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POESÍA CORDOBESA

Voces debidas al verso

La poesía cordobesa del siglo XXI confirma a los nombres ya consagrados en la anterior centuria junto otros que emergen con fuerza

 

Ángeles Mora, ganadora este año de los premios nacionales de Poesía y de la Crítica. Junto a ella, otros poetas cordobeses de reconocido prestigio como Manuel Gahete, Juana Castro, María Rosal y José Luis Rey. - MIGUEL ÁNGEL SALAS

Ángeles Mora, ganadora este año de los premios nacionales de Poesía y de la Crítica. Junto a ella, otros poetas cordobeses de reconocido prestigio como Manuel Gahete, Juana Castro, María Rosal y José Luis Rey. - MIGUEL ÁNGEL SALAS

Antonio Moreno Ayora
17/12/2016

Córdoba está plagada de versos ensortijados en sus geranios y de poetas que cantan por sus plazas recoletas. Por eso, hablar de unos implica dejar silenciados a otros muchos que aquí no pueden ser citados. Pero, sin duda alguna, uno de nuestro grandes autores nacionales es el melariense Manuel Gahete Jurado, que solo en esta última década -y como continuación de su fructífera obra de años anteriores- ha dado a la imprenta una decena de poemarios, entre ellos los cinco más recientes -El fuego en la ceniza, Motivos personales, Códice andalusí, La tierra prometida y Los reinos solares-, por los que no solo ha recibido prestigiosos premios literarios, sino que además ha merecido dos enjundiosos ensayos titulados Manuel Gahete. El estecticismo en la literatura española (La Isla de Siltolá, 2013) y El amor o la vida. La poesía última de Manuel Gahete (Ánfora Nova, 2016).

Muy premiado igualmente con justa razón ha resultado un poeta más jóven, el pontanés José Luis Rey, del que dijo Pere Gimferrer, con ocasión de su accésit del Premio Adonáis de 1996, que iba a ser uno de los más importantes de su generación. Y en efecto, en la trayectoria poética de José Luis Rey se han ido valorando muy positivamente sus poemarios La luz y la palabra, Volcán vocabulario (La luz y la palabra II) y La familia nórdica (Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma), al que a su vez queda muy ligado otro más reciente -y además XXII Premio Fundación Loewe- titulado Barroco; de modo que todos ellos dibujan una trayectoria que amalgama la poesía optimista y órfica, incluso hímnica, de La luz y la palabra, y la modalidad lírica de «realismo visionario» que se apoya en el poema largo y fluido presente en Barroco y en el más reciente La fruta de los mudos. De esto último se deduce que la poesía de José Luis Rey se conforma en las antípodas del realismo («la vida es vulgar y los piratas roncan»), porque es pura imaginación («es todo de otro modo /... / es que hemos visto cosas que nadie creería»). Él ha manifestado muy claramente que cree haber «descubierto un camino propio que es el del realismo visionario, que me permite partir de pequeños detalles y anécdotas cotidianas para llegar a lo trascendente».

Luego, junto a él, se sitúa el cordobés Joaquín Pérez Azaústre, al que también en estos tres lustros le debemos varios títulos del máximo interés como El jersey rojo, Las Ollerías y el más reciente y al que la crítica ha encumbrado sin parangón, su Vida y leyenda del jinete eléctrico, con el que obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma, que ha escrito con la intención -anota en un comentario Francisco Onieva- «de dar testimonio de la sociedad convulsa en la que se incardina su existencia y de los conflictos que la constriñen».

Y citaremos junto a estos al de inconfundible estilo Alejandro López Andrada (recuérdese su afirmación «Leo, a diario, el misterio de las tímidas encinas...») con sus poemarios La tumba del arcoíris, reeditado en 2013, La esquina del mundo o el reciente de 2011 Las voces derrotadas, donde, según José Luis Rey, «eleva el territorio verbal de la memoria y lo contempla como lago en calma, con la certeza de que la vida no ha sido en vano».

Efervescencia de voces

Estos cuatro autores citados son los puntales de la poesía cordobesa actual, a la que, tras años de silencio, ha vuelto el montillano Manuel de César con su íntimo e irónico Cuaderno de Cádiz, y en la que sin duda no puede obviarse ni la escritura de Pablo García Casado (que en 2013 reúne la poesía acumulada durante dieciséis años de creación y la presenta en Fuera de campo), ni la de Antonio Luis Ginés (autor de poemarios como Animales perdidos o Picados suaves sobre el agua, donde indaga en su relación con el mundo a través de «un realismo íntimo» buscando siempre lo que se supone que «está ahí aunque no podamos verlo»), ni la de Fernando Sánchez Mayo (interesante poeta de alta sensibilidad y dicción musical que ofrece, además de en otros anteriores, en sus últimos títulos Un acto mínimo y La hierba entre el cemento), ni la de Francisco Gálvez, que desde 2001, con El hilo roto, hasta 2015, con El oro fundido, ha publicado seis libros, además de mantener su filiación con la histórica revista Antorcha de Paja, a la que por cierto Juan José Lanz dedicó en 2012 un estudio crítico editado por Devenir.

