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narrativa cordobesa

Ficción desde la Calahorra

Los primeros lustros del siglo XXI aumentan la riqueza de la producción anterior

 

Antonio Gala, en Venecia, donde presentó su novela ‘Los papeles de agua’.Junto a él, Campos Reina, Joaquín Pérez Azaústre, Alejandro López Andrada, Rafael Mir, Antonio Luis Ginés y An - JOSEFA BLANCO

Antonio Gala, en Venecia, donde presentó su novela ‘Los papeles de agua’.Junto a él, Campos Reina, Joaquín Pérez Azaústre, Alejandro López Andrada, Rafael Mir, Antonio Luis Ginés y An - JOSEFA BLANCO

Antonio Moreno Ayora
17/12/2016

Uno de los más emblemáticos lugares de la califal Córdoba es su torre de La Calahorra. Desde ella no solo se oye el rumor de las aguas del Guadalquivir -que lentas «vienen con el pez de sombra / que abre el camino del alba», según dijera García Lorca-, sino también el musitar de don Luis de Góngora recitando su soneto a Córdoba hoy esculpido en mármol allí en sus cercanías. Desde La Calahorra oteamos el horizonte literario cordobés, serrano hacia el Norte y acampiñado por el Sur, que ante nuestra mirada se abre esplendoroso en la ficción.

En la estirpe cervantina

Los autores cordobeses honran con su ficción este IV centenario de la muerte de Cervantes, que tanto ajetreo vivió por estas cálidas tierras. Y si el inventor de El Quijote valoraba la brevedad, cuánto más hemos de ser conscientes aquí de esa exigencia que ha de desembocar en síntesis y resumen apretado de lo que ha vivido la narrativa cordobesa en estos treinta últimos años.

En el suceder de los hechos literarios, los principios del siglo XXI son innegables herederos de lo acontecido en los últimos años del XX, en el que habían alcanzado relevancia nacional dos cordobeses: Antonio Gala y Juan Campos Reina. El primero siguió aumentando sus cuotas de popularidad -conseguida en 1990 desde su premio Planeta El manuscrito carmesí- gracias sobre todo a argumentos centrados a veces en el mundo sentimental femenino, con muestras como La pasión turca, Más alla del jardín o El pedestal de las estatuas, sin olvidar que en el arranque del nuevo milenio se situaron El imposible olvido (2001) y El dueño de la herida (2003). El segundo, Campos Reina (por desgracia fallecido en 2009), siguió completando la que denominaría en 2003 Trilogía del Renacimiento, que en torno a las vicisitudes de la familia Maruján cuajó en una última novela -sumada a sus complementarias Un desierto de seda y El bastón del diablo (por la que recibió en 1997 el Premio Andalucía de la Crítica)- que describía episodios de uno de sus miembros, Juan Marujan, en La góndola negra. Es Trilogía del Renacimiento un texto de contenido diverso y de evidente amplitud histórico-social, una obra en la que están conjuntadas todas las virtudes literarias de su autor: por momentos observador y detallista; narrador ágil, incisivo y documentado otras veces; reflexivo, apasionado y analista profundo de los sentimientos más puros o controvertidos en otros. Más tarde, en 2006, otros miembros de esa familia reaparecerán en la bilogía argumentada en Sevilla La cabeza de Orfeo, integrada por los dos títulos Fuga de Orfeo y El regreso de Orfeo. El Ayuntamiento de Córdoba, recordándolo después de sus primeros cinco años de ausencia, auspició la publicación de un volumen crítico titulado Un lustro sin su mirada (2015).

En el caso de Campos Reina, su unicidad de criterio y su concentración narrativa en espacios geográficos andaluces contrasta con la más amplia elección de Joaquín Pérez Azaústre, que aunque autor de un primer libro de ficción datado en 1998 (El cuaderno naranja) será en 2004 cuando dé el verdadero salto a la novela –pues como poeta era conocido desde el 2000- con la historia América, mención especial del jurado del Premio Biblioteca Breve, y por ello publicada en Seix Barral; y a esta siguieron otras que exhiben un lenguaje ágil, seductor e incluso metaliterario y lo reflejan principalmente en El gran Felton o La suite de Manolete.

