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POESÍA

La singularidad de Ricardo Molina

Rodríguez Jiménez reflexiona sobre el poeta iluminado por la naturaleza y el amor con motivo del centenario de su nacimiento

 

Ricardo Molina, en una fotografía de Pepe Jiménez. - PEPE JIMÉNEZ

Ricardo Molina fue uno de los poetas más inquietantes del grupo Cántico de Córdoba y de la poesía de la posguerra española. Desde su redescubrimiento y relanzamiento por parte del profesor y poeta Guillermo Carnero en la década de los setenta, siempre tuvo el raro privilegio de ser profeta en su tierra. Este año se está celebrando el centenario de su nacimiento (aunque la fecha real del nacimiento fue el 28 de diciembre de 1916, falleciendo en Córdoba en 1968), una excusa perfecta para reivindicar de nuevo la figura de este singularísimo poeta cordobés. «En el principio fue la Poesía. Ella era con la Sabiduría en el acto de la creación. Ella era con la primera palabra». Así inicia Ricardo Molina su libro Función social de la poesía (Publicaciones de la Fundación Juan March, Madrid, 1971), una obra póstuma del poeta fundador de Cántico, de cuya lectura se desprende que estamos ante un poeta muy culto, un estudioso agudo y documentado, experto en la situación y en la influencia del poeta en la sociedad. Abarca en este libro la historia esencial de la poesía desde la Prehistoria hasta el tiempo en el que él vivió, y pasa revista a las metamorfosis sucesivas del poeta en remotos lugares como Egipto, India, Babilonia, China, Grecia, Roma o en movimientos como el Renacimiento, el Barroco, la Ilustración o el Romanticismo hasta el siglo XX. Investigador de la poesía contemporánea, crítico finísimo, traductor, profesor, flamencólogo, activista literario de primera magnitud, pero, sobre todo, Ricardo Molina fue un poeta de una gran envergadura, que ni siquiera se supo valorar en su tiempo y aun hoy no ha sido suficientemente reconocido a pesar de los esfuerzos de estudiosos y amigos.

Su obra es extensa e intensa. Publicó, además de una docena de poemarios, diversos textos en prosa, tanto sobre poesía como sobre flamenco. Desde 1945 hasta 1985 en que se publican sus obras completas se editaron El río de los ángeles, Cancionero, Regalo de amante, Elegías de Sandua, Corimbo, Elegía de Medina Azahara, Psalmos, Homenaje y La Casa, entre otros.

Pablo García Baena lo calificó de poeta amoroso y dijo que sus mejores libros son los que se centran en el amor. Vicente Núñez manifestó de sus elegías que representan la puesta en marcha por primera vez en la lírica andaluza de un sentimiento depurado por una cultura tan densa como la cordobesa.

Los versos de Ricardo Molina –como los de los otros miembros de Cántico como Pablo García Baena, Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López– le dieron luz a la mejor tradición de la poesía española contemporánea, como es la de los poetas del 27 y la que crearon los propios poetas de Cántico, que están iluminados de naturaleza y amor. Los tres grandes temas que marca este poeta son el amor, la naturaleza y el sentimiento religioso. El paso del tiempo, la caducidad de los logros humanos y la identificación del hombre con la naturaleza forman los grandes pilares de su poesía. En ella son patentes las resonancias claudelianas y bíblicas. Es sobrecogedor su sentimiento erótico-amoroso vinculado a una visión panteísta de una naturaleza solidaria con el poeta, de tono bucólica, pero teniendo conciencia del paisaje concreto.

Algunos de sus versos más sobrecogedores están en las Elegías de Sandua (1948) y en la Elegía a Medina Azahara (1957), pero también en Regalo de amante (1947), en El río de los ángeles (1945), en Corimbo (1949) o en Psalmos. Ricardo Molina fue, como todo poeta auténtico, un hombre inmerso en la vida provinciana de su ciudad, que confirma su fe en el poder consolador de la belleza, de la naturaleza y de la poesía, que habla de sus inseguridades, de sus dilemas, de sus entusiasmos y de sus caídas.

