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POESÍA

El hombre, otro hombre

Francisco Onieva toma conciencia de sí y reinventa su identidad en ‘Vértices’

Juana Castro Juana Castro
04/03/2017

 

Simbólicamente, vértice representa un punto desde donde la luz se ensancha. Luz como conocimiento, interioridad, expresión de sentido. Francisco Onieva toma conciencia de sí y reinventa su identidad de hombre mientras inaugura y asiste la vida de sus dos hijas, Blanca y Marta. Desde la cercanía y el laboreo del padre que de veras ejerce su función de padre reflexiona sobre la tierra, la casa, el paisaje, la infancia, la filiación, la escritura. Y todo ante la mirada y las experiencias de lo otro humano diferente de sí, las niñas. Onieva madura su ser y su trabajo de escritor--poeta casi al modo de un converso: olvidando lo sabido y acercándose a lo nuevo con humildad, desde la certidumbre de una imposibilidad: «vivir el extravío ciego de las mareas, / palpar la transparente síntesis de los nexos / y convertirme en puerta para ti.// Pero no puedo».

El universo de las hijas revierte y refleja el del padre, cambia la mirada y vuelven los recuerdos, trasmutados en sentido de la existencia. La vuelta a la casa familiar; los nervios de un primer día de clase infantil con el fondo de otra memoria, la del primer día de un joven profesor; el encuentro con la muerte, en la vivencia de la muerte del abuelo; la lluvia, el mar, la nieve y la presencia de lo efímero; el circo y su ilusión: Todo lo que las tareas y rutinas de cada día evocan en la memoria y el presente del padre--otro.

El antiguo padre/guerrero, trabajador que llega a casa exhausto y a quienes esposa e hijas debían mimar y cuidar porque todo giraba a su alrededor y para su comodidad, queda trasmutado en el hombre que construye un castillo en la arena, el que en «el océano de la bañera», entre cubos y pingüinos de plástico «se reconcilia con otro día inhóspito fuera de casa», al que «le (me) da miedo mi alegría», el que «desmonta los cuentos de princesas», para quien «entregarme en silencio / es una forma efímera / de concebir la eternidad», el que siente «un ridículo orgullo» «mientras saltáis entre las sábanas revueltas / y tiráis de mí, como los tigres / que atraviesan el arco de ceniza de los amaneceres», pues «Sois la única certeza con que fingir que el mundo está bien hecho».

Pero, además de enfrentarse a lo otro femenino, el autor se enfrenta también a otro paisaje, otro ámbito, otra luz. El bosque de encinas, nuevo pero cercano, circundante, le hace sentirse uno más de sus pobladores, los habitantes de Los Pedroches. «Yo no he nacido en el bosque de encinas / que han escrito otros poetas / –lo reconozco–, / pero he aprendido a mirarlo despacio». Y con ellos, o más bien con ellas, las niñas, se unirá a sus reivindicaciones y sus anhelos.

En el primer poema del libro padre e hija forman parte de una manifestación, y el padre es la roca desde la que la niña se aúpa para pedir que el tren pare en la comarca, que la haga más cercana y más fácil. «La niña es dignidad. Es exigencia. / Pide que los vagones paren unos minutos / en una tierra ajena a los raíles, / donde sólo se detiene el olvido».

Para quienes creemos que la primera diversidad humana es la del sexo/género, la aparición en poesía de una toma de postura que va más allá de construcciones de una nueva masculinidad señala un antes y un después en la historia literaria, porque el recorrido de esa persona es el de un hombre situado en la franja de edad que separa la juventud de la edad madura. Y lo hace desde dos ámbitos entrelazados: el del convencimiento consciente de la igualdad/diferencia mujer--hombre y el de un sentimiento, el amor. Así, el poema Vértices ve en la hija--niña la superposición de tres niñas-mujeres: «Una niña que es Guía, es Blanca y es Marta».

La poesía toma el testigo de dos territorios ajenos, todo a partir de su paternidad, o por obra y gracia de ella. La paternidad es espejo, motor, revisión vital, introspección: escritura. Versos de emoción contenida, algo no fácilmente superable tratándose de este tema.

Francisco Onieva ha escrito un libro con dos grandes vértices: la asimilación de una-otra comunidad específica, ajena a su origen y primeras vivencias pero amada y adoptada, no en sus antepasados que es lo común, sino a través de la familia que decisoriamente y por amor lo constituye, la de su esposa y sus dos hijas, dejando atrás su condición de forastero; y la de asimilarse a lo femenino como la radical otredad, con el deseo de indagar, aun sabiendo que eso otro es también un campo ajeno. «Tú respiras como un pájaro / minúsculo, / y en la frágil esfera que eres, / advierto la pequeñez de ser hombre». Y el símil es la mezcla. «La mezcla es mi ámbito / y con vosotras crezco en él».

En un texto despojado que carece de momentos bajos y mantiene un ritmo uniforme, la escritura bucea «en la sintaxis de lo inédito». El escritor vacila y ensaya, sabe que se adentra en un espacio desconocido y tan atrayente, imposible de penetrar. «Pisotear los charcos es parte del misterio / que existe para no ser explicado».Es el tirón de todo hombre hacia el desvelamiento de lo femenino, aunque siempre en la consciencia de su imposibilidad. «Sientes la sed de toda nadadora de fondo, / pero te abismas. / Inalcanzable. / Sabes que bucear es excavar el agua,/ es adueñarse de un cuaderno/ con páginas en blanco».

‘Vértices’’. Autor: Francisco Onieva. Editorial: Visor.

Madrid, 2016

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