+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de Diario Córdoba:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

El ámbito de lo privado

‘El último gin-tonic’, del valenciano Rafael Soler

 

Rafael Soler. - EFE

Rafael Soler. - EFE

El ámbito de lo privado es un paradigma sintomático de la narrativa actual en escritores como Javier Marías, Rosa Montero o Garriga Vela... por citar unos cuantos nombres. Un espacio más propio del teatro donde la novela del valenciano Rafael Soler se adentra conmocionando las movedizas aguas de un territorio donde habitualmente circulan monstruos. En muchas familias existen «cadáveres» ocultos, secuencias para crear cualquier escenario dramático o situaciones propias del teatro o la narrativa. En El último gin-tonic, el poeta y narrador valenciano aborda ese fogoso ámbito familiar durante cuatro días consecutivos (de lunes a jueves) tomando como hilo conductor la muerte del patriarca y anciano Moisés Casares, «dueño y señor de un patrimonio en retirada».

Durante estos días nos encontramos con toda la saga familiar: los hijos de Moisés, Alberto y Lucas; los hijos de este, Juan, Mateo, Marcos (con toda su reminiscencia y simbólica carga bíblica); y los familiares y allegados: María, Lola, Begoña, Ana, Ahmed, Amadou, Marga, Borja, Nina, Timbas, Chus... A través de ellos vamos reconstruyendo su mundo, las intimidades, las filias y fobias, las traiciones, las afecciones o animosidades con la continuidad cronológica de un espacio de tiempo reducido y con la contención narrativa de que los espacios están constreñidos a la división que establece cada personaje, que se erige en una especie de estructurador del proceso narrativo cada vez que tiene oportunidad de intervenir. Este hecho ordena fragmentariamente el decurso narrativo y evita la linealidad temporal, ya que las referencias a sucesos anteriores conforman ese imaginario discursivo.

Es muy sistemática la estructura narrativa en cuatro partes: «Tres más uno» (lunes), «Los abrazos» (martes), «Aquí nadie tiene a nadie» (miércoles) y «Póker de ases» (jueves). Pero, además, en esa mentalidad rigurosa del autor la novela se convierte en un círculo perfecto, pues abre y cierra con una carta de Diego Wiekmann al protagonista, Lucas Casares, desde Puerto-Madryn (Argentina). Al principio, el 5 de febrero de 2018, donde habla de la infidelidad de su mujer María, y le pregunta a Lucas si se marchó con ella. En otra del 6, Wiekmann insiste en que quiere pelear por María y, en la última, del 9 de febrero de 2018, ya lo ha aclarado todo (no lo desvelamos) y le envía a Lucas una receta sobre cómo elaborar un buen gin-tonic como una especie de pacto final. Símbolo que también crea a la propia familia, pues el patriarca Moisés bebía diariamente uno al mediodía.

En medio encontramos el desarrollo narrativo de esos cuatro días en donde todos los personajes se encuentran/desencuentran y van dirimiendo las incógnitas de la cotidianidad: viejas disputas, agravios, negocios familiares... Por ejemplo, desde las primeras páginas Lucas golpea a su hermano Alberto (al que llamará Judas, de nuevo los referentes simbólicos a la Biblia), que le disputa a María, o conocemos las deudas de Marcos con Ahmed, o los negocios del patriarca Moisés, la relación de la escritora Lola y su marido Juan, Marcos y el juego de póker, las disputas de Lola y Paola, los intentos suicidas...

Soler va construyendo este hilo sutil con ironía y sarcasmo, y el uso del lenguaje coloquial... con maestría e ingenio pero, sobre todo, dejando un espacio fundamental al lector en esa estética de la recepción que tanto le anima. Y aquí es donde radica una de las grandes bondades de la obra de Soler: la contención expresiva y la connivencia con el lector para conformar la resolución de los ámbitos personales. De ahí que muchas frases deban ser completadas por este (solo son sugeridas como economía expresiva) o se le pide que interprete determinados paradigmas y simbologías no resueltas.

La otra radica en su estilo personal. Rafael Soler posee una forma de narrar propia y relevante, que tanto debe al poeta Soler.

En la creación lingüística y en el uso de un lenguaje de enorme expresividad, en el uso de la adjetivación, en la precisión creadora de la descripción, en la creación de símbolos y paradigmas personales, por ejemplo: «intercambiaron tres silencios y un destino», «el pecho abotonado de disgustos», «al tiempo que desmayaba su mano sobre la acogedora sábana», «la confortable oscuridad de un abismo compartido»...

Las situaciones personales de cada personaje, sus ámbitos laborales, sus frustraciones, la presencia del juego (el póker) como factor desestabilizador y creador de incertidumbres, como en la página 201 y siguiente, las recetas de cocina (o del gin-tonic), la construcción de personalidades tan diversas y plurales crean una novela que, a pesar de su brevedad, encierra varias historias articuladas, mundos diversos de una enorme riqueza y nos advierten de un escritor de enorme relevancia en la narrativa actual.

‘El último gin-tonic’. Autor: Rafael Soler. Editorial: Contrabando. Valencia, 2018.