EL ESTILO

El estilo de Ricardo Molina es, en su segunda etapa, sobrio y nítido, con una tersa, clara fluidez de agua fresca que corre, a veces de una suavidad delicada y finísima, como de terciopelo o de musgo; un estilo casi imperceptible en una primera lectura, precisamente por esa espontánea naturalidad que trasmite, como lo ha definido el más destacado de sus estudiosos, el profesor Carlos Clementson (en su libro Ricardo Molina, perfil de un poeta, editado en Cajasur, Córdoba, 1985).

Ricardo Molina fue el indiscutible corazón animador del grupo Cántico y de la revista que le da nombre al grupo. El lenguaje de Cántico ganó protagonismo frente a los gastados moldes de la poesía social, que lo utilizaba como un mero instrumento, y se instaló en estos poetas para convertirse en vehículo de enriquecimiento personal. Guillermo Carnero escribió que Molina tenía, junto a una capacidad creativa idéntica a la de sus compañeros, una vocación teórica acaso más decidida, y probablemente delegada por ellos, y junto a esa vocación su habitual correlato: «La conciencia de tener, con todos y en nombre de todos, una misión, que debía ser anunciada y enunciada no con voluntad de proselitismo aunque sí con la de justificar la preferencia por las escondidas y entonces poco frecuentadas sendas por las que Cántico anduvo» («Ricardo Molina, motor y conciencia de Cántico», texto incluido en el libro Ricardo Molina, conciencia de Cántico, Sevilla, Renacimiento y Ayuntamiento de Córdoba, 2008, págs. 21 a 36, que tuve yo mismo el honor de coordinar la edición y que es fruto del primer congreso que se celebró en Córdoba sobre el poeta).

La obra de Ricardo Molina retornó, tras algunos años de silencio, en 1975, cuando Mariano Roldán publicó en la colección Dulcinea una edición-homenaje que reunía los libros Cancionero y Regalo de amante. Pero fue un año más tarde cuando aparecieron, por un lado, el estudio y antología de Guillermo Carnero El grupo Cántico de Córdoba, que ofrecía la primera panorámica de conjunto sobre estos poetas, y por otro lado, era el propio Roldán quien daba a la luz la primera visión global de Molina con la publicación en Plaza y Janés de Antología (Barcelona, 1976). Más tarde, en 1982, se publicó la obra poética completa, en la que Bernabé Fernández Canivell, María Victoria Atencia, Pablo García Baena y Rafael León aportaron gran cantidad de inéditos, transcritos y ordenados con rigor. A esto hay que sumar la separata de Carlos Clementson titulada La poesía de Ricardo Molina, que sería solo el esbozo del libro Ricardo Molina, perfil de un poeta, hasta ahora el ensayo más extenso y completo que se ha escrito sobre el poeta de las Elegías de Sandua. A esto hay que sumarle la nueva edición de la Obra poética, publicada por Visor y la Diputación de Córdoba en 2007, obra que estuvo al cuidado de los profesores Diego Martínez Torrón y José María de la Torre, que realizaron un breve estudio preliminar. En cuanto a las ediciones de antologías sobre el grupo Cántico destacan la nueva, corregida y ampliada, de Guillermo Carnero y la de Luis Antonio de Villena (publicadas en Visor -2009- y en la Fundación Lara -2007-, respectivamente).

Molina publicó El río de los ángeles en agosto de 1945, en la revista Fantasía, poemario que pasó «ligero y desnudo, sin pena ni gloria», según palabras de su compañero de generación y amigo García Baena, y en el que aparecen ya los rasgos temáticos fundamentales de su obra posterior, con patentes resonancias de Paul Claudel y de la Biblia, como señalé antes. El amor, la naturaleza y el sentimiento religioso son los que sostienen su mundo, tres pilares básicos que sustentan su cosmos poético y le dan vida.