En esta lírica cordobesa destacan igualmente varias poetas de prestigio: la más unánimente reconocida es Juana Castro, que encarna una hiriente reflexión sobre la identidad femenina y de la que en fechas cercanas se ha escrito -lo hace Concha García en las páginas de Cuadernos del Sur del 5 de junio de 2010- que «Con Heredad seguido de Cartas de enero, Juana Castro ha reunido lo mejor de su poesía desde la publicación en 1978 de Cóncava Mujer hasta La Bámbola (2010). Más de treinta años frecuentando un solo tema y modulándolo a gusto del tiempo en que fue escrito: la experiencia de ser mujer desde diversas perspectivas y simbolizaciones siempre contraviniendo la cultura patriarcal». Otra cordobesa (de Rute) que ha ido consiguiendo cada vez mayor consideración es Ángeles Mora, cuyos primeros poemarios datan de la década de los ochenta y luego una primera recopilación general de 1995 (Antología poética, 1982-1995); tras sus poemarios del 2000 Caligrafía del fuego y de 2008 Bajo la alfombra, ha recibido en 2016 sucesivamente los premios Nacional de la Crítica y Nacional de Poesía -este tan reciente que es de mediados de noviembre de este año- por el titulado Ficciones para una autobiografía. Otra poeta ampliamente reconocida es María Rosal, con títulos como Tregua (2001) u Otra vez Bartleby (2003), a los que ha añadido este año Carmín rojo sangre, un libro que surge de las fantasías de la infancia repleto de personajes transgresores con el que obtuvo el premio José Hierro 2015. Este amplio reconocimiento nacional alcanza también a Elena Medel, que tras la publicación en 2002 de Mi primer biquini, y luego de otros como Tara, consigue en 2014 el Premio Fundación Loewe con Chatterton, donde a través del símbolo prerromántico de tal poeta inglés reflexiona sobre el paso del tiempo que deja al descubierto los sueños inalcanzados. Junto a ellas, de obligada lectura y con presencia en antologías exigentes, están también Balbina Prior (En los andenes de la Era Heisei), Pilar Sanabria (que con Peaje de intemperies -un lúbrico vendaval de emociones- y Zumo de Anclas ha mantenido la que está siendo su valiosa aportación a la lírica femenina) e incluso Rafaela Hames (de 2012 data Algo más que luz) o María Pizarro (con sus dos títulos Lyrica 75 y Miembro fantasma). Alguna de las citadas junto a otras igualmente reconocidas, como Matilde Cabello, Mertxe Manso o Verónica Moreno, suman sus versos en el volumen de homenaje El silencio y la seda. Poetas cordobesas frente a Julio Romero de Torres.

Validación de la lírica cordobesa

En este contexto, deben destacarse varios hechos. Es el primero el que lleva a reconocer que a principios del siglo XXI repuntan a veces poetas con obra totalmente hecha, entre los que se debe citar a Carlos Clementson, con su libro de 2014 Córdoba, ciudad de destino; a Mariano Roldán, que sucesivamente entrega sus títulos Los dones reservados (amplio poemario que publica catorce años después del anterior de 1996, La nunca huyente rosa) y Claridad de lo oscuro; es con aquel con el que logra instalarse en ese territorio de la vejez que obliga a plantearse muchas vivencias de la misma (el amor, la presencia de los muertos conocidos, la insolente soledad, la avaricia circundante, la belleza del paisaje y de la luz...) que son también pensamientos prolongados desde la lejanía del recuerdo. Más joven, pero de igual manera con obra ya muy difundida, es Antonio Rodríguez Jiménez, que además de dejar su tributo a una modalidad de corte fantástico en Los duendes del invierno o Las legiones celestes, ha presentado reunida su poesía en el volumen La llave de los sueños (Poesía 1979-2012), sin olvidar tampoco que es el autor de un ensayo de calidad referido al ámbito literario que incardina lo cordobés en el panorama nacional mediante su estudio Cuadernos del Sur. Un episodio clave de la crítica literaria en el periodismo cultural. Pero hay un segundo hecho asimismo resaltable: el de que empiezan a destacar otros nombres de novedosa aparición, entre ellos el de Francisco Onieva, que con libros como Perímetro de la tarde (2007), Las ventanas de invierno (2013) y Vértices -coganador además el pasado junio del Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma y centrado, por un lado, en la experiencia de la paternidad, y por otro en «los vértices sobre los que se sustenta mi escritura poética»- fortalece cada vez más su posición privilegiada; y luego los de Sara Toro, Alejandra Vanesa o Rafael Redondo Nevado, que han permitido hablar hasta de varias oleadas poéticas, como se hace en la antología Terreno fértil. Un ámbito poético. (Córdoba 1994-2009), obra que ofrece una introducción de las orientaciones que sufre la poesía en Córdoba desde ese punto de partida que es 1994, y que además antologa a un elenco amplio de nombres surgidos desde 1994 hasta el 2009, completando tal referencia con lo que llama «voces emergentes» -entre ellas se cita a Leyla Ouf, Ignacio Gago y María González, la más joven- que representarían el futuro y la esperanza de la lírica cordobesa.

