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Martes 9 Febrero 2010

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ENTREVISTA

Juan José Aguirre Muñoz OBISPO EN CENTROAFRICA : "Córdoba palía el sufrimiento de muchas personas de Bangassou"

11/09/2005 JULIA GARCIA HIGUERAS 

Foto:JUAN MANUEL VACAS / FUNDACION BANGASSOU

NACIMIENTO 1954, CORDOBA

TRAYECTORIA CON 17 AÑOS INGRESA EN LA CONGREGACION DE MISIONEROS COMBONIANOS. LLEVA 25 AÑOS DE LABOR EN CENTROAFRICA

Lleva 25 años siendo misionero en el séptimo país más pobre del mundo, codo a codo con huérfanos, leprosos, seropositivos y encarcelados. Septiembre le ha traído a Córdoba para reencontrarse con su gente, generosa con todos los proyectos que precisa la diócesis de Bangassou.

--¿Siempre soñó con ser misionero?

--Sí, desde que era joven. Estaba en el colegio de la Salle. El flechazo llegó un día muy específico y lo recuerdo, el 21 de abril de 1970. Venía de la parroquia de la Electromecánica y, sin saber por qué, llegué a mi casa y abrí el Evangelio y topé con la frase de San Marcos que dice "Aquel que deje madre, padre, casa y hermanos por amor al Evangelio compensará el ciento por uno, persecuciones y la vida eterna". Y aquel día dije "Esto es para mí".

"A partir de ahí, añade, se van poniendo piezas del puzle hasta que se va completando. Pude haber sido de la primera generación de médicos de Córdoba, estaba casi inscrito en la facultad. Fue en ese momento, en 1971, cuando decidí entrar en la Congregación de los Misioneros Combonianos. Me formé en la teología, la filosofía y la antropología durante nueve años hasta que llegó el día de mi ordenación, en la parroquia de Cristo Rey el 13 de septiembre de 1980. Y de allí me marché directamente a las misiones, a la República de Centroáfrica, donde he pasado los últimos 25 años de mi vida".

--Tiene el cargo de obispo en Bangassou, pero no es un obispo al uso, deja entrar a las personas en su casa. Allí todo es más sencillo.

--Claro, ser obispo en Africa es completamente diferente, es un servicio. Aquí también es un servicio, pero allí en Africa se concretiza muchísimo más. El obispo también es padre y tiene la responsabilidad de un cargo, pero la manera concreta de ejercer ese servicio es más libre, más sencilla. La puerta está abierta, pues claro que sí, todo el mundo puede entrar. A todas las horas del día mi puerta se llena de gente, pero también encuentras al obispo arreglando un pinchazo, subido en una escalera haciendo cosas, confesando enfermos o leprosos, lavando platos.

"Cuando voy a largos viajes me acompaña un chófer que vive conmigo y, si está cansado, el obispo le prepara la sopa. También el obispo lleva pantalones cortos, aunque hay momentos que lleva sus vestiduras sacerdotales y episcopales en las celebraciones eucarísticas, que allí son muy bonitas".

--Cuando tenga que regresar a Bangassou en octubre, ¿qué sentimientos se le vendrán a la mente? En Córdoba tiene una gran familia, pero es usted el que vuelve a Africa.

--La primera sensación que me queda es la satisfacción de tener una retaguardia muy sólida, que piensa mucho y trabaja por la misión de Bangassou. No te sientes solo porque alguien piensa en los tuyos, en la gente de mi diócesis, una población enorme extendida en un radio de 900 kilómetros y vive en 400 capillas en el centro mismo de Africa. Detrás de los 80 misioneros que estamos allí trabajando en la diócesis hay un pueblo que está detrás con cantidad de amistades y gente muy solidaria que piensa en nosotros y hace suyos los proyectos de Bangassou.

"El segundo pensamiento que me llega es el de la vuelta a Centroáfrica, en donde a cada lista de problemas hay que hacer al lado una lista de soluciones para intentar paliar el enorme volumen de sufrimiento. La esperanza de vida es de 48 años, el 18% de la población es seropositiva, sobre todo, la franja de los 15 a los 35 años, y de cada cuatro enfermos de sida en Bangossou tres son mujeres. Al enfrentarme a este llanto Dios me dice "Consoladlo y dadle la dignidad con la que han sido creadas estas personas", explica.

"Llegas a Africa y tienes la responsalibilidad de desarrollar una Iglesia católica que es muy viva y dinámica, organizada en pequeñas comunidades que llamamos capillas en la selva, y que también nos da muchísimas satisfacciones, como un clero local que crece de manera muy fecunda, salen vocaciones por todos sitios y una religiosidad popular impresionante, con una filosofía de la vida que les da la capacidad de vivir intensamente los pocos años que tienen que vivir. Es muy bonito, se aprende mucho en Africa".

--¿Qué cosas ha aprendido?

--Cuando ya has aprendido la lengua y llevas ya dos, tres, cinco años y tu cuerpo se ha adaptado a las enfermedades ya tienes todos los anticuerpos necesarios para defenderte de todas las agresiones del medio ambiente y empiezas a conocer el alma africana de personas que te miran con ojos muy profundos; gente vestida con una sola camisa toda el año, que vive con menos de un dólar al día, gente que es muy pobre y tiene una gran capacidad de comprender la vida, la existencia, la familia, de saber distinguir lo importante y lo superficial. Ellos viven intensamente, no tienen una gran proyección de futuro, viven colocando muy bien los pies en la tierra. En ese sentido, nos dan mil vueltas. Vivo con ocho etnias diferentes, que hablan cada una su lengua, pero esta característica de un realismo crítico, muy acentuado y muy útil para la vida, la tienen todos.

--La cena solidaria del próximo día 24 sufragará el tratamiento antisida a cien mujeres de Bangassou. ¿Cómo lo va a llevar a cabo?

--Bangassou tiene 22 grandes proyectos. El último ha sido la construcción de un centro de acogida para enfermos terminales de sida, con la ayuda de varios organismos y personas y con una comida solidaria hace dos años. Allí en el centro pueden recibir una terapia de contención de la enfermedad. La de este año ha sufragado el colegio de enseñanza católica, que está prácticamente terminado. El lunes pasado me llamaron para decirme que ya tiene puesto el techo.

El proyecto que tenemos ahora es conseguir los antirretrovirales para las mujeres que todavía pueden moverse y con ellos pueden vivir. Necesitamos dinero para conseguir esta medicación, que hasta hace un año ha estado prohibida en Centroáfrica, era inaccesible, mientras que aquí el sida se convertía en una enfermedad crónica. Nos cuesta ir a la capital, Banghi, porque no es sólo ir a comprar: al enfermo hay que hacerle una analítica, encontrar una avioneta que lleve las muestras en dos horas a la capital (a 750 kilómetros) y recogerlas. Cuando un médico capacitado por la OMS da su firma, sí se puede ir a la farmacia a comprar ese antirretroviral. Todo este proceso largo, farragoso y costoso lo queremos hacer para salvar a mujeres jóvenes, la mayor parte de ellas con niños.

--Mejorar la situación de la cárcel es otra de sus prioridades, ¿cómo discurre?

--Es un proyecto muy bueno. Centroáfrica es un país que tiene muchos presos pero que no

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