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Angel González

 

Javier Sánchez Menéndez
24/05/2014

Llevo varios días releyendo a Angel González. La fuerza de sus versos hace que resucite e incluso es capaz de levantarme del asiento en varias ocasiones. Lo escuché un par de veces, leía como escribía, era ameno y directo. Su poesía era poesía. Hoy recuerdo sus palabras sobre la poesía: necesidad y salvación. Y acudo a ellas para alimentarme de verdad, de autenticidad, de belleza. Angel González creía más en la ocurrencia que en la inspiración. Amaba la poesía por encima de la propia poesía.

Con motivo de una entrevista que le realizó Xuan Bello para la revista Clarín, Angel González respondió tras ser preguntado sobre la calidad moral del poema: "Es lo que hablábamos antes: un poema no tiene más deber que ser un buen poema. Eso lo he defendido. Pero aparte de eso, un buen poema puede ser también otras cosas. Como decía Antonio Machado --yo soy devoto de Antonio Machado, pero no beato-- con la palabra se puede hacer música, se pueden hacer muchas cosas, pero sobre todo se habla."

Esas palabras me traen a la memoria la ética y la estética de nuestra literatura. Para Angel González existía la necesidad y el compromiso. Sus inicios en años donde publicar poesía era difícil, donde las novedades literarias permanecían meses en los escaparates de las librerías, donde se publicaba mucho menos.

Y aún así recuerdo las palabras de Auster: "Se escribe en soledad, se lee en soledad, y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación entre dos personas".

Digamos que Angel González hace que se establezca el equilibro exacto entre poesía y poema, entre entrega y soledad, entre palabra y verbo.

Cuando alguien me pregunta qué poeta debe comenzar a leer siempre le respondo: Luis Rosales y Angel González. El resto vendrá solo.