La importancia de la poesía cordobesa es tal que en el volumen Con&Versos. Poetas andaluces para el siglo XXI (Sevilla, 2013), del que soy editor, esta sola representa el 20% del total de poetas andaluces recopilados. Se ha de estar atento, desde luego, a medir la evolución de estos y otros nuevos nombres: de ellos son solo dos casos más el de F. Arroyo Ceballos (81 poemas desmedidos, 2014) y Calixto Torres, que no solo sostiene contra viento y marea su sello De Torres Editores -que a tantos autores cordobeses aloja y difunde- sino que él mismo la nutre con poemarios como Carbón y otros poemas y La voz del otro yo (2016). Con alegría se viven estos nacimientos, y con mucha tristeza la siempre dolorosa desaparición de autores ya respetados, muy concretamente la de Manuel Álvarez Ortega, cuyo último poemario, Cenizas son los días, data de 2011, pero que es autor de una treintena de volúmenes que han dejado huella a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX, motivo por el cual en varias ocasiones ha sido propuesto para el Nobel por distintas organizaciones de Suiza y España, además de explicar también que junto a otros forme nómina para ser distinguido con especial unicidad en la antología Veinte poetas del siglo XX (Devenir, 2001), editorial esta que también lo ha homenajeado recientemente con el ensayo de Francisco Ruiz Soriano La poesía de Manuel Álvarez Ortega. A su desaparición se une también la de Eduardo García, con su Duermevela (Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla) y su libro de aforismos Las islas sumergidas, que significaba inesperadamente su última publicación.

Editoriales consolidadas

Aunque redundantes, sean estas últimas líneas un justo reconocimiento a la labor de acogida y difusión de la poesía cordobesa que está llevando a cabo el citado Calixto Torres a través del sello DeTorres Editores, que ha divulgado dos amplias colecciones tituladas Año XIII y Año XV, gracias a las cuales incluso se han dado a conocer autores que se estrenaban en el íntimo quehacer de la lírica; y todo esto sin menoscabo tampoco de la muy reconocida y consolidada labor editorial de Ánfora Nova -con sus series de Poesía y de Narrativa-, que ha divulgado el premio Mariano Roldán y que recientemente ha iniciado la nueva colección de poesía infantil Gatos de papel, inaugurada con el poemario de 2012 de Sacramento Rodríguez -por otra parte, consumada sonetista- El ayer en mi hoy (Poesía para niños).

Córdoba, ciudad de poetas que casi a diario levanta un monumento testimonial a la creación y al sentimiento, no cesa de dar nuevos nombres y poemarios que unas veces se disipan como la espuma y otras permanecen en el horizonte lírico cual nubes de consistente presencia. A todo ese vasto territorio pertenecen entre otros, con diferentes niveles de difusión y reconocimeinto, Daniel García Florindo (con El cuaderno de Lisboa, de 2011), Antonio Varo Baena (poeta que late intermitentemente desde mediados de los ochenta y cuyo último libro La casa, de 2016 y publicado por Ánfora Nova, pretende que sea una «especie de memorias personales» centradas en «la casa donde nací»), también el mismo director de Ánfora Nova, José María Molina Caballero (que ha encadenado títulos como Convidados de piedra, El color de la bruma o La simetría del sueño), y por fin Alfredo Jurado Reyes, que desde un lejano primer título que era Mar de liturgias hasta el cercano de 2016 De la leña que arde -con referencias al presente de nuestros últimos momentos de vida- suma ya quince poemarios editados. Hay por Córdoba y su provincia un celo por la escritura poética que es digno de grande admiración, dejando con frecuencia como rastro interesantes antologías como la titulada Los nudos del tiempo, de la editorial Nizam, que tan bien está atendiendo al transcurrir lírico de este ámbito, o incluso emotivos versos inspirados por la tradición, lo popular y lo íntimo circundante, de lo que puede ser muestra conclusiva el texto de Rafaela Sánchez Cano El sentir de las hadas.

Con todo, y para finalizar, quedan en la mente del crítico algunos nombres que a pesar de que apuntaron algunos primero libros con fuerza y vigor líricos -y a ellos le deben sin duda momentos de efímera esperanza-, en el presente se han disuelto de manera igualmente inesperada, agotados quizá por la inconsistencia del tiempo o las desabridas traiciones de la vida intempestuosa.