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ENTREVISTA

Juan Manuel Gil

El autor almeriense publica la novela 'Las islas vertebradas'

 

Juan Manuel Gil. - CÓRDOBA

Pedro M. Domene Pedro M. Domene
11/11/2017

Juan Manuel Gil forma parte de algunas antologías y fue becado por la Fundación Antonio Gala. Habitualmente escribe para varios medios de comunicación. Acaba de publicar su novela Las islas vertebradas (Playa de Ákaba, 2017), una historia sobre la fragilidad humana.

-¿Existe una literatura de las islas?

-Creo que tanto escritores como lectores han sentido una gran fascinación por las islas. Parecen albergar un enorme potencial simbólico, enigmático, casi telúrico. Una misma isla puede ser refugio y destierro, hallazgo y extravío. Y eso genera un yacimiento del que la literatura se ha alimentado.

-¿Esa isla en mitad del océano se parece a una vida?

-Sin duda. Y de forma muy clara se asemeja a la vida de Martín, el protagonista. El aislamiento, la hostilidad, los secretos, las alucinaciones, el insomnio y los dolores hacen que Martín y esa isla estén anudados de un modo inexorable. Y esto ocurre, quizá, porque el protagonista acabó creyendo, en algún momento, que esa isla era su última oportunidad.

-¿Necesitamos, entonces, inventar una segunda identidad para sobrevivir?

-Afortunadamente, no es necesario. Pero es más habitual de lo que pensamos. Las redes sociales nos han convertido en expertos en la construcción de personajes. Seleccionamos, eliminamos, añadimos y encajamos las piezas. Nos renovamos. Nos ofrecemos al mundo como personajes atractivos, frutales, ingeniosos. A veces ese vacío nos engulle.

-Se habla de su literatura como inclasificable, ejemplos de ‘Inopia’ (2008) o ‘Mi padre y yo. Un western’ (2013), ¿está usted de acuerdo con esa calificación que se hace?

-Más que inclasificable, me considero un escritor inquieto, curioso. Para sentarme a escribir necesito sentirme fascinado por los días de trabajo que me esperan. Y eso supone indagar en distintos géneros, temas, tonos o propuestas estructurales. Si he escrito poesía, relatos, novelas y algo difícil de etiquetar como «Mi padre y yo. Un western» es por un motivo fundamental: huía del aburrimiento, buscaba sentir el vértigo.

-Sin embargo, su última obra, ‘Las islas vertebradas’ (2017), tiene una perfecta estructura narrativa, ¿es así?

-Es así. Algunos de los lectores me preguntaban cuándo me iba a atrever con una novela más ortodoxa. Y acabó llegando con Las islas vertebradas. En cuanto empecé a escribirla, tuve claro que la estructura tenía que estar al servicio de la historia, que no me interesaban los saltos mortales estructurales, que cualquier decisión que tomara tenía que estar condicionada por la tensión y la progresión de la trama.

-¿El protagonista, Martín de Juan, se esconde en una isla para guardar su secreto?

-Sí. Para guardar su secreto y porque piensa que es posible empezar de nuevo, tener una nueva oportunidad. Ese discurso puede despertar comprensión o compasión. Los actos y los secretos, en cambio, desprecio. Ese conflicto es uno de los reactores nucleares de esta historia. ¿Puedo compadecer y despreciar a alguien al mismo tiempo? Yo creo que sí. Las certezas absolutas me despiertan recelo.

-Otros personajes, en su mayoría extranjeros, se suman a la historia de Martín, ¿esas otras identidades certifican aún más la soledad del protagonista?

-Sí, constatan su aislamiento. Y no porque exista la barrera del idioma. Más bien se trata del muro de la desconfianza. Martín vive solo en un bungalow de una urbanización endogámica que se ubica en el corazón de una isla más hostil que amable. Un juego de muñecas rusas, un monumento a la soledad: Martín, el bungalow, la urbanización y la isla.

-Pese a la uniformidad de la historia existen numerosos momentos de tensión, ¿quizá nos invitan a reflexionar sobre ese extraño mundo interior que proyecta su personaje?

-Esa era una de mis intenciones, que el lector deshiciera algunas costuras del personaje principal y curioseara en su interior. Esta vez preguntarse si un acto está bien o mal no era suficiente. Había que forzar más los límites. Salvando las distancias, ¿yo podría haber actuado como el protagonista? Forzando una respuesta afirmativa, me obligaba a sumergirme en aguas pantanosas, turbias. Solo así podía intentar empujar al lector a esas mismas aguas.

-Si uno se retira a una isla, según usted, ¿sería ese el espacio más idóneo para sobrevivir?

-Desde luego, si es la isla en la que vive Martín, la respuesta es no. No me gustaría acabar ahí tomando cócteles y trasnochando. El ambiente opresivo, los secretos, la desconfianza, el insomnio y la humedad son algunos de los ingredientes que definen este lugar. No me parecen buenos atractivos turísticos.

-Al final de la lectura de su novela, uno se da cuenta de que podemos parecernos a Martín, ¿hablamos de numerosas realidades vividas?

-Nuestra vida es múltiple, caleidoscópica, una red de experiencias y relaciones personales que conforman un sistema complejo. Si lanzamos un vistazo aéreo a esa red, quizá tengamos la percepción de que cada vida es distinta, única. Y puede que, en buena parte, no nos falte razón. Sin embargo, cuando nos vamos centrando en cada nudo de esa red, vemos que las diferencias no son tantas.

-¿’Las islas vertebradas’ es un mapa cartográfico de la duda y, sobre todo, del miedo?

-Creo que tiene bastante de eso. Las dudas y el miedo nos pueden convertir en seres imprevisibles y, hasta cierto punto, irracionales. El miedo desencadena reacciones inesperadas que, en muchos casos, nos acompañan toda la vida. Obviamente, las consecuencias no son siempre negativas. ¿Pero qué ocurre cuando sí lo son?

-Finalmente, ¿ha escrito usted una novela sobre la identidad humana?

-No lo sé, la verdad. He necesitado más de doscientas cincuenta páginas para explicarme. He intentado dar respuesta a una o dos preguntas empleando más de sesenta mil palabras. Y cuando puse el punto final supe que esas preguntas podían tener muchísimas respuestas. Demasiadas. Pero es algo que no me preocupa. Para mí la literatura tiene mucho de eso: buscar respuestas que probablemente no halles. Así de doloroso. Así de fascinante.