NACHO PARA NACHO PARA 17/10/2005

Ya no hay duda. Marruecos está expulsando y abandonando a decenas de subsaharianos, recogidos en la Operación limpieza en todo el país tras las avalanchas de Ceuta y Melilla, al otro lado del muro defensivo que construyó para proteger su ocupación del Sáhara Occidental.

Rabat ha dejado en manos de sus eternos enemigos, el Frente Polisario, a 92 inmigrantes --48 de Gambia, 18 de Camerún, 7 de Nigeria, 6 de Gahna, 4 de Costa de Marfil, 3 de Mali, 3 de Burkina-Fasso, 2 de Guinea-Bissau y uno de Guinea-Conakry--, aunque el objetivo no era dar argumentos políticos a su adversario, sino deshacerse de una molesta carga en el desierto.

Los testimonios son coincidentes, precisos y aterradores. "Nos pintaron dos caminos de piedras para atravesar el muro, sin advertirnos que era un terreno minado. Sólo nos dijeron que el camino verde significaba la vida, y el rojo, la muerte. Después de darnos patadas y quitarnos todo lo que llevábamos, nos apuntaron con armas y nos obligaron a elegir. Todos elegimos el verde, pero significaba una muerte casi segura, porque nos abandonaban en el desierto. Pero el rojo era peor: significaba saltar por los aires", relata Pastor Imanel, de Guinea-Bissau.

Acogidos en el colegio José Antonio Aguirre, en la localidad de Bir Lehlu, un pequeño enclave saharaui a 64 kilómetros del muro y ya en los territorios controlados por el Polisario, justo donde en 1976 se proclamó la República Arabe Saharaui Democrática (RASD), algunos de los inmigrantes ofrecieron detalles que sólo pueden conocer quienes hayan estado en las últimas semanas escondidos en los bosques marroquíes cercanos a las ciudades españolas: nombres y aspecto de los líderes de los campamentos de inmigrantes, detalles de los asaltos a la valla y hasta las heridas sufridas por sus compañeros. Más allá de todo eso, la prueba de que no se trataba de una trama urdida por el Polisario instrumentalizando inmigrantes --como ayer volvió a defender el Gobierno marroquí-- fue reconocer a rostros con los que algunos periodistas conversaron hace dos semanas en el monte Gurugú, cercano a Melilla.

"Querían matarnos en ese desierto. A siete kilómetros está la frontera con Argelia, nos dijeron. Pero yo sé geografía y pronto me di cuenta de que allí no había ninguna frontera. Era el punto SS42 de muro, lo grabé en mi memoria", cuenta Jaaron Hamed, de Gambia, que asegura haber pasado cuatro días enteros en el desierto. "Marruecos sólo busca dinero y es un crimen que la UE les de la oportunidad de abandonarnos en el desierto o matarnos como a pollos. ¿Cuál es el crimen? ¿Qué hemos hecho?", se pregunta Hamed.

Su compatriota Dembo Sangan, de 18 años, salió de su casa hace ocho meses: "Intenté cruzar a Ceuta nadando con unos flotadores. Me pilló la policía y me rompió una rodilla golpeándome con palos. Fui expulsado dos veces al desierto de Argelia y volví a entrar en Marruecos por Ujda. Volvieron a pillarme y me tiraron de nuevo en desierto, pero ahora en el muro".

El camerunés Lamin Camara, 20 años, atribuye a la intervención divina haber sobrevivido en el desierto antes de ser rescatado por el Polisario. "Después de tres días, cuando ya pensábamos que era el fin y que moriríamos de sed, llovió. Sobre la tierra quedaron charcos y gracias a eso sobrevivimos. Luego aparecieron los saharauis. Dios los mandó", dice.

Mohamed Khadad, coordinador del Frente Polisario con la Minurso (la misión de la ONU para el referéndum sobre el Sahara), reseñó los inmigrantes que también ha expulsado Marruecos por el muro: 23 (10 indios y 13 paquistaníes) en agosto de 2004; 25 paquistaníes en noviembre; y 56 bangladesíes en enero, de los cuales 10 murieron antes de que el Polisario los acogiera en Tifaritti.

"Ahora el mundo volverá a enterarse de lo que hicieron con nosotros, porque es lo mismo. Al menos estamos buscando a 200 más", dijo Mohamed Ishlem, embajador del Polisario en Argelia. Los inmigrantes recibieron ayer la visita de una representante de la Agencia Española de Cooperación Internacional.

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