OCTAVIO OCTAVIO 19/04/2004
Cada vez estoy más convencido de que, como sentenció Shakespeare, "el nombre es el destino". Más allá de identificarnos frente a los demás, el nombre imprime carácter, marca sendas y casi nos obliga a no defraudar las expectativas que encierra esa parte del alma traducible en letras. Por eso creo que el destino de Carmen, nuestra Carmen Calvo, de alguna manera ya estaba escrito desde el momento en que heredó el nombre de su madre. Tal vez no haya mejor presagio para la cultura española que su Ministra se llame Carmen. Y no por los tópicos folclóricos que rodean al nombre --en ese caso, mejor hubiera sido darle el cargo a Antonio Gala o a Concha Velasco--, sino por el sentido último de una palabra en la que confluyen los diversos caudales del Mediterráneo: el latino, que nos lleva al verso, y el árabe, que nos sitúa en la viña de la que brota el fruto de los dioses hechos hombres. Poemas y jardines, canciones y vides, pues, en una mujer que atesora, como bien sabemos los que la conocemos, todas y cada una de las posibilidades que el nombre dibuja en su mirada de niña que se resiste a dejar de serlo y de mujer que pisa fuerte en un mundo de hombres todopoderosos.
Como bien prometió Zapatero en una de sus primeras intervenciones electorales, nuestro país necesita una apuesta decidida por la educación y la cultura. Una apuesta que ha sido tradicionalmente uno de los estandartes de la izquierda que aún sigue creyendo en la profundización de la igualdad y en una ciudadanía fortalecida desde las luces y la belleza. Sé que Carmen ha estado siempre comprometida con esta aventura. Y lo ha demostrado en los ocho años en que se ha recorrido Andalucía haciendo lo posible y lo imposible por recuperar el verdadero valor de nuestra tierra: el que brota del mestizaje y de la pluralidad.
Sin duda, el mejor arma para un futuro, para un presente ya, que nos reclama con insistencia que dejemos de hablar de la cultura en singular y que exige injertos que renueven la savia vieja.
Carmen es, y ha sido siempre, una mujer ambiciosa. Cualidad que lejos de ser peyorativa estimo hasta conveniente en alguien que se dedique a la política y que entienda esta como lo que debe ser, es decir, como un servicio público. Sólo desde la ambición es posible transformar la realidad y desatar los lastres que reducen el campo de nuestras miradas. Es labor del buen político, y me consta que Carmen lo es, administrar con prudencia y sabiduría esa ambición, contrarrestando así los excesos que el poder ofrece como serpiente venenosa a la vanidad del que no tiene más remedio que ser un personaje público. No es el único malabarismo que tendrá que realizar desde el Ministerio.
También deberá evitar que su labor de promoción y difusión de la cultura acabe convertida en una cocina de redes clientelares y profetas oficiales.
En el gobierno maravillosamente paritario de Zapatero, no tengo ninguna duda de que Carmen aportará sus vientos de mujer guerrera, sus versos prestados de Byron y de tantos otros románticos y, por qué no, la luz eterna de las huertas por las que a ella tanto le gusta pasear.
Los que hemos tenido la suerte de aprender con ella, sabemos que Carmen es puro nervio y energía, tan desbordante que es difícil seguir su ritmo. Nada le incomoda más que la indecisión, la cobardía o las medias tintas. Todo ello acompañado de una capacidad de seducción y de comunicación con los demás que la convierten en una magnífica urdidora de la escena y de la palabra. Cualidades todas ellas que, sin duda, Carmen ha heredado de la misma mujer que recibió su nombre. Ojalá su presencia, y la de sus compañeras ministras, vaya más allá de la tan vapuleada "cuota" y logre imprimir un aire distinto a la manera de entender la política y la gestión de lo público.
Es una de las muchas esperanzas que todos hemos puesto en el gobierno recién alumbrado. Esperanzas que, por primera vez en la historia, tiene paritariamente nombre de hombre y de mujer y que, por ello, como bien diría Carmen, suponen una decidida apuesta política por mayores dosis de igualdad, o sea, de justicia.