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"El sillón", por María Rosa Fernández

MARIA ROSA FernándezMARIA ROSA Fernández
08/05/2007

 

Ayer fui a mi Ayuntamiento en busca de una nueva experiencia. Subí disimulando al salón de Plenos porque quería saber qué se siente en el sillón del alcalde. Me senté, y al principio no sentí nada especial. Dí vueltas a la derecha y a la izquierda, miré por la ventana el Paseo y entonces empecé a sentir un cosquilleo especial, una sensación que se iba apoderando de mi persona. El sillón empezó a dirigirme y me creí diosa, por encima del bien y del mal. Miré a la gente que pasaba por la plaza y los veía pequeñitos, insignificantes. Sentía poder, y me gustaba sentirme poderosa. Daba igual que el Salón estuviera vacío. Total, cuando está lleno, mis órdenes se cumplen y, ¡ay de quien se atreva a llevarme la contraria, de quien no piense como yo! Todo mi ser se agitaba en mil pensamientos, cuando sonó el móvil y me sacó del letargo. Me levanté y aquella sensación se disipó. Bajé a la calle y me sentí otra vez ciudadana con voz y veto. Fui a tomarme una tila intentando relajarme, pero no podía sacarme de la cabeza esos minutos de poder. Recordé la definición de política en el diccionario del diablo de Ambrose Bierce : "Conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios", y el de político: "Anguila en el fango primigenio que cuando agita la cola suele confundirse y creer que tiembla el edificio. Comparado con el estadista, padece la desventaja de estar vivo". ¿Cambia el sillón a las personas? ¿Qué misterio oculta? Por qué muchos de los que se sientan y son "normales", cambian como la niña del exorcista. Entonces dejan de relacionarse con la ciudadanía, apenas dirigen la palabra, y cuando lo hacen es con palabras extrañas que antes no usaban, y que curiosamente muchas terminan en "ción", como potenciación, dinamización, ubicación... Miedo me da cuando pase el día 27 y el sillón haga de las suyas. Si yo fuera la próxima en sentarme usaría el amoníaco, por si acaso.

* Escritora

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