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LA VIDA CUESTA ARRIBA

Iván: El milagro 409

El día que se cumplía el 20 aniversario del primer trasplante pulmonar en Córdoba, Iván recibió un regalo de un donante anónimo al que le debe la vida

 

Encarni da un beso a su hijo Iván dos meses después del trasplante. - JUAN MANUEL VACAS

Iván: El milagro 409 - JUAN MANUEL VACAS

ARACELI RUIZ
26/01/2014

Fibrosis quística: Enfermedad genética hereditaria, potencialmente mortal, que afecta a los pulmones, el páncreas, el hígado y el intestino por la acumulación de secreciones espesas y pegajosas. Para que se dé, es necesario que los dos progenitores sean portadores del mismo gen".

Si hace 21 años hubiera existido internet, eso es lo que Encarni y su marido habrían leído al buscar el diagnóstico de la enfermedad de su hijo pequeño, Iván (Alcalá la Real, 1989), el mismo al que habían visto nacer con 2,8 kilos tres meses antes. En aquel entonces, no había internet ni se realizaba el test de cribado que ahora permite saber con antelación si uno es portador del gen que provoca la enfermedad, así que la noticia cayó en la familia como un jarro de agua fría. "Sabíamos que pasaba algo porque no engordaba, se quedaba moradito y no hacía peso, pero...", recuerda su madre, que por aquel entonces tuvo que firmar el consentimiento para que su hijo entrara por primera vez en un quirófano. "Lo ha pasado muy mal desde pequeño y yo con mucho miedo de dejarlo en el colegio, de la fiebre, de verlo tomar tantas pastillas", explica Encarni. El mismo miedo que su hermana Eva, cinco años mayor que él, ha sentido al verlo crecer a su lado.

Iván recuerda su paso por el colegio como cualquier niño recuerda su infancia. "Para mí era normal, desde que nací no había sentido otra cosa así que intentaba correr y jugar como los demás". Los ahogos, las uñas moradas y los vómitos se hicieron cada vez más frecuentes obligando a Iván a restringir su actividad. "He pasado media vida en el hospital, si contara todos los días que he estado ingresado seguro que serían más que los que he estado fuera", asegura, "por eso les tengo tanta manía". Con 15 años, la enfermedad empezó a agravarse. A pesar de ello, decidió cursar un módulo de soldadura y de mecánico, pero su mala salud y sus continuos ingresos le impidieron terminar. La situación empeoró tanto que el trayecto más corto le hacía ahogarse, por lo que acabó conectado a una botella de oxígeno.

Hace tres años, los neumólogos de Jaén le dijeron que su única oportunidad era un trasplante y le dieron cita en el hospital Reina Sofía. "En ese momento, yo supe que tenía que hacerlo, no podía aguantar más", confiesa.

El doctor Redel, uno de los neumólogos que ha seguido su caso en Córdoba, recuerda que Iván llegó muy mal a la consulta. "Vino convencido de que tenía que trasplantarse, pero estaba muy desnutrido debido a la enfermedad", recuerda. "Durante un año, ni siquiera estuve en lista de espera, tenía que coger peso para la operación", explica Iván, "de 37 kilos pasé a 47". Pasaron meses y meses de angustia, "duchándome con el oxígeno, sin salir de casa porque el frío y el calor me sentaban mal".

Hasta que el 29 de octubre del 2013 sonó el teléfono.

Ese mismo día, el jefe de Cirugía Torácica, el coordinador de Trasplantes y uno de los neumólogos del Reina Sofía informaban a los medios de que el hospital acababa de cumplir 20 años del primer injerto de pulmón y que se habían superado ya los 400 trasplantes. Esos tres doctores participarían al salir de aquella sala en el milagro 409, el trasplante de Iván, practicado esa misma madrugada.

En la otra punta de Andalucía, una persona joven, de su mismo grupo sanguíneo, talla y peso, perdía la vida y todo el protocolo se ponía en marcha. La cara y la cruz de los trasplantes. El pulmón es el órgano que menos tiempo puede esperar para ser trasplantado (tiempo de isquemia), un máximo de 8 horas, así que el doctor Salvatierra viajaría al lugar del suceso para comprobar el estado de los órganos y la compatibilidad mientras Iván y su familia lo harían en dirección a Córdoba, tres horas en silencio, recuerda su hermana. "Era la primera vez que me llamaban, estábamos en la mesa, a punto de comer, me dijeron que me bañara y saliera corriendo al hospital. Si me hubiera tocado la lotería, no habría ido más contento", explica Iván.

Un neumólogo, dos cirujanos torácicos, cuatro enfermeras, tres anestesistas, un perfusionista y tres residentes orquestaron la operación cuando se confirmó la compatibilidad. En cuestión de horas, tendría lugar un trasplante bipulmonar de alto riesgo por el estado de insuficiencia respiratoria "terminal" del paciente. "Cuando entré en el quirófano me dije que si había tantas máquinas, no había peligro y no pensé más", recuerda. La intervención se prolongaría durante ocho horas, hasta las 5 de la mañana.

20.00 horas. Iván es preparado y entubado para el trasplante. Empieza a contar el tiempo de isquemia. El ambiente es tranquilo. Hay quien aprovecha para tomar algo. Se prevé una intervención larga y complicada porque Iván llega muy enfermo.

21.00 horas. Angel Salvatierra llega al hospital con los pulmones del donante metidos en una nevera, cubiertos de hielo. Al sacarlos dice en voz alta: ¡Son unos pulmones magníficos! Y explica que su color blanco es buena señal. El donante no era fu

mador. Mientras él y uno de los residentes limpian los pulmones, el también cirujano torácico Carlos Baamonde abre una raja en el pecho de Iván. Una especie de aspiradoras extraen la sangre que brota del cuerpo. Con el doctor Oscar Juárez al frente, los anestesistas, encargados de controlar el equilibrio hemodinámico del paciente, no pierden ojo a los marcadores y las enfermeras no pierden ojo a los movimientos de los cirujanos, siempre atentas para acercar el instrumental. El proceso es complejo, explica el doctor Redel. Hay que abrir la arteria pulmonar, separar el pulmón de la pleura y hacer la llamada prueba de clampaje para ver cómo se comporta el corazón al extraer el pulmón. El corazón de Iván se resiente y recurren a la circulación extracorpórea, que oxigenará la sangre en lugar de los pulmones. El paciente "entra en bomba" y el perfusionista en acción.

1.30 horas. Los cirujanos colocan el primer pulmón. Los residentes observan de cerca. Las enfermeras cuentan detenidamente las gasas. Es fundamental que nada se quede dentro.

2.30 horas. El pulmón, que se introduce desinflado, se insufla y se hincha. Todo va según lo previsto. Alguien pone la radio, bajita. Buena señal, me informan.

3.05 horas. Cosen la aurícula del segundo pulmón. El cansancio se hace visible en las caras que, sin embargo, se mantienen en estado de máxima concentración.

3.45 horas. Iván lleva 6,5 horas de anestesia. Prueba de retirada de bomba. El corazón responde. ¡Bien! Suspiro general.

4.30 horas. Baamonde procede a coser. El esternón, lo más duro, se cierra con grapas...

Aquí empieza el postoperatorio y saber si habrá rechazo o no. "La operación ha ido muy bien", afirma Salvatierra, que sale a informar a la familia. Llevan casi nueve horas esperando.

   
1 Comentario
01

Por Manolo 18:20 - 26.01.2014

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