Cortes profundos, para eso están diseñadas. Capaces de atravesar piel y carne y sesgar los nervios. Numerosos testimonios gráficos constatan lesiones brutales, secuelas de por vida. Concertinas, navajas o cuchillas son los diferentes nombres de una misma ignominia. Su colocación en la valla de Melilla ha sido denunciada sistemática por numerosas organizaciones humanitarias y criticada por la Unión Europea. Fueron instaladas por primera vez en el año 2005 por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, retiradas por el mismo Ejecutivo dos años después y recuperadas por el Gobierno de Mariano Rajoy en el 2013. La insistencia en su uso desnuda las dificultades de llevar a cabo una política migratoria respetuosa y solidaria con las personas.

El anuncio del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, de que estudiará la manera de retirar las concertinas de la valla de Melilla no solo es una buena noticia para los derechos humanos, también es el reconocimiento de un error. Ya no hay lugar para la inocencia. En los últimos años hemos visto suficientes imágenes para ser conscientes de la tragedia de la inmigración. Personas dispuestas a todo, hasta a sufrir torturas, ser esclavizadas o morir, para tratar de escapar de la violencia, el hambre y la miseria de sus países de origen. Esa terrible desesperación no se merece unas navajas estratégicamente colocadas para hacer daño. No les hará desistir de su empeño.

Precisamente por ello, porque el horror de los que huyen es peor que la incertidumbre a la que se enfrentan al emprender el viaje a Europa, es imprescindible trazar políticas migratorias conjuntas. Control de flujos migratorios y colaboración con los países de origen son dos de las ideas que ha apuntado el ministro del Interior. Más reflexión, mayor planificación y menos represión son, sin duda, las vías a explorar. No son nuevas. Son variados los intentos que han hecho los distintos gobiernos españoles para llegar a acuerdos con los países de origen que creen allí mejores condiciones para los que huyen y que repriman a las mafias, pero esos pasos no deben ser bilaterales, sino fruto de políticas respaldadas con energía por la Unión Europea.

La ultraderecha no deja de aumentar en Europa. Aupada por la falta de expectativas de muchos, su presencia no hace más que alentar la intolerancia y el racismo. Su discurso es tan simple como peligroso. Combatir la xenofobia es imprescindible para frenar su radicalidad, pero resulta muy difícil plantarle cara si los estados son los primeros en dejar de considerar a los inmigrantes personas con todos sus derechos. La retirada de las concertinas manifiesta una necesaria voluntad de respeto y solidaridad. Andalucía, primer frente de recepción de esa inmigración desesperada, sabe de esa solidaridad, pero también de la necesidad de acciones que regulen los flujos migratorios.