25/05/2004
Desde que en su día tuvieran lugar la Expo´92 de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, España se ha abierto a una nueva forma de cultura del pelotazo denominada ´organización de eventos´. Como decía, en un ataque de sinceridad, Pasqual Maragall, "Barcelona es una ciudad que necesita, cada seis o siete años, celebrar algún evento mundial o internacional para ir remodelando la ciudad, urbanizando nuevas zonas y civilizando áreas que estaban prácticamente abandonadas". La consecuencia no puede ser más desastrosa. Cuando los geógrafos estudien las ciudades del siglo XXI se quedarán asombrados al ver viejos cascos históricos ´parcheados´ literalmente con nuevas zonas de una modernidad sin precedentes, inhumanas en cuanto a su disposición, inhabitables para los ciudadanos, con un diseño ultrafuturista pero sin ninguna utilidad. Así Sevilla, ciudad barroca por excelencia, contempla con admiración y extrañeza la isla de la Expo, que ha quedado como una curiosidad ciudadana, como un parque privilegiado. En Lisboa, ciudad portuaria y decadente, uno se topa con la ciudad del siglo XXI, un barrio ultramodernista con edificios de fantasía en los que intentan vivir ciudadanos dieciochescos que miran con temor y admiración esta ampliación de la ciudad, fruto de la exposición del 98 que cerró el siglo XX. Barcelona es ya un verdadero telar de ´parches´. Con dos exposiciones universales a sus espaldas, la ciudad vieja, el barrio gótico es el corazón histórico de la ciudad que se une a sus barrios satélites a través del ensanche , fruto del Plan Cerd . La ciudad, cerrada al mar, se abrió a él gracias a las Olimpiadas del 92 creando un barrio que ha permanecido despoblado durante casi siete años. No obstante, la buena organización de las Olimpiadas, junto con la buena actuación de los deportistas españoles, le ganó a Barcelona el respeto de ser una ciudad bien organizada y con futuro.
Pero, ¿y el FOrum? El FOrum está siendo la "vergüenza de Barcelona". Una verdadera caja vacía --como diría Sánchez Ferlosio--, sin contenidos ni ideas, una fiesta populista a ritmo de samba que no servirá para nada. Clos, alcalde de Barcelona, ha firmado su ridículo más absoluto.
Sería bueno que aprendiéramos en cabeza ajena y que proyectásemos una Córdoba que no avance a golpe de ´parches´, que saque de su legado histórico fuerzas nuevas para renovarse y modernizarse. Abandonar la cultura del pelotazo por una organización previsora y creativa del crecimiento de nuestra ciudad nos aseguraría el atractivo de una ´ciudad eterna´ en la que convivan en armonía tradición y modernidad.
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