz no haga más que subir y subir mientras en ...

PENSIONISTAS

Rayando en la indigencia

La pobreza se define como la escasez o carencia de los recursos necesarios para poder satisfacer ...

CARTA ILUSTRADA

A Manuel Peláez del Rosal

Medio centenar de profesores e investigadores se han dado cita en Alcalá la Real para rendir un ...

CARTAS AL DIRECTOR / JUICIO EN PAMPLONA

¿La víctima es juzgada?

¿Qué visión de las cosas puede tener alguien que crea que una chiquilla de 18 años puede ...