De un autor del que no se puede prescindir tampoco desde principios de este siglo es José Calvo Poyato, que ha ido poco a poco incrementando el número de sus lectores debido al hecho de elegir el cultivo de argumentos de raigambre histórica en la mayoría de sus títulos, de los que son ejemplos su inicial Jaque a la Reina (2003) y los posteriores El manuscrito de Calderón, La dama del dragón, El sueño de Hipatia -donde liga conscientemente la historia con la ficción- o El Gran Capitán, de 2015, sumando entre todos sus títulos un total de catorce entregas. Es esta una línea, la histórica, en la que de algún modo pueden situarse, aunque con resultados diferentes, los casos de Mariano Aguayo -Furtivos del 36-, de Luis Enrique Sánchez -cuya escritura de corte histórico-fantástico prorrumpió en 2006 con El tesorero de la catedral y continuó en 2013 con Espectros en Trassierra-, o de Miguel Ranchal, que con El dedo incorrupto de Nerón (2009, premio Ópera Prima de los premios Andalucía de la Crítica) consigue una compleja trama con fondo histórico pero de pretensiones tan diversas como la investigación criminal y la intriga. La línea negro-policiaca cuenta en Córdoba con dos autores de mérito: el pozoalbense Félix Ángel Moreno Ruiz, autor de obras como Un revólver en la maleta, con la que obtuvo el Premio Solienses 2013, o Estaré esperando para matarte, protagonizadas por el inspector Homero, que reflejan la Córdoba de principios del siglo XX, y Francisco José Jurado, con obras como Benegas y Sin epitafio, protagonizadas por el inspector cordobés Benegas.

La vitalidad del relato

El mismo Campos Reina cultivó el género breve en el volumen póstumo de 2011 Dulces tormentos, que incluía quince títulos bajo el más general de Relatos completos, textos de diversa factura que no solo dejan en evidencia sus dotes para reflejar interesantes historias centradas la mayoría en Andalucía, sino que, paralelamente, muestran la vitalidad de una modalidad narrativa que será igualmente cultivada por otros autores como Francisco Antonio Carrasco (con El silencio insoportable del viajero y otros silencios y La maldición de Madame Bovary –conjuntos de relatos muy logrados que bucean en la psicología de unos personajes complejos y seductores- y Taxidermia, con el deseo y la muerte como temas de fondo ) o Rafael Mir Jordano (Estamos solos, Cuentavidas, la muy realista Arma de doble fila o Señora con perro, novela muy reciente de 2016 que, según su autor, da vida a «un ser un poco disparatado, pero de nuestro tiempo»), a los que deben añadirse Fernando Molero Campos (El heladero de Brooklyn y Los fantasmas nuestros de cada día), Ricardo Reques (El enmendador de corazones y Piernas fantásticas), María Teresa Morales (Dulce hogar), Alfonso Cost (Demasiados ríos por cruzar), José María Molina Caballero (Círculos concéntricos, Las estaciones del viento), Francisco Onieva (Los que miran el frío y El extraño escritor y otras devastaciones) o Francisco de Paula Sánchez Zamorano, quien a la par que cultiva este género en Rueda de máscaras o Trece de diciembre -esta recientemente finalista de los premios Andalucía de la Crítca- igualmente se adscribe a la narrativa mayor con El crepúsculo de Virbio (cuyo protagonista Andrés el Tejón enarbola la defensa de sus dos preocupaciones vitales, la naturaleza y la libertad) y Paraíso imposible (texto que representa el recuerdo ligado a la vivencia amorosa), aunque ambas son de una fina penetración psicológica y de argumento sentimental. Ciertos paisajes queridos por Sánchez Zamorano son coincidentes con los de otro autor, Alfredo Sánchez Navajas, que en parte los lleva a su escritura primero en la novela El escribano y luego, ampliándolos, en la siguiente Padre del yermo (2016). Y así, aunque es normal que los autores alternen en su narrativa los subgéneros de novela y de relato (como le ocurre al pontanés Andrés Alcaraz en Noches sin luna y en Mirando al sur), es aquel primero el que caracteriza a la obra de Salvador Gutiérrez Solís El escalador congelado, que fue premio Andalucía de la Crítica en 2013, e igualmente a Desiderio Vaquerizo, que si en 2004 cautivó con El árbol del pan, en años posteriores se ha afianzado con su trilogía Callejón del lobo, Chocolate con veneno y Alfileres de cristal. Añadamos por fin la contribución innegable de Alejandro López Andrada, que basándose en recuerdos y paisajes del mundo rural los aflora en Los hijos de la mina y en sus más recientes narraciones Los álamos de Cristo, mezcla de biografía y testimonio, y Los perros de la eternidad -con la que obtuvo recientemente el Premio Jaén de Novela-, que para Almuzara, editorial que la publica, aborda la historia de un hombre recluido en la habitación de un hospital que va desgranando los momentos vividos en una hermosa ciudad del sur, ahondando a la vez en sus recuerdos de infancia, transcurrida en los años del tardofranquismo, en el ambiente hosco de un poblado minero al que ha de regresar. Esa contraposición entre el mundo rural hoy casi extinguido y una sociedad urbana herida por el desencanto de una crisis no sólo económica, sino también ideológica y moral, es uno de los ejes de esta novela, en la que se funden la emoción, la ternura, el olvido y la pena, el odio y el amor.