En Regalo de amante (1947) el amor y la música se extienden por los ríos, entre los pinos de Trassierra, pasando delicados entre los huertos. El poeta no recurre a paisajes imaginados sino a los reales, a los que él ha vivido. Es decir, no habla de mares, de océanos, de acantilados, sino que su mundo real, el que vive día a día, se apodera de sus versos y la naturaleza es la que le rodea, el río Guadalquivir y los sotos de la Albolafia o los pequeños ríos de la Sierra de Córdoba.

Tanto Regalo de amante como Elegías de Sandua han sido considerados como la poesía más intensa y auténtica que saliera de la pluma de su autor. El primero es, posiblemente, uno de los libros más conmovedores de la poesía en lengua castellana. La sensualidad acompaña al paisaje, los cuerpos se confunden con los árboles. Habla de amores juveniles y los recuerda como un dulce sueño en la lejanía del tiempo. Crea un clima impregnado de romanticismo y abundan los elementos que aluden al sentimiento, la nostalgia y la muerte.

‘ELEGÍAS DE SANDUA’

Las Elegías de Sandua están escritas por alguien que ha bebido abundantemente en la mitología clásica y esto le transfiere a los poemas un aire pastoril y geórgico, una atmósfera bucólica. Pero, además, se observa en estos versos la influencia de Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, los elegíacos latinos y la poesía pastoril. El tono que emplea en su discurso poético tiene un carácter cotidiano. El paisaje deambula entre la naturaleza de la sierra y las calles de Córdoba, reencontrándose con las callejas de la Judería cordobesa. Camina por sus plazas y rincones en el silencio absoluto de la siesta veraniega. Lugares como la Posada del Potro, el Paseo de la Ribera se mezclan con el olor acre de las tabernas en la noche cordobesa. La vida cotidiana, sencilla, se funde con el lujuriante paisaje de la sierra. El poeta camina por los encinares, castaños, avellanos, álamos, alcornoques, madroños y pinos que le dan un tonificante aire pastoril a su poesía. Sandua es un viejo caserón de la sierra, refugio de su juvenil aventura. Todos sus amigos lo recuerdan con afecto. Pablo García Baema ha dicho sobre las Elegías de Sandua que tendría que pasar mucho tiempo para que aparezca un libro parecido. Manifestó que, junto a Regalo de amante y Cancionero, constituye una trilogía excepcional. Añadió que en el tema del amor existen pocos poetas que se le puedan comparar y señala a San Juan de la Cruz y a Bécquer. Por su parte, Vicente Núñez sostuvo que las Elegías representan la puesta en marcha por primera vez en la lírica andaluza de un sentimiento depurado por una cultura tan densa como la cordobesa. Con Corimbo obtiene el Premio Adonais de 1949. En este poemario el amor ya no le produce desazón o amargura, sino agradecimiento cósmico. No volvería hasta 1957 con Elegía a Medina Azahara. Con estos versos Molina levanta los vestigios de Medina Azahara convirtiéndolos en una especie de paraíso de amor y belleza. Se trata de una larga meditación sobre el tiempo, sobre su propia existencia y sobre el misterioso destino de la belleza. Homenaje es un texto de factura clásica. Consta de 120 poemas, donde Ricardo Molina rinde tributo a los maestros de la poesía universal. Luego vendría Psalmos y, más tarde, A la luz de cada día, libro donde abunda la cotidianidad, una palpitación de vida corriente y ordinaria, como la define Clementson. Hay en ellos intención testimonial y una fraterna solidaridad humana. La figura enlutada, meditativa, entusiasta y amante caminará siempre, misteriosa y callada, por las viejas calles de Córdoba o clamará amorosa en las piedras del río mecida por entre las hojas de los árboles de la sierra cordobesa y dirá de forma sabia que «el poeta actual descubre con ojos de vidente la primigenia razón de ser de la poesía y lucha por regresar a las fuentes y convertirla en lo que originariamente fue: la gran fuerza espiritual útil al hombre, la amiga del hombre, por excelencia». Ricardo Molina representa a la perfección la singularidad de un poeta irrepetible.