+
Accede a tu cuenta

 

O accede con tus datos de Usuario de Diario Córdoba:

Recordarme

Puedes recuperar tu contraseña o registrarte

 
 
   
 
 

Castillos de Córdoba

EL CARPIO : EL MIRADOR DEL GUADALQUIVIR

  •  

    TEXTO: ISABEL LEÑATEXTO: ISABEL LEÑA 11/05/2003

    La Torre de Garci Méndez es el único miembro del cuerpo del viejo castillo que se ha salvado de la devastación. A pesar de las similitudes que tiene con otras torres vecinas, sobre todo con la de Cañete, brilla con luz propia desde lo más alto de la localidad que la abraza, por lo que su presencia es bastante perceptible. Por eso, al pasar por las inmediaciones de El Carpio es muy difícil deshacerse de esa altanera figura que se eleva sobre los tejados para controlar sus pertenencias.

    La torre ha permanecido cerrada durante mucho tiempo, tanto que ni si quiera la conocían muchos de sus vecinos. En mayo de 1995, su propietaria, la duquesa de Alba, donó por 30 años su usufructo al Ayuntamiento, que la ha restaurado con ayuda autonómica. Esta actuación, que la ha consolidado y ha afectado más a su fachada, permitió su apertura hace un par de años.

    EL CASTILLO DE ALCOCER

    La primitiva población se formó en torno a otra fortaleza, la de Alcocer, que estuvo situada en las inmediaciones de la ermita de San Pedro. Fernando III la conquistó y se la concedió a los antepasados de Garci Méndez de Sotomayor, que fue quien en el siglo XIV mandó levantar la torre que ahora corona El Carpio y que se convertiría en el centro de un amplio recinto amurallado. El maestro de la obra fue Mahomad y en ella participó el obrero Ruy Gil. Mahomad había recibido formación sevillana, cosa que dejó huella en su trabajo. Como consecuencia, la Torre de Garci Méndez tiene cierta similitud con el alminar de la Giralda, sobre todo por su rampa de ascenso.

    La torre, estrenada en 1325, atrajo pronto a nuevos pobladores, se convirtió en el hogar de los que moraban en Alcocer y fue la semilla sobre la que germinó el castillo de los Sotomayor, señores de El Carpio, al que no le faltaron detalles como un foso, una muralla almenada con torres en las esquinas, patio de armas y otras dependencias. En el siglo XV se convirtió en un inmueble más palaciego, engrandecido sobre todo por la unión de los Sotomayor con la casa de Haro. Su decrepitud llegó a mediados del siglo XVII, cuando dejó de ser mimado por sus dueños tras la construcción en 1671 de un palacio, situado en la plaza de la Constitución, al que se trasladaron. Luis Méndez de Haro desmembró su cuerpo repartiéndolo entre los vecinos y realizó reformas que lo hundieron aún más en el olvido. La casa de Alba entró a formar parte de la vida del castillo en 1688, momento en el que se vinculó a la de El Carpio.

    Las singularidades de la Torre de Garci Méndez la han convertido en una de las fortificaciones de mejor arquitectura de Andalucía, en la que se conjugan el carácter residencial con el guerrero, presente en los múltiples elementos defensivos que adornan toda su figura. Para llegar a su primera planta hay que atravesar un patio de la calle Castillo y subir una escalera que salva el desnivel existente. La principal peculiaridad de la torre es que enlaza dos cuerpos rematados por una sola terraza. En uno se suporponen las estancias, mientras que en el otro se encuentra la escalera para pasar de una planta a otra. A diferencia de lo que ocurre en otras, subir es fácil gracias a una rampa en la que apenas se aprecia la altura de los peldaños. Durante el ascenso llaman la atención sus bóvedas de arista y los espacios que invitan al descanso.

    La primera planta dio cobijo al alcaide del castillo. Se la conoce como sala de los mosaicos por el pavimento romano que Santiago María Stuart y Falcó, duque de Brewick y de Alba, trajo de su cortijo de Carrasquilla tras su hallazgo en 1914. La solería permanece oculta bajo unas tablas, aunque el Ayuntamiento pretende mostrarla cubriéndola con cristal. El techo abovedado tiene artísticas pinturas en sus nervios. Además se aprecian dibujos que pudieran estar repartidos por toda la sala y que se pintaron con motivo de la visita de Felipe IV en 1624. Con el tiempo y el abandono, pudo ser usada como palomar o prisión.

    La segunda planta es la sala de los lobos, llamada así porque estos animales aparecen en el escudo de armas de los Haro. En épocas de esplendor alojó a invitados ilustres, pero durante su declive se transformó en almacén. Su techo es una preciosidad, con líneas curvas que brotan de sus ángulos enlazando formas cuadradas y redondeadas, y parte de sus muros se abren con arcos de medio punto que dejan que la luz se adueñe de la estancia. Aquí permanecen las huellas de los que vivieron la Guerra Civil. En una de las paredes se lee una inscripción fechada el 5 de octubre de 1936, aunque muchos ponen en duda su autenticidad. Además, los muros ennegrecidos hacen pensar en las hogueras que encendían los que buscaron refugio en la torre.

    SIMBOLO DE OSTENTACION

    La tercera planta, la sala aúlica, es la que ocupaba el señor de la fortaleza y, sin duda, la de más riqueza ornamental. Durante su empleo bélico pudo ser una armería. Elementos defensivos se mezclan con los arquitectónicos abriéndose al exterior para lucir mejor sus encantos al tiempo que atrapan las bondades del paisaje. En ese raro enlace no faltan matacanes, arcos de herradura o capiteles corintios. Curiosa es también la camarilla que queda entre los arcos gemelos. Se cree que algunos de los elementos proceden de Alcocer y del asentamiento romano de Onuba.

    El ascenso por esta torre de 24,75 metros de altura concluye en la terraza, desde don-

       
     
  •