Del relato breve -de cuya importancia solo hace unas semanas se hizo eco Cuadernos del Sur- se pasa fácilmente al microrrelato mediante una reducción de la materia narrada, que sin embargo no debe implicar reducción de intensidad o de expectativas argumentales. Así, Antonio Luis Ginés –que ya había publicado el texto El fantástico hombre bala- ha sido en 2016 finalista de los premios Andalucía de la Crítica con Teoría de lo imperfecto, y Francisco Javier Guerrero ha aportado novedades como las que representan primero Micromundi y luego Caleidoscopia. Con todo, la realidad muestra que por estos años van alternándose novedades de autores veteranos (como pueden ser el periodista Julio Merino, con su novela de carácter erótico-místico María la Negra) y de los muy jóvenes: María del Pino (El ladrón de almas. Venganza), Pedro Porres (que ha sumado sus dieciséis relatos de Córdoba. Las historias perdidas), o Rosauro Varo Cobos (que ha inaugurado la colección Café con letras en la editorial Andrómina), o Marcos Santiago Cortes (que precisamente en esa colección publica su segunda novela Rivera de Primo, que sigue a la titulada Amor de olivo). En Córdoba, desde luego, el relato corto está muy bien representado por la Asociación Cultural Mucho Cuento, que si en entregas anteriores ha editado libros como Córdoba cuenta -27 microrelatos de otros tantos escritores cordobeses o que de alguna manera están relacionados con la capital cordobesa-, este año ha celebrado su décimo aniversario con la también antología de microrrelatos Diez y cuento. Y de última hora es también el volumen -en el que la narrativa breve cordobesa tiene un peso específico innegable- Diodati, la cuna del monstruo, de la excelente editorial madrileña Adeshoras, que tanto está contribuyendo a la difusión de este subgénero.

Interesantes antologías

No creo que deba dejarse en el olvido que muchos de los autores que estamos comentando han unido ocasionalmente sus voces en antologías o textos colectivos, reapareciendo en ellos con sus preocupaciones literarias y sus estilos a menudo individualizadores. Uno de los primeros ejemplos de esta ofrenda narrativa conjunta la tenemos en el volumen Córdoba en la mirada (Madrid, Huerga & Fierro, 1996), en la que siete narradores cordobeses ponen su pluma al servicio del interés común de describir y relatar experiencias vinculadas a Córdoba o su provincia; y no fue un experimento literario baldío pues unos años después, en 2006, apareció en Almuzara Y se hizo Córdoba. Relatos de una ciudad de ensueño, con textos firmados, entre otros, por los cordobeses Salvador Gutiérrez Solís, José Calvo Poyato, Juan Campos Reina y Vicente Luis Mora, resultando un conjunto de prosa de alta calidad y de singular belleza en la que cada estilo narrativo supone una apuesta única para «profundizar un poco más en los infinitos corazones de Córdoba, la ciudad de los anchos misterios, la ciudad de los enigmáticos sueños, la tierra creada para la vida y la palabra literaria». Precisamente el último nombre citado, Vicente Luis Mora, escritor siempre experimental, reaparecía en 2010 aportando un argumento de corte cibernético-futurista en el titulado Alba Cromm. Y a otro igualmente representado en Córdoba en la mirada, el periodista y poeta Antonio Rodríguez Jiménez, le debemos sucesivamente tres novelas de 1994, 1996 y 2006 respectivamente tituladas Galilea, Plaza del cielo y La alquimia del unicornio, teniendo en cuenta que esta última sobre todo lo revela como un narrador de múltiples registros que domina la técnica, la agilidad argumentativa y el lenguaje, elemento ensamblador de una historia que comienza cuando en su primera página se describe a Londres y a un protagonista que sigue el rastro de una bella mujer, todo lo cual va a desembocar poco a poco en una novela de viajes y de abundante tono sensual y erótico. Y por fin, ya que de recopilaciones estamos tratando, no se olvide la que la revista literaria Ánfora Nova dio a conocer en su número 65-66 de 2006 con el título de 13 novelistas cordobeses actuales, entre los que están los aún no citados Antonio Álamo, Matilde Cabello, Javier Fernández y Juan Bosco Castilla Fernández.

La vitalidad de la vida literaria cordobesa, actualmente en plena ebullición, se manifiesta día a día con la edición y presentación de novedades narrativas aquí difíciles de atender y que o bien amplían el currículo de tal o cual autor o descubren inesperadamente a uno nuevo. Los nombres de estos últimos podrían multiplicarse pero de entre ellos es imposible silenciar a aquellos que escriben con una determinada sensibilidad o se centran en asuntos llamativos; por eso al menos merece la pena citar el de Mari Carmen Espada Serrano, que por ahora se mantiene en el campo del relato breve y que en 2012 firmó el emotivo conjunto Relatos rurales de la España blanca. No le extrañe al lector comprobar que muchos de los que escriben narrativa han sido antes o lo son paralelalemente eficientes o productivos poetas.